La frase tal vez sea dura, pero conviene decirla de entrada: hace quince días yo iba en busca de una banda que las futuras generaciones probablemente no verán. No es un grupo cualquiera y, por lo tanto, hacía falta una excusa para verlos en vivo: su 45 aniversario. “La muralla de la chicha”, los llamó alguna vez la prensa especializada; “No fueron los primeros, pero sí el primer grupo ‘chicha’ que pisó el set de ‘Trampolín a la fama’”, escribió con puntería El Búho antes de morir. Los elogios, sin embargo, resbalan sobre la trayectoria de Los Shapis. Tal vez haya una sola frase que los explique mejor: su música es para todos los pueblos, los de arriba y los de abajo, los de derecha y los de izquierda, y también para quienes bailan con una botella en la mano.
La frase tal vez sea dura, pero conviene decirla de entrada: hace quince días yo iba en busca de una banda que las futuras generaciones probablemente no verán. No es un grupo cualquiera y, por lo tanto, hacía falta una excusa para verlos en vivo: su 45 aniversario. “La muralla de la chicha”, los llamó alguna vez la prensa especializada; “No fueron los primeros, pero sí el primer grupo ‘chicha’ que pisó el set de ‘Trampolín a la fama’”, escribió con puntería El Búho antes de morir. Los elogios, sin embargo, resbalan sobre la trayectoria de Los Shapis. Tal vez haya una sola frase que los explique mejor: su música es para todos los pueblos, los de arriba y los de abajo, los de derecha y los de izquierda, y también para quienes bailan con una botella en la mano.
La noche se mueve en una casa tranquila de La Molina. Sobre el piso están las nuevas maletas y portainstrumentos del grupo. Nuevecitos, todavía con las rueditas intactas. “En el aeropuerto te las chancan, te rompen hasta el cierre y el bolsillo”, dice Jaime Moreira mientras se prepara para salir con su familia al concierto de la noche: Los Shapis en el Complejo Santa Rosa, celebrando con sus éxitos. “Antes un bañazo y salimos”, nos dice el cantante.
Antes de salir rumbo al concierto, Jaime Moreira, voz de Los Shapis, muestra el traje que usará esa noche. En su casa de Lima, los preparativos comienzan horas antes de que se enciendan las luces del escenario. (Foto: Giancarlo Ávila)
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En otro punto de la ciudad, más cerca del mar, Chapulín el Dulce también se alista. Ajusta unos zapatos blancos atravesados por franjas azul, rojo, naranja y amarillo. Se pone un polo ligero por el calor y calienta un poco de agua para cuidar la garganta. Una peinada rápida, el termo en la mano y al carro junto a su hermana, que carga una bolsa con utilidades por si ocurre alguna contingencia.
Jaime lleva el traje colgado del brazo. Ya compró la torta y las velitas. “Cuarenta y cinco años no se cumplen siempre”, dice antes de salir rumbo a Santa Anita, donde el concierto empezará pasada la medianoche. El tráfico parece amable, pero pronto aparecen los desvíos y las colas interminables frente a grifos colapsados por la escasez de GLP y GNV. Conductores impacientes esperan su turno para rascar con un par de muchos soles el fondo del tanque.
Entre autos y puestos ambulantes, una torta con figuras de la agrupación llega al Complejo Santa Rosa, donde el público se reúne para celebrar junto a Los Shapis. (Foto: Giancarlo Ávila)
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Entrar al Complejo Santa Rosa en ese contexto requiere paciencia. Tras varias maniobras, Jaime llega por un lateral del recinto. Todavía no lleva el traje completo, pero lo reconocen igual. Una firma aquí, una foto allá. Los treinta metros hasta el backstage se convierten en un trayecto de cuarenta minutos. En el escenario, Los Ecos calientan la noche con canciones que el público acompaña con palmas.
“Yo sé que tú te enamoraste y te divorciaste con la música de Los Shapis”, grita la presentadora cuando anuncia que el grupo saldrá en unos minutos. Poco después llega Chapulín con el polo del primer disco de Los Shapis, ese que emula al de The Ramones. Apenas baja del auto, la gente se agolpa en la puerta. Él, haciendo gala de su apodo, se escabulle con habilidad hasta el backstage.
Minutos antes de salir al escenario del Complejo Santa Rosa, Chapulín el Dulce sostiene el micrófono mientras la banda se prepara para iniciar una nueva noche de chicha frente a cientos de seguidores. (Foto: Giancarlo Ávila)
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El ambiente es fácil de imaginar: un toldo de quinceañero, sillas blancas, mesas con bocaditos y algunos invitados cercanos. Otros fueron los tiempos del descontrol. Jaime conversa con su esposa afinando detalles. Los bailarines —contactados por TikTok— repasan la coreografía. Chapulín toma un sorbo de su agüita, respira desde su aerocámara, se pone el saco y acomoda el cabello con dos pasadas de peine.
“¡Señoras y señores, con ustedes… Los Shaaaaaapis del Perúúúú!”, anuncia la presentadora.
Suena la música de entrenamiento de Rocky. El grupo aparece en escena. Cientos de celulares se levantan para registrar el momento. Jaime y Chapulín encienden las velas de la torta. Sonríen mientras el público brinda por ellos. Después empiezan las canciones. Algunas llegan con nostalgia, otras —muchas— con ese despecho directo que siempre ha sido parte de su repertorio, y que muchas veces se ha dedicado bajo el efecto del fermento más popular del Perú.
