lunes, mayo 18

Alberto Ísola se sienta en una de las butacas del Teatro de Lucía en Miraflores para conversar con este diario, como quien brota reflexiones sobre la puesta en escena que acaba de presentar “James Brown usaba ruleros”, de la escritora francesa Yasmina Reza. Dice que es una “fábula” sobre identidad, que combina con los tiempos de polarización en el Perú. Allí, dos padres preocupados dialogan con una terapeuta, pues su hijo adolescente Jacob tuvo una epifanía y ahora asume la personalidad de Celine Dion. Sí, la cantante canadiense.

Alberto Ísola se sienta en una de las butacas del Teatro de Lucía en Miraflores para conversar con este diario, como quien brota reflexiones sobre la puesta en escena que acaba de presentar “James Brown usaba ruleros”, de la escritora francesa Yasmina Reza. Dice que es una “fábula” sobre identidad, que combina con los tiempos de polarización en el Perú. Allí, dos padres preocupados dialogan con una terapeuta, pues su hijo adolescente Jacob tuvo una epifanía y ahora asume la personalidad de Celine Dion. Sí, la cantante canadiense.

El elenco reúne a Sergio Armasgo como Jacob, acompañado por Sandra Bernasconi como su madre, Pold Gastelo como su padre, Mónica Rossi en el papel de la psiquiatra y Eduardo Pinillos como el amigo de Jacob de tez blanca que asume la identidad de un hombre afrodescendiente. “La obra habla de los tiempos en los que vivimos, de la identidad, del deseo de cambiar, el deseo de ser otra persona, de la locura, de la cordura de los padres que no entienden a los hijos”, explica Ísola.

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Los personajes personajes (Jacob y su amigo) quieren ser otra persona, y deciden ser Céline Dion y un hombre negro, porque quieren serlo. Para mí, es una metáfora: ‘yo quiero asumir la identidad que quiero asumir’. Y los padres de los dos no saben cómo lidiar con eso, les tratan de imponer imágenes, modelos, etc. Los padres mismos son prisioneros de esos roles. Lo que hace la obra, desde que la leí, es hacerte preguntas y dejarte pensando”, agrega.

En una sociedad aún obsesionada con imponer modelos, ahora amplificados por las redes sociales, el director encuentra una obra que podría remitir a épocas marcadas por la discriminación contra la comunidad LGBTQ+ o el racismo hacia las personas afrodescendientes, pero cuya urgencia permanece intacta.

“Estamos viviendo tiempos de intolerancia terribles. Además del panorama político, lo que más me asusta es la incapacidad de escuchar a los demás”, dice el director. No habla solo del Perú, aunque inevitablemente lo incluya, sino de una época atravesada por reacciones —de padres, políticos, profesionales, entre otros— cada vez más represivas, incluso bajo discursos que invocan libertad. Allí radica una de las fuerzas de la obra: interrogar qué ocurre cuando alguien decide existir fuera del molde y qué mecanismos familiares, sociales o culturales aparecen para corregirlo.

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La temporada de «James Brown usaba ruleros» continúa hasta el 21 de junio. (Foto: Archivo Teatro de Lucía)

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Hay un momento en que la conversación deja de girar alrededor de la obra y se desplaza hacia la vida de Ísola. “Soy un hombre de 73 años que ha vivido una vida muy larga, ha hecho mucho teatro y que está viviendo tiempos de cambios. Cambios que me hubiera gustado que existieran cuando yo era más joven. Quizás, mi vida hubiera sido más libre, más abierta”, dice el director, quien tampoco es que haga drama de la modernidad. Por ejemplo, cuando usa inteligencia artificial, le habla con cordialidad. Le pregunta con “por favores” y “gracias”.

“No me siento viejo, para nada”, aclara, aunque la edad cambie la perspectiva de la vida. “Es como pensar en el mundo donde vivimos, donde hay, por un lado, tanta necesidad de ser distinto. Al mismo tiempo, tan poca tolerancia, y al mismo tiempo tanta violencia. Es cuestión de observar y decir algo que creo que es positivo”, sostiene.

“Desde que el teatro empezó se ha dicho que está muerto. Lo enterraron cuando salió el cine, luego la televisión. El teatro no va a morir nunca, y mucho menos ahora, en esta época de inteligencia artificial. Por su puesto que se pueden integrar”, cuenta.

“Yo la uso para conseguir información. Le hago preguntas: ‘quiero hacer esta obra en el Perú de hoy, ¿qué te parece?’, y las respuestas son muy interesantes. Me sorprende y me asusta cuando va recogiendo información y me dice cosas como ‘sabía que esto te iba a gustar’. Me da pánico. Me da terror, tanto así que yo saludo y agradezco. Pero no siento que sea su esclavo. Me provoca respeto”, añade.

Los directores de la obra Alberto Ísola y Lucho Tuesta posan junto al elenco, Sandra Bernasconi, Pold Gastelo, Mónica Rossi, Sergio Armasgo y Eduardo Pinillos. (Foto: Archivo Teatro de Lucía)

Los directores de la obra Alberto Ísola y Lucho Tuesta posan junto al elenco, Sandra Bernasconi, Pold Gastelo, Mónica Rossi, Sergio Armasgo y Eduardo Pinillos. (Foto: Archivo Teatro de Lucía)

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El teatro, para Ísola, conserva algo irrepetible: cada noche cambia, respira distinto, permite corregirse, reinventarse. El cine le encanta como espectador, pero “no me gusta hacer cine”, confiesa. La televisión o el streaming no están descartados en su carrera: “si fuera una serie de Netflix, yo feliz”, dice riendo, sobre la posibilidad de trabajar en producciones de la plataforma.

Una de sus batallas más personales hoy es contra lo que llama, con cierta molestia, el “viejismo”. Le irrita la idea de que cierta edad implique descarte automático, como si el deseo de seguir creando tuviera fecha de vencimiento, pero todavía hay tiempo. “Me quedan 10 años con suerte. Hay gente que llega a los 100, yo feliz, pero lúcido y con memoria para todavía poder actuar”, dice.

“No me arrepiento. A veces pienso ‘y si no hubiera sido tan…’. Pero ya lo asumí y me alegra mucho. Yo siempre fui, y sigo siendo, una persona muy tímida. Me encanta del teatro el trabajo colectivo, ensayar con gente, escuchar diversos puntos de vista”, explica finalmente que haber dedicado su vida al teatro más que a otros medios de arte en el Perú, en el fondo, fue una decisión de vida.

El dato

“James Brown usaba ruleros”

De jueves a domingo en el Teatro de Lucía (Calle Bellavista 512, Miraflores (Lima). Los horarios son de jueves a sábado a las 8:00 p.m. y domingos a las 7:00 p.m. 

Entradas a la venta en Joinnus o en boletería antes de la función.

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