En París, donde las tendencias nacen y la moda suele dictarse silenciosamente en escaparates y ‘maisons’, una joven franco-peruana atrae miradas con una moda singular: polleras andinas y accesorios latinos maximalistas. Desde hace ya algunos meses, la también fotógrafa y productora Claudia Rivera obliga a mirar, a gritar fuerte herencias que por años estuvieron estereotipadas y ocultas. Sobre todo allá, del otro lado del charco, en Europa.
En París, donde las tendencias nacen y la moda suele dictarse silenciosamente en escaparates y ‘maisons’, una joven franco-peruana atrae miradas con una moda singular: polleras andinas y accesorios latinos maximalistas. Desde hace ya algunos meses, la también fotógrafa y productora Claudia Rivera obliga a mirar, a gritar fuerte herencias que por años estuvieron estereotipadas y ocultas. Sobre todo allá, del otro lado del charco, en Europa.
Hija de migrantes peruanos que llegaron a Francia en los años noventa, Claudia creció entre dos geografías emocionales. En casa se hablaba español, se comía peruano y se contaban historias del Valle del Mantaro, de donde es su padre (nacido en la comunidad campesina de Usibamba), y de Llampao, un poco más al norte, la comunidad andina de la que proviene su madre. Afuera, en cambio, se respiraba otra cultura, otros sabores, otro idioma.
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Decir “soy peruana” en el colegio no siempre fue fácil para Rivera. “La gente no conocía Perú”, recuerda en diálogo con Somos. Sin embargo, con el tiempo, terminaría por entender que la palabra “latina” le ayudaría a encontrar comunidad en un país donde la diáspora latinoamericana es pequeña frente a otras minorías.
“Es muy importante para mí decir que tengo raíces andinas. No se trata de un detalle geográfico, sino de una postura”, afirma. Sus padres son andinos y esa cultura —apunta— es la que intenta resaltar en todo lo que hace.
Con los años, abrazar esa latinidad no solo la llevó a generar comunidad en Francia con otros migrantes e hijos de migrantes, sino también a chocar fuerte con estereotipos aún vigentes en pleno siglo XXI. La hipersexualización, las bromas reduccionistas y la simplificación constante de identidades complejas fueron algunos de ellos.
A Rivera la caracterizan las tenidas compuestas por piezas latinas, con combinaciones y accesorios maximalistas. Su maquillaje contrasta siempre apuntando a lo natural. En la foto, un look de Natura realizado con la línea UNA y Faces. (Foto: Diego Moreno)
/ Diego Moreno
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Lejos de encasillarse o sentirse diminuta ante estas problemáticas, Rivera plantó cara y se sintió en el deber de trabajar por cerrar brechas y revertir invisibilizaciones. En esa línea, se encargó también de ahondar aún más en la historia de las generaciones que la antecedieron, más allá de sus padres. Parte de esa convicción la llevó a Chupaca, cuna de sus abuelos paternos. Pronto sintió la necesidad de conocer más, proteger más memorias y llevar un poco de ello al otro lado del mundo.
Cuando viajaba al Perú, ese mundo era el reverso absoluto de su vida parisina. Entonces decidió hacer algo concreto: archivar, fotografiar, registrar conversaciones, rostros, gestos. Conservar lo que parecía frágil. Aunque profesionalmente se sumergió en las ciencias políticas y los estudios de género, Claudia encontró en la fotografía un arte que no soltaría nunca más. Una forma de atesorar su historia con el Perú, aún a kilómetros de distancia.
“Cuando mis abuelos fallecieron, ya tenía algo para recordarlos. En cada fotografía no estaba el instante capturado, sino lo acontecido, las memorias compartidas y las vivencias que me contaban”, dice a Somos.
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Años después, su pasión por la fotografía se transformaría en un proyecto. Durante su maestría en Ciencias Políticas y Estudios de Género, Claudia Rivera investigó la hipersexualización de las mujeres latinoamericanas en Francia, lo que la llevó a crear Ñañaykuna, un espacio fotográfico y comunitario donde empezó a retratar a mujeres latinas en París y, sobre todo, a reunirlas más allá del lente, creando una verdadera red de soporte y colectividad.
“Antes de ser un proyecto por el que me conocieran, fue algo que creé porque sentía que lo necesitaba”, explica. Las sesiones eran colectivas, casi catárticas. Mujeres que no se conocían descubrían que compartían experiencias similares: invisibilización, prejuicios, desconocimiento sobre sus países de origen. “Era como decir: ‘Ah, tú también pasaste por eso’ y sentirse sostenida”. Más que una serie de imágenes, Ñañaykuna fue un lugar de sanación e impulso al cambio.

«Es muy importante para mí decir que tengo raíces andinas. No se trata de un detalle geográfico, sino de una postura», precisa Rivera en diálogo con Somos. (Foto: Diego Moreno)
/ Diego Moreno
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En paralelo, su estética empezó a llamar la atención. Primero fueron las joyas que traía de cada viaje al Perú. Luego, los accesorios más audaces. Después, las polleras. No como traje típico ocasional, sino como parte de su cotidianidad en París. “Me di cuenta de la importancia que eso podía tener en términos de representación”, afirma. Lo que durante décadas fue motivo de burla o discriminación, hoy lo lleva con orgullo en uno de los centros simbólicos de la moda mundial.
Para Claudia Rivera, la moda no es superficial. “Es algo muy político porque es así como te muestras al mundo. Cuestiona actitudes que nos atan a vergüenzas sin sentido, a estereotipos que no debemos cargar”. Así, vestirse es también disputar narrativas perpetuadas por años, ampliando el imaginario sobre lo que significa ser andina (y latina) en el siglo XXI. //