Jaime Moreira y Julio Simeón “Chapulín el Dulce”, figuras centrales de Los Shapis, conversan en el backstage minutos antes de salir al escenario del Complejo Santa Rosa, donde la agrupación se prepara para reencontrarse con su público. (Foto: Giancarlo Ávila)
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Dentro del sentimiento
Quien diga que el Complejo Santa Rosa es peligroso, miente; y quien diga que no, lo ignora. Aquí el público no lleva carteles: grita su pasión a todo pulmón. El disgusto también se hace sentir en vivo, cuando una banda falla, una botella puede buscar conversación con la cabeza de algún músico. Pero cuando el show funciona, el ritual cambia: se levantan torres de cerveza, o se rompen botellas de igual forma.
“Yo reventé botellas en la Carpa Grau por ti, Chapulín”, grita una señora mientras su esposo baila apretado a su lado con una Pilsen en la mano.
Julio Simeón se prepara para entrar al escenario acompañado de sus amigos, colegas y un grupo de baile. (Foto: Giancarlo Ávila)
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Las cajas de cerveza se distribuyen en el centro. Alrededor se arma el redondel. Suena “Perdida”. Manos como pistolita al aire, una vueltita mirando al cielo, un beso a quienes ya partieron y la garganta de muchos pide otra cerveza.
En la barra aparecen veinte Chabuca Granda, quince José María Arguedas, diez María Rostworowski y cinco Pedro Paulet. Una señora exige que la atiendan primero porque compró más. Otro pide que abastezcan a su grupo hasta que él diga basta. En el escenario continúa el show con “Chofercito”.
Sobre el escenario del Complejo Santa Rosa, Chapulín el Dulce y Jaime Moreira soplan las velas de la torta mientras el público acompaña el momento entre aplausos y celulares encendidos. (Foto: Giancarlo Ávila)
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A esta hora ni los paramédicos se resisten. Cambian de polo y bailan con cerveza en mano, salvo el designado por si ocurre algo. En la entrada, el olor a anticuchos llama a la barriga, pero los amigos llaman más fuerte. Las rondas se arman y se desarman. Algunos bailan coordinados; otros apenas se sostienen. Las botellas quedan en el suelo mientras alguien paga un sol para entrar al baño.
La euforia crece con canciones como “Ambulante soy” o “La novia”. También aparecen las confesiones entre compadres.
—¿Te acuerdas de la Karina que vendía con nosotros en La Parada?
—Cuenta, cuenta.
—Ahora se pone vestidito y dice que ya vio a Los Shapis en San Borja, que ya no viene por aquí.
—Ignorante pues -dice mientras da el último sorbo a su cerveza.
—Que se meta su plata al poto. ¡Salud! -Y completan el brindis chocando las botellas de vidrio.
El público levanta bufandas, canta y graba con celulares durante el concierto de Los Shapis en el Complejo Santa Rosa, uno de los espacios donde la música chicha mantiene a su público más fiel. (Foto: Giancarlo Ávila)
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Una vendedora se une al grupo de las comadres cuando suena su canción favorita. Baila golpeándose el pecho al ritmo de la música mientras posa para una foto con las clientes.
“Primero el baile, luego el Yape”, me dice cuando pregunto el precio de la cerveza. A las 12:30 costaba 11.80 soles. A la 1:20 subió a 12. A las 2:30 ya estaba en 12.80. Si no gusta el precio, siempre queda la opción de caminar hasta el Mall Aventura de Santa Anita, cuyas luces iluminan una esquina del recinto.
Los Shapis se presentan en el escenario del Complejo Santa Rosa mientras el público acompaña cada canción con celulares en alto y coros que se escuchan hasta el fondo del local. (Foto: Giancarlo Ávila)
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Desde el escenario, Julio Moreira aclara algo: “Cuando trabajamos no tomamos. Después puede ser”. Y no miente. Después de años de giras, con apenas tres horas de sueño y la esposa esperando en casa, una cerveza ya no seduce igual. Chapulín también lo sabe bien. Desde que le diagnosticaron diabetes y superó varios problemas de salud, las acrobacias quedaron atrás. A sus 66 años, el salto, la chela fría por la madruga y la voltereta pertenecen a otra vida.
Dos torres de cerveza se levantan entre el público. Dos venezolanos intentan encontrar el ritmo con más entusiasmo que éxito. Desde el escenario llegan saludos a la UNI, a San Marcos y a la Villarreal. A la gente de Huancavelica, de la Selva, del Norte del país. “A todos mis paisanos y seguidores de toda la vida”.
Julio Simeón, vocalista de Los Shapis, sonríe sobre el escenario durante el concierto. Su apodo “Chapulín” nació por los saltos que solía dar sobre la tarima al cantar, un rasgo que marcó su estilo frente al público. (Foto: Giancarlo Ávila)
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Suena “El Aguajal”. El concierto parece terminar, pero el público protesta y la banda extiende el tema. Los vendedores también sacan lo último: rositas para parejas, gorritas para fanáticos, cerveza para los más sufridos y maca para quienes no quieren dormir solos.
“Feliz aniversario. Estamos 45 años en tu corazón”, dicen desde el escenario. El público pide más canciones. Jaime mira a Chapulín. Sonríen. Y entonces hacen lo que se hacía antes en las fiestas de barrio: un popurrí con todos los éxitos. Las canciones recorren los buenos tiempos, los malos también, y esos temas de su juventud que pasan sin pedir permiso y que ahora se transforma en otra cosa: seguir tocando para un público que quizá no sea multitudinario, pero sí el justo y necesario.
En el estudio de grabación de Los Shapis se conservan cuadros, fotografías y regalos entregados por seguidores a lo largo de los años, recuerdos que acompañan la historia del grupo fuera de los escenarios. (Foto: Giancarlo Ávila)
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