domingo, septiembre 13

En el abigarrado mosaico histórico de la poesía peruana, la llamada generación del 75 parece ocupar un espacio de bisagra o de interregno entre dos camadas más vistosas: la de los jóvenes horazerianos de principios del 70 y la del estallido marginal de Kloaka en los 80.

En el abigarrado mosaico histórico de la poesía peruana, la llamada generación del 75 parece ocupar un espacio de bisagra o de interregno entre dos camadas más vistosas: la de los jóvenes horazerianos de principios del 70 y la del estallido marginal de Kloaka en los 80.

Con el tiempo, hemos comprendido que esa circunstancia fue una cuestión más de publicidad que de calidad: en aquellos años de plomo de Morales Bermúdez aparecieron nombres sustantivos como Mario Montalbetti (quien acaba de ganar el Premio José Donoso), Carlos López Degregori (que con su libro “Variaciones Victoria” se confirmó como un autor de primera línea) y Roger Santiváñez, editor de “A la altura del corazón”, antología que pretende compendiar lo más representativo de un contingente de poetas que, medio siglo después de su surgimiento, merece al menos una revisión.

Santiváñez, en el prólogo confesional que acompaña su selección, hace un repaso del contexto en que sus compañeros generacionales comenzaron a reunirse, a publicar revistas con sus textos, a organizar recitales y a fundar colectivos –entre los que destaca La Sagrada Familia– y a lanzar sus primeros libros, de suerte dispar. Hubo también voces como las del prometedor Luis Alberto Castillo, dignísimo heredero de Verástegui, que decidió callar demasiado pronto y entregó solo algunas rácanas muestras de su talento, o la de José Morales Saravia, neobarroco con décadas de adelanto que ha forjado una obra congruente y vasta que no tiene paragón en nuestro canon. Y poetas como Enrique Sánchez Hernani, quien concilió pop y revolución en libros como “Violencia del sol”, o Carlos Orellana, que mereció más atención de la que tuvo: su “La ciudad va a estallar” resulta uno de los títulos capitales de esta etapa.

No puede soslayarse el rescate de la ajustada poesía de Isaac Rupay, quien falleció a los 24 años de un mal congénito; antes había sido miembro de Hora Zero y fundado “Eros”, revista de culto. Sus poemas muestran a un poeta en agraz, todavía deudor de sus lecturas y con una ingenuidad que puede llegar a una delineada calidez: “Tiempo en que mi soledad me hace despertar / y tomarla de la mano”. Su libro “Viaje a contraseña”, 50 años después de su muerte, sigue inédito.

Es claro que estamos ante una generación en gran medida truncada, salvo las puntuales excepciones. A los casos de Rupay o Castillo se une el de un poeta interesante como Óscar Aragón, quien después de publicar tardíamente “Los olvidos” en 1986 no ha vuelto a asomar cabeza. Su mirada trágica sobre lo cotidiano y el deseo sublimado en la contemplación son las armas que mejor sabe maniobrar. Luego podemos encontrar algunas curiosidades llamativas; es el caso de Inés Cook y su entrañable plaqueta “Ciudad ausente” y algunas inclusiones inexplicables como la de José Espinoza Sánchez, autor de dudosos poemarios eróticos. “A la altura del corazón” es una antología generosa que cumple con su cometido explícito de mostrarnos un panorama bastante completo de la poesía de una época que, no sin magulladuras, ha resistido los duros mandatos del tiempo.

“A la altura del corazón”

Autor: Roger Santiváñez (editor)

Editorial: Fondo de Cultura Peruana

Año: 2026

Páginas: 326

Relación con el autor: amistad

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