En un fútbol actual donde prima el negocio y se olvida del pasado, hay objetos que nacen con una historia antes incluso de pisar la cancha. No necesitan un gol, una final o una épica para volverse valiosos. Basta su origen. El chimpún de Lionel Messi fabricado con residuos del Río Paraná es uno de ellos: una pieza que mezcla conciencia ambiental, marketing global y el peso simbólico del mejor jugador de su tiempo.
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Pero había una trampa logística. La venta estaba restringida a Argentina. Y ahí es donde empieza la historia paralela, la que suele quedar fuera de los titulares.
“Yo sabía que había existido esa colaboración. Lo vi cuando Messi lo anunció en redes”, cuenta Peter Egacila, coleccionista peruano que lleva 28 años vinculado a este mundo. “Pero cuando investigué, vi que los envíos eran solo en Argentina. Podías pagar desde acá, pero traerlo era complicado. Entonces me desentendí”.
Egacila no es un aficionado cualquiera. Empezó a coleccionar a los 16 años y, desde entonces, han pasado más de 7 mil camisetas por sus manos. Hoy conserva unas 400, muchas de ellas piezas clave en la historia del fútbol peruano. Su proyecto es claro: construir un museo que narre esa historia a través de las camisetas, desde los mundiales hasta las gestas locales.
Sin embargo, el chimpún de Messi no llegó a él por búsqueda directa, sino por las vueltas -a veces caprichosas- del coleccionismo.
Un amigo suyo, fanático del argentino, sí logró conseguir el botín. Movió contactos, utilizó servicios de casillas internacionales y pagó mucho más de lo previsto: cerca de 620 dólares entre producto, impuestos y envío. “Hizo todo el esfuerzo porque lo quería tener”, recuerda Egacila. Pero el tiempo, como suele pasar, cambió el escenario. “Después tuvo problemas económicos y me dijo que tenía que venderlo. El coleccionismo es bonito, pero también te puede sacar de apuros”, explica.
Así, el chimpún terminó en manos de Egacila, quien negoció un precio menor al que su amigo había pagado, aunque consciente de que el valor de mercado ya había subido. Hoy, esa pieza está en Lima. Y, según el propio coleccionista, probablemente sea única en el país dentro del circuito público.
“Entre la comunidad de coleccionistas, no hay nadie que haya mostrado tener este chimpún. Puede haber alguien que lo tenga en privado, pero públicamente no existe otro en el país”, afirma.

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Sin embargo, a diferencia de otras piezas que guarda como patrimonio personal, este botín no tiene garantizada la permanencia en su colección. Y eso responde a una lógica que Egacila ha construido con los años.
Su enfoque no es acumular por acumular. Su colección gira en torno al fútbol peruano: camisetas de la selección, de clubes campeones, de jugadores nacionales en el extranjero y de partidos históricos. Tiene, por ejemplo, indumentaria de todos los mundiales que disputó Perú y piezas únicas como camisetas utilizadas en encuentros emblemáticos.
“El museo que quiero hacer es sobre la historia del fútbol peruano. Entonces, todo lo que no encaje en esa línea tiene más posibilidades de salir”, explica.
Por ahora, el chimpún descansa en Perú. Lejos del Paraná, pero cargado de su historia. Entre la conciencia ambiental que lo originó, el fenómeno global que lo respalda y la incertidumbre sobre su destino, se convierte en algo más que un objeto: es una pieza que conecta mundos distintos. El de Messi, el de Rosario y el de un coleccionista que, desde Lima, intenta preservar la memoria de un fútbol que también necesita ser contado.













