La política es el arte de lo posible, el gobierno de la polis y en el mundo moderno, un escenario donde los países se juegan su destino. Sin embargo, conversando con gente amiga o conocida, al hablar de las elecciones, a pocos parece importarle. Cuando faltan menos de dos meses para el 12 de abril, oigo algunos tipos de respuesta: “Todos son iguales”. Los miembros de este grupo dicen que no se puede confiar en nadie. Para ellos, el hecho mismo de que alguien quiera postular ya indica un puro apetito de poder que lo invalida. Para este grupo, la discusión entre miembros de partidos distintos no se debe a razones ideológicas sino a una lucha tribal por la supremacía.
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“No tengo nada que ver con ninguno”. Es decir, no me atraen sus modos de expresarse, sus ideas, su aspecto. Para este grupo, ninguno de los candidatos parece tocado por esa aura que define a los elegidos. Eso que tuvieron algunos pasados gobernantes, para bien o para mal, y que a falta de otro término puedo llamar carisma. El carisma es peligrosísimo porque nos puede llevar a elegir un fantoche. Sin embargo, la política es una forma de la religión y la mayor parte de los votantes elige al santo que más lo parezca.
“Estoy demasiado ocupado u ocupada para pensar en ese asunto”. Esta razón es fundamental. Para la gente que tiene que despertarse a las cuatro de la mañana, bajar del cerro en una moto, llegar a un lugar donde una pequeña combi lo lleva a un paradero, la política es un teatro de operaciones ajeno. Lo mismo puede decirse para quienes no tienen agua (algunos tienen el lujo de poder esperar un camión-cisterna que llega cada cierto tiempo). O de los niños que tienen que caminar dos o tres horas en las zonas rurales para ir al colegio. O de los que hacen colas interminables para atenderse en una posta médica. En la inmensa mayoría de los más necesitados, muchos han perdido la fe pero algunos todavía no la esperanza. Pueden creer que sus problemas tienen una solución. Pero a ver si algún candidato los convence desde la realidad que viven.
“No me importa la política”. Para muchos miembros de este grupo, la política es simplemente un espacio ajeno, incomprensible. Este hecho se ve reforzado por la enorme cantidad de candidaturas. Uno recuerda el espíritu de fragmentación, una tendencia histórica en el Perú y en América Latina (y sus veinte países).
Muchos peruanos pertenecen a más de uno de estos grupos, por supuesto.
En una entrevista reciente, el escritor español Arturo Pérez Reverte citaba una caricatura de Chummy Chumez, que apareció en la portada de la revista “Hermano Lobo” en 1975. En un mitin, el político de turno le decía a la gente que debía escoger: “O nosotros o el caos”. La respuesta fue inmediata: “¡El caos, el caos!”. El político, incólume, explicaba: “Es igual, también somos nosotros”.
La indiferencia hacia la política es una de las señales más peligrosas, pues es aprovechada por los radicales. Es un anuncio del fin de la democracia. Creo que en este momento hay un buen puñado de personas con honestidad, compromiso y calidad profesional que están postulando a un cargo en la presidencia, en el Senado o en el Congreso. Conocerlos antes de que sea muy tarde es nuestra última posibilidad. Queda poco tiempo.



