¿Qué reflexiones vienen formulándose en Occidente respecto de su crisis social y política? Un sociólogo alemán Andreas Reckwitz publicó en 2020 un libro: “Sociedad de Singularidades”, en el cual describe cómo las economías, las nuevas tecnologías, el impacto de éstas en el trabajo, los cambios en los estilos de vida, la política misma, venían conformando sistemas que premiaban la singularidad por encima de la generalidad. A diferencia de la sociedad industrial, una mayormente estandarizada, se avanza ahora hacia una más compleja, que otorga –en personas y productos– un valor especial a lo único, a lo singular y a lo auténtico, generando así, según el autor, nuevas formas de desigualdad.
Reckwitz ha publicado luego un segundo libro: “El Fin de las Ilusiones: la Política, la Economía y la Cultura en la Postmodernidad”. En él revisa cómo las sociedades –de Europa y Norteamérica principalmente– se han visto afectadas por esta economía postindustrial, y cómo se ha generado una crisis política con una polarización creciente. Su último libro (2023) plantea una tesis en el título: “La Postmodernidad en Crisis: Por qué Necesitamos una Teoría de la Sociedad”.
No hace mucho, Reckwitz escribió en el New York Times una columna: “Occidente está Perdido”. Sugiere en ella que, desde la Ilustración, el progreso funcionó como una premisa en Occidente. Por siglos, sus sociedades se proyectaban en base a que el futuro sería superior al presente. Dicha fe optimista era englobante; todo iba a estar mejor. Poco espacio le otorgaban estas sociedades al sentido de pérdida.
Las cosas han cambiado hoy. A pesar de una transformación tecnológica sin precedentes, que promete avances que eran inconcebibles hasta hace poco, el mundo viene siendo impactado también por un sentido de pérdida. Y la pregunta es si sociedades, acostumbradas al “más” y “mejor”, pueden ahora asimilar el “menos”, en procura de una mayor sostenibilidad.
Entre las pérdidas, la ambiental constituye la más obvia. El calentamiento global, los climas extremos consecuentes, la comprobación de la postergación de regiones enteras; han contribuido a generar un latente duelo climático. Y algunas de las soluciones planteadas para hacerle frente implican un retroceso del consumismo del Siglo XX, antes celebrado como clave para el progreso moderno. Se requiere de un ajuste mental.
De otro lado, comparadas con la reciente infraestructura pública de China, las de Europa y EE. UU. han quedado rezagadas. Sus sistemas educativos, los servicios de salud en Inglaterra, el sistema de transporte en Alemania, antes paradigmáticos, se encuentran remolones y desfasados, generando dudas sobre la capacidad real de la política tradicional para renovarlas. Los déficits de vivienda y las especulaciones sobre el valor de la tierra han provocado inseguridad y el temor de un retroceso social a buena parte de la clase media occidental. Ya ésta no cree que vivirá tan bien como sus padres.
Y la dramática transformación en la geopolítica planteada por el gobierno del presidente Donald Trump sólo agrava la situación. El colapso de la globalización, las guerras en Ucrania y Medio Oriente, la impotencia de las instituciones multilaterales, todo ello revela la erosión de un orden liberal que fue en el pasado considerado irreversible en Occidente. El contexto hoy es uno de violencia y arbitrariedad crecientes. Cuando no de bienes materiales, sus sociedades sienten una evidente pérdida de confianza y seguridad.
Ciertamente el mundo moderno conoció en el pasado de pérdidas, algunas terribles. Pero la religión secular del progreso solía excomulgar pronto a los sentimientos de pérdida. La ciencia, la tecnología, el capitalismo, todos presumían una innovación y un crecimiento continuos; los políticos prometían un mayor bienestar; la clase media imaginaba mejores estándares de vida y un creciente sentido de realización.
La situación es hoy distinta, hay una percepción creciente de desamparo; la fe mayoritaria en el progreso ha declinado. Y cuando las sociedades dejan de asumir que el futuro será mejor, el sentido de las pérdidas se acentúa. Para Reckwitz, esa es la base de la actual crisis en Occidente: los huecos en la narrativa que contradicen la ilusión moderna de un progreso sostenido.
Tal temor al declive se manifiesta en los reclamos de los populismos de derecha; de allí las diversas propuestas de una restauración (el reiterado MAGA). Tales ofertas canalizan de alguna manera la ira generada por un sentimiento de desamparo, pero la eventual recuperación que ofrecen resulta finalmente una falsa ilusión.
Tal vez una respuesta más racional sea incorporar nuevas ideas-fuerza en el debate. La de resiliencia, por ejemplo; no será posible evitar algunas tendencias negativas en la evolución de las cosas, pero sí se puede mejorar la protección relativa; fortalecer a las sociedades para tornarlas menos vulnerables.
Además de la resiliencia, una segunda idea-fuerza sería el redireccionamiento de la pérdida hacia un cambio con potencial futuro. Hay pérdidas que podrían liberar más que empobrecer. ¿Ha sido la era de los combustibles fósiles una que generó una mejoría sostenida en los estilos de vida o una etapa favorable temporal cuya superación podría generar una vida menos frenética y más valiosa? No se pretende descartar el progreso sino redefinirlo, transponerlo a nuevas y mejores coordenadas de bienestar y sostenibilidad.
Y una tercera idea-fuerza que el autor señala sería una manera creativa de manejar la redistribución entre ganadores y perdedores. Es evidente que, si las nuevas pérdidas se distribuyen mal, perjudicando a los más vulnerables, se reforzarán desigualdades que pueden ser antiguas y profundas. Pero esta tarea no sólo debería ser de los estados, en su mayoría burocráticos e ineficientes, sino de la sociedad en su conjunto, aplicando nuevas medidas más eficaces.
Por cierto, un mayor énfasis en la resiliencia, el redireccionamiento, y la redistribución de riesgos no serán de por sí suficientes para superar la crisis. Reckwitz sostiene que se requiere también de reconocimiento y de integración. El sentido de la pérdida no debe, como en sicoterapia, ser negado ni absolutizado. La negación genera represión y resentimiento; la fijación bloquea el actuar.
Las democracias, para renovarse –la peruana también– deberán ser capaces de articular una narrativa más ambivalente; una que promueva los avances pero que también reconozca las pérdidas, enfrente la vulnerabilidad, redefina el progreso, y logre una mayor resiliencia. Enfrentar esta verdad con los ojos abiertos, aceptando la fragilidad humana, puede ser la precondición para una revitalización de la política y para una forma más madura de progreso.




