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Este 2026, el nombre de Sara Flores (Tambomayo, 1950) resonará en uno de los escenarios artísticos más relevantes a escala global: la Bienal de Arte de Venecia, en su edición 61. Desde el Pabellón Perú, la artista shipibo-konibo llevará el kené, ese arte que nace en comunidad y que ha sido transmitido por generaciones de mujeres, a una vitrina mundial históricamente dominada por lo occidental.
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En sus palabras resuena una conciencia histórica y un grado de responsabilidad que responde a que su obra no es solo arte: es identidad. “Siento que el mundo tiene la oportunidad de conocer una importante expresión de la pluralidad cultural y la cosmovisión del pueblo shipibo-konibo. El kené no solo es arte, es nuestra costumbre, nuestra identidad y nuestra declaración de pertenencia a la naturaleza. Un mundo donde estamos todos interconectados”, indica.
El kené no es únicamente un patrón geométrico. Se trata de un lenguaje visual que introduce a un territorio entendido como entramado vivo en todo sentido. En palabras de Issela Ccoyllo, una de las curadoras del proyecto junto a Matteo Norzi (quien lleva más de una década trabajando con Flores), el eje conceptual parte precisamente de ese sistema de diseños “cuyas intrincadas redes nos introducen al inframundo botánico, al encuentro con los espíritus y al sueño de una Nación indígena”. En la obra de Sara, añade Ccoyllo, la práctica del kené va “más allá de crear belleza hipnotizante”, para adentrarnos en la cosmovisión shipibo-konibo.
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El kené es una herencia enriquecida de generación en generación exclusivamente entre mujeres. En la foto, Flores comparte con integrantes de su familia. (Foto: Victor Idrogo – Patronato Cultural del Perú)
/ © Victor Idrogo / Icónica
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Ese tránsito, que muchos han querido reducir a artesanía, ha sido un camino largo. Para Sara, el reconocimiento que hoy la lleva a Venecia es un logro colectivo. “Este reconocimiento es para todo mi pueblo. Mi arte es una expresión de nuestras tradiciones y también de nuestra lucha por ser vistos y respetados”, indica. Aunque su nombre esté en la exhibición, ella insiste en que detrás de cada pieza está la historia y el espíritu de su comunidad, quienes practican este arte empleando solo tintes naturales, pinceles confeccionados artesanalmente con cabellos y ramas del bosque, y retazos de tocuyo y algodón silvestre sobre los que se trazan universos enteros.
El kené, recuerda Flores, es un conocimiento transmitido de generación en generación por las mujeres shipibas. “Yo solo continúo ese camino, con mis hijas y nietas, llevando adelante una práctica que pertenece a todo un pueblo”, sentencia. Ahí donde está la raíz, también se forja el futuro.
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La selección de Sara como representante del Perú en el pabellón nacional en Venecia marca un precedente inédito: es la primera artista indígena en asumir oficialmente ese rol en la Bienal. En un país donde la experiencia indígena sigue atravesada por la discriminación y la apropiación cultural, el gesto tiene una carga política evidente.
Ella misma lo dice sin rodeos: “En el Perú todavía falta mucho por hacer para que se valore nuestro arte como se merece. Para mí, el reconocimiento ha llegado primero desde el extranjero”. Recuerda, además, que su exposición en el MALI el año pasado (“Non Nete”) ocurrió porque, junto a su equipo, la buscaron con determinación. “La experiencia indígena en el país todavía está marcada por discriminación y continua apropiación cultural. Espero que mi trayectoria pueda servir para abrir puertas a otros y contribuir al cambio”, precisa la artista.
Desde la curaduría, Ccoyllo subraya que la presencia de Sara en el pabellón peruano abre la posibilidad de “reequilibrar el sistema del arte al incorporar estéticas históricamente marginalizadas, prácticas que siempre han existido, pero que ha faltado reconocer, integrar, celebrar”. Presentar su obra en un escenario simbólico del arte global es también una oportunidad para generar diálogos que durante décadas fueron negados.
No se trata solo de insertar el kené en el circuito internacional, sino de cuestionar las jerarquías que decidieron qué era arte y qué no, y ponerlo en debate abriendo puertas a las nuevas generaciones que también atesoran herencias milenarias.
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En las próximas semanas, las obras de Sara Flores viajarán cientos de kilómetros para ser expuestas en Venecia. Una realidad, un idioma y una visión diferentes. Consultada sobre la apreciación de su obra en la cita, Flores reflexiona sobre el poder del arte más allá de cualquier otro conocimiento. “El arte es algo universal, con el poder de conectar con personas que incluso no hablan tu mismo idioma. Cuando mi trabajo viaja, puede que la gente lo interprete de diferentes maneras, pero lo esencial siempre permanece”, dice.
En esa línea, ¿qué vendría a ser lo esencial para Sara? “La conexión profunda que tenemos entre nosotros, con el otro, y con los seres espirituales. El kené es un lenguaje visual que nos une y que nos recuerda quiénes somos”. Así, aunque sus obras estén lejos de la Amazonía, siguen llevando consigo la memoria del territorio y de las plantas, en trazos literalmente ligados a la riqueza de la tierra de la Amazonía a través de los tintes naturales con que se crean. Un círculo completo.
