Cayó Nicolás Maduro y los venezolanos —en Venezuela— no hicieron fiesta.
El presidente fue capturado por Estados Unidos, y sin embargo en Venezuela no pasó mucho: la gente volvió a sus quehaceres, las calles permanecieron vacías, el júbilo brilló por su ausencia, aunque hubo largas filas en los comercios para conseguir productos básicos.
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MIRA: 5 países a los que Trump ha lanzado advertencias después de la detención de Maduro
En el extranjero, mientras tanto, miles de migrantes venezolanos se reunieron en plazas y bares a celebrar con banderas y trompetas la caída del mandatario al que responsabilizan de la crisis que los expulsó de su tierra.
El 2 de enero, el ejército estadounidense bombardeó —para muchos de manera ilegal— varios puntos del territorio venezolano y logró aprehender a Maduro tras enfrentamientos que dejaron decenas de muertos.
Al día siguiente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que trabajaría con la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, en busca de soluciones para Venezuela y para la poderosa pero decaída industria petrolera del país. Y desestimó a la oposición venezolana.
Rodríguez, hasta ahora una fiel escudera de Maduro, asumió la presidencia con el aval de las instituciones judiciales, políticas y, más importante, militares, aquellas que los venezolanos culpan por el deterioro de su calidad de vida, la precariedad de los servicios básicos y la pauperización del trabajo.
Pero Maduro, al menos, estaba esposado, derrotado. El presidente que se burló de los migrantes, que persiguió a la disidencia, que lideró la destrucción de una de las economías más pujantes de América Latina, al menos, había sufrido un castigo.
Y en las calles de Venezuela, allí donde por años la gente protestó hasta el hartazgo o hasta la detención policial en busca de un cambio, todo siguió su curso normal.
Pero ¿qué es normal en Venezuela? ¿Cómo se explica que una cultura tan propensa para la fiesta y la alegría no haya celebrado la caída del presidente que muchos quisieron derrocar?

La prudencia ante la represión
Mucho tiene que ver, según sociólogos y activistas venezolanos, con las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, que dieron a Maduro como vencedor a pesar de que la oposición —al mando de María Corina Machado— presentó al mundo la evidencia de que Edmundo González había ganado por un amplio margen.
Porque desde ese día el aparato represivo del gobierno mostró su versión más recia al detener a miles de personas que oficiaron como testigos y perseguir a cualquiera que manifestara descontento ya no solo en la calle, sino en su vida privada o en las redes sociales.
La gente decidió, como un acto de defensa propia, dejar de manifestarse; en público y en privado.
Katiuska Camargo es una experimentada y popular líder comunitaria de Petare, en Caracas. Alguien que habla con tres decenas de personas al día, en la calle. Y dice: “Desde ese día se consolidó el aparato represivo más cruel, más duro, más crudo, y eso te resume por qué no estamos afuera”.
Cuando la llamo, el lunes, Camargo va caminando por el emblemático barrio popular, y reporta que en las calles hay “hombres encapuchados con armas largas patrullando, revisando los estados de WhatsApp de la gente”.
Decenas de retenes militares han proliferado en Caracas. Los periodistas extranjeros no pueden entrar. El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa reportó que 14 periodistas fueron detenidos durante la mañana del lunes, aunque luego fueron liberados.
En Venezuela parece haber una certeza: la represión no se fue con la captura de Maduro. Arreció. Y venía arreciando.
Memoria histórica
Rafael Uzcátegui es un sociólogo venezolano activista de los derechos humanos. Hoy lidera Laboratorios de Paz, un centro de pensamiento. Pocas personas conocen tanto la mentalidad del venezolano actual.
“El autoritarismo logró imponer un miedo estructural —asegura—. La prudencia no es apatía: es aprendizaje social bajo represión. La gente ha generado un nivel importante de conciencia y maduración política en base a sus experiencias previas, en donde el cambio también parecía posible”.
En estos 25 años de chavismo ha habido varios momentos —cada uno es un mundo— que sugirieron transición: el intento de golpe a Chávez de 2002; el paro petrolero en 2003; el referendo que perdió Chávez en 2007; la enfermedad y la muerte misma de Chávez en 2013; las protestas contra Maduro en 2014 y 2017; las parlamentarias que ganó la oposición en 2015; el intento de destitución de Madura de la oposición en 2019 y las presidenciales en 2024.
Fueron todos escenarios que generaron esperanzas de cambio creíbles que luego fueron truncadas.
La captura de Maduro es, por supuesto, distinta: es la caída del líder, el que no era Chávez, el inexperto, el que tuvo que acudir a la represión y al aislamiento para sostenerse. Su captura es, la evidencia más contundente en 25 años de que puede haber una transición en Venezuela.
Y sin embargo, a juzgar por las detenciones del lunes, la presencia de patrullas en las calles y las declaraciones de Trump, Rodríguez y sus aliados, hay fundamentos para hablar de una “transición sin transición”, como lo denominó la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA), un centro de estudios.
Otra posible transición frustrada. Pero con una diferencia: esta vez el venezolano no parece desprevenido. Al contrario, ha aprendido a manejar sus expectativas y no caer en la euforia triunfalista del pasado. Y sin expectativa es probable que, también esta vez, no haya decepción, coinciden los expertos.
“Aunque se mantiene la esperanza, como un mecanismo de protección lo que impera es un hiperescepticismo racional”, dice Uzcátegui.
Y Mariana Vahlis, una antropóloga venezolana e investigadora doctoral de la Universidad de Salamanca, añade: “La cantidad de intentos de producir una apertura democrática generan una memoria histórica del fracaso. Esas agencias en busca del cambio fueron anuladas y por eso surge un manejo de las expectativas más prudente”.
Además de eso, dice, la crisis ha sido tan fuerte que se desarrolló una cultura de la supervivencia que intenta concentrar la atención en lo básico.
“El apego a la cotidianidad hace que la gente gaste su energía en conllevar las cosas elementales del día. La necesidad de la subsistencia prima sobre cualquier cosa”, señala.
En estos 25 años, Venezuela se convirtió en un país del rebusque, de la informalidad, de las distorsiones económicas, del clientelismo. Y los que se quedaron se adaptaron. Le “echaron pichón”, dicen.
Surgió un país, una economía, una sociedad, al margen de la política porque la política fracasaba.
Y ahora cayó Maduro y el venezolano no está en la calle, ni en la playa. No está de fiesta.




