lunes, septiembre 7

En 1996, cuando se inició la construcción del Monumental, en la redacción de DT buscábamos el menor pretexto para hacer una visita a la obra. No era cuestión de hinchaje. Hasta el más furioso simpatizante aliancista quería ser testigo de la gestación del que, no dudábamos, sería el escenario deportivo más importante del país.

En 1996, cuando se inició la construcción del Monumental, en la redacción de DT buscábamos el menor pretexto para hacer una visita a la obra. No era cuestión de hinchaje. Hasta el más furioso simpatizante aliancista quería ser testigo de la gestación del que, no dudábamos, sería el escenario deportivo más importante del país.

Me tocó recorrer varias veces ese terreno gigantesco y lejano ubicado al pie de un cerro donde trabajaban un ejército de retroexcavadoras. Entrevisté al arquitecto Walter Lavalleja, el siempre optimista promotor del proyecto; a los entonces sonrientes representantes de Gremco, y a Alfredo González, quien buscaba cualquier oportunidad para sacar pecho (y barriga) por una construcción que, sabía, lo tatuaría en la historia del club.

“A la U no le va a costar un sol”, repetían. “Todo se pagará con la venta de palcos”. Tanta maravilla junta no parecía real. Volver a escuchar esas palabras, 30 años después, viralizadas en múltiples clips difundidos por Tik Tok duelen más que una úlcera en el duodeno.

Estuve en la inauguración del estadio con mi familia, cuando se le ganó a Cristal y en los estacionamientos una horda de violentos sembraba el terror. Celebré triunfos y maldije derrotas. Vi correr al Loco Vargas la noche en que Daniel Peredo inmortalizó sus huevos y me llené de vergüenza con el asesinato de Walter Oyarce. En una de sus terrazas conocí a los campeones de la Libertadores Sub 20 y por varios años, cuando el club se caía a pedazos por obra de irresponsables, fui uno de los 5 mil que se aparecía los fines de semana a pesar de los puntos que luego se perdían en mesa.

A Jean Ferrari y Franco Velazco se los podrá criticar por muchas cosas. En el estilo que comparten, no tienen lugar las sutilezas. Sus excesos tribuneros hacen más daño de lo que ellos creen. Pero negar que con ellos Universitario logró salir del desastre es imposible. La resurrección ha sido milagrosa. Hoy el club convoca marcas, genera millones y atrae al menos a 40 mil personas cada semana. El Monumental no es más una carga, es un activo vivo. Y un símbolo de orgullo.

Lo que no se ha podido resolver aún es el costo real del estadio. Y el reclamo lógico de quienes lo construyeron.

Campo Mar es una de las mejores sedes de entrenamiento en el Perú. (Foto: Universitario).

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El último capítulo de esta guerra interminable ha sido una medida cautelar que ordena la reactivación del proceso concursal y el retorno de la junta de acreedores. Si la disposición se concreta, habrá que decirle adiós a Velazco, y tenderle la alfombra roja a aquellos que nunca mostraron interés real en reconstruir al club y hacerlo viable.

El pronunciamiento definitivo del Poder Judicial debe concretarse en unos días. Ya la actual administración e Indecopi han mostrado su oposición. La ley 31279 los ampara, junto con el apoyo de millones de hinchas que se resisten a echar por la borda todo lo avanzado.

El reclamo de Gremco carece de consistencia. Recurrir a la venta de activos como Campo Mar empobrecería al club y le quitaría capacidad para hacer frente a sus obligaciones. Es una opción absurda, fruto de una visión cortoplacista y desesperada.

Hace unos años, cuando tuvieron todo a su favor, pudieron encaminar las cosas hacia una solución que los favoreciera. Pero nunca miraron más allá de sus narices e hicieron poco por ganarse la confianza del hincha. Perdieron su oportunidad de oro. El tren, aunque les fastidie, ya se les pasó.

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