¿Quién de la generación X no recuerda el pegajoso “Oye pana, oye brother”? Ese estribillo invadió las radios en 1995 y se convirtió en un himno. Hay frases que no envejecen. Que suenan y, sin pedir permiso, activan la memoria. “Ahora te voy a poner a gozar” es una de ellas. Basta escucharla para que los noventa vuelvan de golpe: la pista de baile, la radio encendida, el ritmo insistente y un nombre que quedó grabado en una época. Machito Ponce regresa al Perú después de una década para celebrar 30 años de carrera y, con ellos, un fenómeno musical que nunca se fue del todo: solo esperó el momento justo para volver.
El cantante argentino llega a Lima en enero como parte del festival Noventerísimo, un reencuentro con el público peruano que lo acompañó en uno de los puntos más altos de su trayectoria.
“Estoy muy contento de regresar después de tantos años. No se daba la oportunidad y ahora, por suerte, en apenas un mes voy a estar por ahí”, dice, todavía sorprendido por la vigencia de un personaje que nació casi por azar y terminó convertido en ícono.
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Perú no es una plaza cualquiera en su historia. Antes de ser Machito Ponce, Gustavo Radaelli ya había pisado Lima como parte de la banda que acompañaba a The Sacados a inicios de los noventa. Luego vendría el regreso consagratorio, en 1996, con un show multitudinario en la Plaza de Acho. “Fue uno de los conciertos que más recuerdo de toda mi carrera”, confiesa. La memoria vuelve a ese escenario donde la música parecía no tener fecha de vencimiento.
Curiosamente, Machito entendió la dimensión de su impacto muchos años después. “Divido mi carrera en dos etapas muy marcadas”, reflexiona. La primera, la del vértigo: radios, discos, giras, televisión. La segunda, el silencio voluntario. Cuando decidió alejarse de los escenarios.
Fue un final abrupto. Detrás del brillo de los noventa, Machito Ponce chocó con la cara menos amable de la industria musical. “Yo laboraba para un sello discográfico y mi contrato quedó en un limbo legal. Me dijeron que podía pasar a otra productora, pero tenía que firmar que no me debían nada. Y la verdad es que me debían un montón de dinero”, recuerda hoy Radaelli.
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Regalías impagas, abogados, cartas documento. Y, en medio de ese desgaste, la muerte de su padre. “Eso me cerró la puerta definitivamente”, admite, al explicar por qué decidió alejarse del escenario.
Otra realidad
Lejos de la música, probó otros caminos. Invirtió sus ahorros en un bar que no funcionó como esperaba. Después vino el corte definitivo. Se fue a ayudar a su hermana con la imprenta familiar, el emprendimiento que había dejado su padre. Y ahí ocurrió uno de los contrastes más drástico de su vida. “En tres años y medio pasé de tocar para 150 mil personas a laborar en una imprenta”.
Durante una década, Machito Ponce fue un nombre prohibido para Radaelli. Un personaje incómodo. No quería hablar de su etapa musical ni que nadie lo reconociera. En ese tiempo, Machito era para él una etiqueta bizarra, algo que sentía que le restaba credibilidad, que lo anclaba a un pasado del que no sabía —o no quería— desprenderse.
Hoy, la historia se cuenta desde otro lugar. Sin rencor, sin negación. Con distancia y perspectiva. Aquella década de silencio no borró las canciones ni el cariño del público: solo las dejó en pausa.
Nueva era
El regreso no fue inmediato ni planificado. Fue el cariño del público el que lo empujó de vuelta a los escenarios, y el apoyo decisivo de su esposa, quien lo animó a reconciliarse con Machito Ponce y a volver a cantar frente a una nueva audiencia. En el 2008, después de diez años sin presentarse en vivo, aceptó subirse nuevamente a un escenario en las fiestas Bizarren Music Party.
“La reacción de la gente fue tan cariñosa que me sorprendió. Ahí entendí que las canciones seguían vivas y que había una reconciliación pendiente”, dice. Desde entonces, Machito volvió a convivir con su alter ego. Y hoy, asegura, lo disfruta más que nunca.
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Treinta años después del primer disco (“Ponte a brincar”), Machito Ponce se mueve entre dos tiempos: el pasado que sigue sonando y un presente que lo recibe con afecto renovado. La nostalgia, dice, no es solo mirar atrás, sino reencontrarse con una versión más liviana de uno mismo.
“La gente busca refugios de la memoria. Escucha estas canciones y vuelve, aunque sea por un rato, a su juventud”, explica.
Entre todos sus temas, hay uno que guarda con especial cariño: “Póntelo”. No solo por su ritmo, sino por el mensaje que aún considera vigente. “Era divertida, pero hablaba de algo importante. El cuidado sigue siendo necesario”, reflexiona, consciente de que la música también puede dejar huellas más allá del baile.

Machito Ponce no es exactamente el personaje que muchos imaginan. Detrás del sombrero, la picardía y el doble sentido, hay un hombre tranquilo, casi tímido, que aprendió temprano que la fama es frágil y que el éxito no siempre es permanente. Tal vez por eso este regreso tiene gratitud.
El 24 de enero, en Lima, Machito volverá a decir su frase más famosa. Y no será solo una canción. Será una forma de volver a casa. Porque hay músicas que no pasan. Se quedan esperando, como él, a que alguien vuelva a ponerlas a gozar.
Además…
Machito Ponce se presentará este 24 de enero en la discoteca Paraíso de Ate Vitarte. Las entradas están disponibles en Teleticket.




