Por años, la aviación en el Perú ha demostrado ser un motor silencioso de desarrollo; sin embargo, hoy opera en un entorno que limita su verdadero potencial. El próximo gobierno tiene una oportunidad histórica: convertirla en una política de Estado con una mirada de largo plazo.
Las cifras son claras. En 2025, el Perú superó los 28 millones de pasajeros transportados en total, 8% más que en el escenario prepandemia; sin embargo, con apenas 0,6 vuelos per cápita, aún vemos brechas de acceso y competitividad.
En una industria altamente expuesta a factores externos, uno de los principales desafíos es la estructura de costos. El costo del jet fuel —que solo en las tres primeras semanas de marzo tuvo un incremento de precio de 60%— tiene un impacto significativo, ya que representa cerca del 30% de los costos operativos de las aerolíneas. A esto se suma la carga de tasas e impuestos asociados a los boletos, que inciden directamente en la accesibilidad de los pasajes.
Frente a ello, pensar que estimular el mercado es solo es tarea de las aerolíneas es un error. Hemos hecho esfuerzos relevantes para modernizar nuestra flota para mejorar la eficiencia, pero no podemos trabajar solas.
Hay ejemplos claros que muestran que, bajo un rol proactivo del Estado, sí se puede dinamizar el sector: Colombia multiplicó su flujo de viajeros reduciendo el IVA del 19% al 5% entre 2021 y 2023. En la misma línea, recientemente Brasil activó líneas de crédito y alivios fiscales al combustible para mitigar costos y blindar la conectividad, probando que reducir barreras genera beneficios superiores.
Otra de las medidas que ya ha mostrado resultados positivos en nuestro país es la ejecución de campañas publicitarias cofinanciadas con Promperú. Compartir la inversión permite acelerar la descentralización del turismo y llevar el Perú al mundo.
Esto también aplica a cómo concebimos la conectividad. No se trata solo de gestionar aeropuertos o firmar acuerdos bilaterales entre países, sino de avanzar a una visión articulada que integre infraestructura vial, conectividad regional, oferta hotelera y desarrollo turístico. Lo que el sector necesita no son medidas aisladas, sino una visión integral.
El trabajar con mirada de ecosistema requiere planificación y anticipación. En ese sentido, hay un elemento transversal que no puede seguir postergándose: la institucionalidad.
La volatilidad política ha sido uno de los mayores obstáculos. Cada cambio de gestión implica retrocesos, paralización de proyectos y pérdida de continuidad. El país necesita una entidad empoderada que articule a todos los actores y garantice una hoja de ruta de largo plazo para el desarrollo de la aviación. No podemos seguir reiniciando el sector cada cambio de gobierno.
El próximo gobierno tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de cambiar el rumbo. No se trata de apoyar a una industria en particular, sino de apostar por el desarrollo del país. La pregunta ya no es qué necesitamos hacer, sino si existe la voluntad política para hacerlo.














