jueves, enero 29

Desde las primeras horas de la mañana de esos 30 de agosto sesenteros y setenteros, las multitudes recorrían las calles históricas, guiadas por el fervor y deseo de rendir homenaje a la primera santa de América. Entre la solemnidad de la misa, el repique de campanas y las emociones desbordadas, Lima se transformaba en un territorio sacramental.

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En los años 60 y 70, El Comercio daba cuenta del pulso religioso y social que teñía la urbe, donde las visitas al santuario y el pozo de los deseos, sitio mágico de peticiones, eran eventos centrales. Reinaba la algarabía junto a la serenidad reflexiva, la comunión palpable y la fe personificada en hombres, mujeres y niños. De esta manera, se tejía una crónica de fe que, año tras año, seducía a la ciudad desde sus cimientos tradicionales. Alrededor de Santa Rosa, Lima encontraba sentido, consuelo y una narrativa colectiva que se perpetuaba más allá de la efeméride.

La delicado imagen de Santa Rosa de Lima cubre con su santidad la Plaza de Armas de Lima y a su gente. Era el 30 de agosto de 1961. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)

La fe limeña despertaba temprano cada 30 de agosto y a veces incluso el 31, que eran los días que la gente destinaba para celebrar a Santa Rosa de Lima. Desde los barrios más humildes y de las avenidas principales, peregrinos, familias y curiosos se ponían en marcha hacia el santuario, ubicado en la avenida Tacna, en el mismísimo corazón de Lima histórica, donde la santa vivió y forjó su leyenda.

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Las calles, a esa hora, comenzaban a poblarse de voces, rezos y pequeñas ofrendas en busca de una intercesión milagrosa. El santuario de Santa Rosa era el punto de partida y destino. Allí, el pozo de los deseos se alzaba como el sitio predilecto para dejar cartas, oraciones y ruegos, escrito todo en papeles que caían al fondo. El pozo, envuelto en leyendas, acogía la esperanza colectiva de una ciudad capital que todos los años veía en él la posibilidad de lo imposible.

MISA Y PROCESIÓN POR SANTA ROSA DE LIMA

A lo largo de la mañana, los sacerdotes celebraban misas con matices solemnes y aires festivos. Se ejecutaban cánticos pentafónicos autóctonos y, en ocasiones, se incorporaban instrumentos andinos como si Santa Rosa resumiera en su figura la diversidad de la patria. Las homilías hablaban de justicia, solidaridad y la necesidad de un Perú mejor, repitiendo el mensaje del Papa Paulo VI, que invitaba constantemente a corregir las desigualdades sociales.

A la salida de la iglesia, los fieles formaban largas filas para visitar el pozo de los deseos. Niños con rostros ilusionados lanzaban papeles cuidadosamente doblados, mientras ancianas musitaban plegarias en voz baja. Todos ellos eran testigos de una devoción que había conmovido a generaciones. La escena era tan cotidiana y a la vez mágica que El Comercio la describió como «la comunión de la esperanza limeña“.

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La procesión era el acontecimiento central. Multitudes se agrupaban detrás de la imagen de la santa, adornada con flores blancas y rosas pálidas, mientras avanzaba por avenidas y plazas bajo el cielo encapotado del invierno limeño. Las autoridades civiles y agentes policiales se sumaban a la marcha, dirigiendo el tránsito, garantizando el orden y rindiendo sus propios homenajes.

La travesía de la imagen llevaba la fe y el fervor desde el santuario hasta la Basílica de Santo Domingo y la Catedral, acompañada por campanas, incienso y música religiosa que impregnaba el aire. Las calles se transformaban en escenarios vivos, donde las vidrieras reflejaban la procesión y los balcones reverberaban las plegarias.

En las plazas, los comerciantes y ambulantes aprovechaban la ocasión para ofrecer estampitas, rosarios y dulces típicos. El bullicio y la devoción se mezclaban en conglomerado de personas, cuyos rostros expresaban deseos de salud, trabajo y bienestar. El Comercio relataba cómo la ciudad entera se volcaba a la calle, sacudida por la mística de la santa limeña.

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Las autoridades eclesiásticas, sin excepción, participaban en los actos principales. El cardenal Juan Landázuri Ricketts presidía la misa solemne y encabezaba la caminata, rodeado de coros y acólitos. Se recordaban milagros atribuidos a su mediación y se reafirmaba su papel como protectora de Perú y América.

Una mención especial en esta rememoración es para los boy scouts de esos años 60 y 70, quienes colaboraban activamente en el control del orden y el tráfico, guiando a los fieles y recibiendo elogios en la prensa por su disciplina y entusiasmo. En ese tiempo, cerca de cinco mil exploradores se desplegaban en calles y avenidas para facilitar el paso de las procesiones y velar por la seguridad de los asistentes.

El ambiente popular motivaba a las familias a compartir viejas tradiciones como la preparación de platos típicos, especialmente el turrón de Doña Pepa, que tenía un auge especial durante estas festividades. Los vendedores ambulantes ocupaban la Plaza de Armas y las calles cercanas, generando un ambiente de feria paralelo a la solemnidad religiosa.

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SANTA ROSA DE LIMA Y EL POZO DE LOS DESEOS

La noche traía el descanso, pero en el santuario y el pozo de los deseos el movimiento no cesaba. Muchos llegaban de provincias, otros ampliaban sus vigilias junto a la pila del convento, sumando sus peticiones a la catarata de papeles que inundaban el fondo. Era el último acto de fe antes de la despedida, cargado de promesas y gratitud.

En algunas ocasiones, la procesión y la misa coincidían con acontecimientos políticos y sociales, que los periódicos reconocían como telón de fondo a la celebración. Así, Santa Rosa de Lima se volvió símbolo de resistencia moral y esperanza en tiempos de incertidumbre. El mensaje eclesiástico insistía en la convocatoria al cambio y la construcción de una sociedad más justa.

La actividad comercial de Lima también se transformaba, pues muchos establecimientos cerraban o ajustaban horarios por la festividad. Las calles se sentían distintas, menos apuradas, como si la ciudad se detuviera a contemplar su fe colectiva por unas horas. Las autoridades llamaban a la calma y celebraban la convivencia pacífica.

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El pozo de los deseos era, pues, el punto obligado de peregrinación, incluso días después de la fiesta del 30 de agosto. Cartas y papeles continuaban llegando, con solicitudes y sueños de limeños y provincianos que encomendaban sus anhelos a la santa limeña. El recuerdo de la procesión perduraba en fotos, anécdotas y la memoria viva de la ciudad.

En los años 60 y 70, las crónicas de El Comercio registraron cómo la festividad de Santa Rosa de Lima era celebración y refugio, tradición y promesa, donde Lima en cada agosto redescubría en su patrona un lazo indivisible entre la historia, la fe y el porvenir.

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