Como adelanto a lo que se expondrá en Venecia, Ccoyllo describe la muestra como una invitación a recuperar un mundo donde lo humano y lo no humano no están divididos. Frente a la crisis de empatía que ha normalizado la explotación indiscriminada de la naturaleza en estos tiempos, la curadora apunta a que la práctica de Sara ejerce una influencia inevitable en el pensamiento medioambiental contemporáneo. Sus patrones sitúan el reino humano y el no humano en una misma dimensión, en una armonía que tristemente escasea en la actualidad.
Kené y alta moda
La artista shipibo-konibo llevó su arte ancestral al universo de la moda con una colaboración para el Dior Lady Art Project 2025, reinterpretando el icónico bolso Lady Dior con patrones inspirados en su cultura. Su propuesta, hecha con materiales sostenibles y diseños simbólicos, fusiona tradición amazónica y alta costura global, ampliando la visibilidad del arte indígena.
En tanto, sobre la obra que llevará a la Bienal, Sara defiende que su mensaje es claro: “Quiero compartir un mensaje de resistencia. Que los pueblos indígenas todavía existen, que nuestra cultura está viva, y que nuestras expresiones artísticas son contemporáneas”.
Este último punto cobra fuerza en un mundo donde regularmente el arte indígena es relegado al pasado, congelado en el tiempo sin tener contacto con el presente, cuando en realidad se trata de cultura viva. La presencia de Sara en Venecia desarma esa narrativa. Su práctica no busca ser vista como una reliquia, sino como una herencia que dialoga con debates urgentes: medioambiente, territorio, género, memoria, empatía.
En esa línea, Issela Ccoyllo destaca su rol transmisor hacia las nuevas generaciones, así como también a la preservación en el tiempo de la cosmovisión indígena: una circularidad que reaviva al antepasado proyectándose al futuro.
Nuevos patrones
La 61° Bienal de Arte de Venecia se celebrará del 9 de mayo al 22 de noviembre de 2026 en los históricos espacios del Giardini, el Arsenale y otros puntos de Venecia, en Italia. Bajo el título curatorial «In Minor Keys», concebido por Koyo Kouoh (Camerún, 1967 – Suiza, 2025), la muestra reúne propuestas globales y busca revalorizar voces históricamente marginadas, invitando a imaginar nuevas formas de habitar el mundo desde lo afectivo, lo colectivo y lo sensorial.
Si algo atraviesa la historia del kené es su foco en el rol de las mujeres. Son ellas quienes han mantenido viva la práctica, quienes la reinventan y la transmiten de abuelas a nietas, de madres a hijas.
Para Sara, es importante seguir nutriendo esa conexión en su comunidad. Y, sin duda, un evento de la magnitud de la Bienal abre paso a que más niñas y jóvenes indígenas se permitan creer. “A ellas les diría que nunca dejen de soñar. Que nunca paren de trabajar con amor, calidad y cuidado. Que vean mi camino como un ejemplo de que pueden lograr lo que se propongan”, precisa. “Nuestro arte y nuestra cultura tienen un valor inmenso, y ellas son las guardianas del futuro”, añade como un llamado urgente a girar la mirada hacia ellas, hacedoras de una herencia que jamás debería perderse.
En las palabras de Sara, el futuro no pretende ni debe sonar abstracto. El futuro tiene nombres, rostros y manos que seguirán pintando acogidas en su legado.
El Comercio en la Bienal
El Patronato Cultural del Perú (Pacupe) es una institución sin fines de lucro, creada el año 2010 para contribuir con el desarrollo del país, promoviendo y trabajando en proyectos culturales de largo plazo con alcance nacional e internacional. Desde 2014, el Perú cuenta con un pabellón propio en las Bienales de Arte y Arquitectura en Venecia, gracias al patrocinio de El Comercio, entre otras instituciones.
La Bienal de Arte de Venecia es una plataforma global de suma importancia. Sin embargo, también un espacio históricamente reconocido como restrictivo. Que desde el Pabellón Perú se escuche por primera vez a una voz shipibo-konibo implica una relectura de cómo el país se proyecta al mundo. Con orgullo.
No es solo una artista que viaja con su obra, es un acto puro de reconocimiento y reclamo hacia un lugar merecido. No solo para Sara, sino para toda su nación indígena, para el Perú y su identidad.
Sara es consciente de ello. Por eso, al mismo tiempo que celebra su inclusión en esta edición, no olvida la historia de exclusión que también la precede. “La voluntad de inclusión implícita en este reconocimiento no borra la larga historia de exclusión que han vivido los pueblos indígenas”, advierte. Su esperanza es que este sea “un primer paso para que nuestras voces y conocimientos sean escuchados con mayor respeto, en los espacios del arte, en las calles, en el Congreso”, sentencia en referencia tanto al plano local como al internacional.
Ahí quizá radica la importancia y el valor de su presencia en Venecia: no como una llegada, sino como la apertura a un universo de posibilidades y reconocimientos que llevaban años en deuda. Sara Flores va segura, serena. Con la confianza de quien sabe que no camina sola, sino con toda una nación a su lado. //













