De un escritor, más allá de su capacidad para tejer historias, admiramos su olfato para advertir los temas que marcan el sentimiento de su época. En “El buen mal”, el manojo de relatos que le ha valido a la argentina Samanta Schweblin el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, su interés se acerca a lo que llamamos la cultura del cuidado, aquel conjunto de prácticas, creencias, costumbres y hábitos centrados en la compasión, la solidaridad y el respeto al otro. En su caso, sin embargo, el cuidado también es un generador de ansiedad, culpa y desasosiego.
A propósito del reciente reconocimiento a Schweblin recordamos esta entrevista, publicada originalmente en marzo del 2025, cuando, desde Berlín, nos contestó estas preguntas.
—¿Las personas nos sentimos inspiradas al cuidar a los demás o más bien somos individuos solitarios que no sabemos qué hacer frente a los otros?
Hay algo en mis historias con el cuidado fallido, con ese intentar proteger o rescatar que termina lastimando más, y también a la inversa, esos otros que quizá no tienen intención de ayudar o que a veces incluso llegan con malas intenciones, y que terminan generando en ese intercambio algo que funciona a favor. Quizá por el mundo en que estamos viviendo estos días, cada vez veo más peligrosas estas ideas sobre buenos y malos, los cuerdos y los locos, los que construyen y los que destruyen. Esa división no solo es infantil, sino perjudicial para cualquier tipo de diálogo o entendimiento de ese otro que creemos tan diferente.
—¿Hay un estereotipo que nos sugiera la maldad? ¿Construimos prejuicios para protegernos de la maldad?
Sí, puede ser que a veces los prejuicios nos protejan. Pero también nos dejan atrapados en un mundo que se vuelve cada vez más chico, una burbuja de aire que pierde oxígeno cada vez que volvemos a respirar. Hay una trampa grande alrededor de este gran acuerdo sociocultural sobre lo ‘normal’. Es decir, cuál es ese punto intermedio entre tus particularidades y las mías, en el que acordamos el promedio, lo aceptable, lo cierto, lo real. Pero ese punto intermedio es una invención, esa ‘normalidad’ es la verdadera artificialidad. La propia construcción de la ficción es otra manera de explicar esta trampa: cuanto más particular es un personaje, un escenario o un conflicto, más concreto se vuelve para el lector, más visible y, por tanto, más real. Cuanto más generalizadas y desdibujadas están las partes, menos conexión se genera con el lector. Hay algo en lo extraño que, por su autenticidad, nos resulta más verosímil.
—Llaman la atención los finales de tus cuentos: hay en ellos una ambigüedad nada efectista, que deja una sensación de empatía incluso en los finales más terribles…
Cuento mucho con la impresión del lector, con todo lo que este construye a medida que va leyendo. Cuando escribo, no solo estoy pendiente de las palabras que elijo, sino también de las que estimo que irán apareciendo en la cabeza del lector. No creo que haya tanto azar en estas últimas. Como lectora, llevo años prestándole atención a esto, estudiándolo a conciencia con otros lectores y muchísimos estudiantes de escritura. Me fascina como lectora sentir que el autor presiente ese pensamiento en mí, lo ha calculado. Lo que quiero decir con todo esto es que a veces, un final que no es ni abierto ni cerrado es un final que de todas formas sucede, pero pasará en la cabeza del lector. Quizá no sabemos exactamente cómo terminará algo, pero vemos claramente la dirección en la que irá, y cómo y por qué sucederá. Y si la dirección es tan clara, ¿vale la pena escribirlo? Habría que inventar una palabra para los escritores que son un poco como esos hombres que disfrutan tanto el ‘mansplaining’ y explican cosas con tanta condescendencia, asumiendo que uno no entiende nada de nada, incluso si es un tema del que sí sabemos. Habría que dejar de hacer tanto ‘writersplaining’ y confiar un poco más en el lector. Pensando de a dos se llega más lejos que de a uno.
Tapa de «El buen mal», libro de la escritora argentina Samanta Schweblin




