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Mientras la guerra se adentra en su cuarta semana, Irán parece estar operando bajo una lógica diferente de la que anticipaban Estados Unidos e Israel: en lugar de retroceder frente a los ataques y sus pérdidas, Teherán ha adoptado una postura más dura y está preparada para escalar el conflicto. No es que haya un único factor detrás de esta decisión, sino una mezcla de cálculo estratégico, historia reciente y señales políticas que eliminan prácticamente la motivación para una negociación diplomática.
Mientras la guerra se adentra en su cuarta semana, Irán parece estar operando bajo una lógica diferente de la que anticipaban Estados Unidos e Israel: en lugar de retroceder frente a los ataques y sus pérdidas, Teherán ha adoptado una postura más dura y está preparada para escalar el conflicto. No es que haya un único factor detrás de esta decisión, sino una mezcla de cálculo estratégico, historia reciente y señales políticas que eliminan prácticamente la motivación para una negociación diplomática.
Una primera clave reside en la manera en que se iniciaron las hostilidades. Para la analista internacional Mayte Dongo Sueiro, los ataques en el marco de pasados procesos de diálogo han sido una constante en la percepción iraní sobre la diplomacia. “¿Qué país diría: estaba negociando y me atacaron dos veces y ahora me dicen que hay que negociar? ¿Qué te asegura que no te van a volver a atacar? Nada”, sostiene a El Comercio. En ese contexto, añade, la conclusión en Teherán es clara: negociar puede ser interpretado como debilidad.
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Un motociclista pasa junto a misiles simbólicos en Teherán, Irán, el 22 de marzo de 2026. (EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH).
/ ABEDIN TAHERKENAREH
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La lectura de la profesora de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) coincide con lo que funcionarios consultados por “The Washington Post” describen como una estrategia de resistencia deliberada. Irán quiere mostrar que puede infligir costes económicos globales más rápidamente de lo que Washington puede obtener resultados militares, según un diplomático iraní y dos europeos destinados en la región, que hablaron bajo condición de anonimato.
Ahora, la principal herramienta para esta presión es el estrecho de Ormuz, por donde circula alrededor de una quinta parte del petróleo mundial. Su cierre parcial ha conmocionado a los mercados energéticos y ahora es la carta más poderosa que tiene Teherán.
Precisamente, la noche del sábado, el presidente estadounidense Donald Trump dio a la República Islámica un plazo de 48 horas para reabrir esta vía marítima, advirtiendo con “arrasar” los centros eléctricos del país persa de no cumplir con su solicitud. En tanto, las fuerzas iraníes respondieron a Trump afirmando que atacarán plantas energéticas y de desalinización en la región.
“Irán busca hacer que esta agresión resulte sumamente costosa para los agresores”, dijo un diplomático iraní al Post. Otro funcionario europeo fue más directo con el diario estadounidense. “Mientras el régimen siga en el poder, pueden aterrorizar a los mercados. Para ellos eso es ganar”, sostuvo.
Evitar futuros ataques
Más allá de la coyuntura, el cálculo iraní se orienta a algo más profundo. Está claro que no solo quiere resistir a la ofensiva estadounidense-israelí, sino también a disuadir futuros ataques. Irán no está dispuesto a ceder porque quiere mostrar que tiene la capacidad de infligir daño, tanto militar como económico, y que cualquier agresión en su contra tendrá consecuencias mundiales.
La lógica es encarecer tanto el costo del conflicto que sus adversarios lo piensen dos veces antes de volver a atacar. Pero en realidad, el objetivo es evitar que se repita un escenario como el actual, que llega menos de un año después de la “guerra de los 12 días” contra Israel. En otras palabras, que el próximo ataque no ocurra en meses, sino en años.
Esta foto de la Armada de Estados Unidos muestra al destructor de misiles guiados clase Arleigh Burke, USS Thomas Hudner (DDG 116), disparando un misil de ataque terrestre Tomahawk. (CENTCOM / AFP).
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En esa línea, el recurso del factor energético es central. El bloqueo parcial del estrecho de Ormuz o los ataques a infraestructuras en la región perjudican directamente a la economía global. La semana pasada, tras un ataque israelí contra un yacimiento de gas, Irán respondió bombardeando instalaciones de países del Golfo aliados a Washington, elevando el riesgo regional.
Para Mayte Dongo Sueiro este comportamiento responde a una estrategia asimétrica. “Tienes a Estados Unidos gastando miles de millones diarios y a un Irán usando drones de bajo costo. No hay forma de comparación, pero justamente ahí está la presión”, explica a este Diario. Pero ese cálculo no es solo económico. También es político y militar: “Si yo negocio y me atacas, ¿de qué me sirve negociar? Entonces la estrategia pasa por demostrar que sí puedo defenderme”, añade.
Sin incentivos para negociar
A todo lo nombrado anteriormente se suma un factor estructural, la preparación del régimen teocrático iraní para resistir escenarios de guerras prolongadas como la que se está desarrollando ahora mismo. “Irán se ha preparado por décadas para esto. Han previsto que si matan a un alto mando, hay varios niveles de reemplazo. Lo hemos visto con el líder supremo, en donde habían hasta cinco candidatos para reemplazar a Ali Jamenei. Es un sistema diseñado para resistir”, afirma Dongo Sueiro.
Esa resiliencia se combina con una dinámica frecuentemente en contextos de guerra, la unidad interna frente a un enemigo externo. “Las guerras de agresión suelen generar mayor unidad interna. La población se agrupa frente al enemigo”, explica la docente de la PUCP. “Puede haber descontento, pero ante un ataque externo, las prioridades cambian”, agrega.
Bombardeo en Teherán hace unos días.
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Partiendo de esa lógica, rendirse no solo sería una derrota militar sino también política. Por otra parte, están distantes los términos para negociar. La República Islámica consideraría un alto el fuego únicamente si Estados Unidos e Israel detienen sus ataques primero y ofrecen garantías de no agresión, incluso con pagos económicos, según fuentes citadas por “The Washington Post”.
Pero, según Dongo, el problema es más profundo. “No hay incentivos claros para negociar del lado iraní. Ya lo intentaron y no funcionó”, manifiesta. A esto se suma la desconfianza acumulada tras años de procesos fallidos. “Irán ha visto que negociar no le ha dado resultados, entonces no hay razones para volver a ese camino en este momento”, añade.
El escenario, por ahora, apunta en otra dirección. “Seguimos en una senda de escalada”, advierte la internacionalista. En ese contexto, resistir —y demostrar capacidad de daño— no es solo una reacción, sino el núcleo de la estrategia iraní.




