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Desde hace más de una década, Pinta Lima se ha instalado como uno de los pocos espacios donde el arte contemporáneo en el Perú logra articularse más allá de su propia escena. Durante cuatro días, la ciudad deja de mirarse a sí misma para convertirse en un punto de encuentro: galerías extranjeras, curadores internacionales y artistas locales coinciden en un mismo circuito que mezcla mercado, visibilidad y circulación de ideas.
Desde hace más de una década, Pinta Lima se ha instalado como uno de los pocos espacios donde el arte contemporáneo en el Perú logra articularse más allá de su propia escena. Durante cuatro días, la ciudad deja de mirarse a sí misma para convertirse en un punto de encuentro: galerías extranjeras, curadores internacionales y artistas locales coinciden en un mismo circuito que mezcla mercado, visibilidad y circulación de ideas.
La décima tercera edición reúne a más de 40 galerías provenientes de más de 15 ciudades, con una participación mayoritariamente internacional. En ese cruce, la escena local —representada por espacios como BLOC Art Perú, Crisis, ENLACE, Galería Forum, Héctor La Rosa, LA GALERÍA, La Mancha Galería, Livia Benavides, Marissi Campos Galería, Martín Yépez Galería, mueve (galería) y Vesper Tzu— no aparece como un bloque aislado, sino como parte de una red más amplia donde dialoga en condiciones de mayor exposición. “Lo que buscamos es que Pinta sea un sello de calidad, que lo que encuentres aquí tenga valor hoy y lo mantenga en el tiempo”, explica Diego Costa Peuser, fundador y director global de Pinta Group.

Marina García Burgos
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Esa lógica se refuerza en las secciones curadas. NEXT, enfocada en galerías emergentes, apunta a artistas en proceso de consolidación bajo la curaduría de Juan Canela. RADAR, por su parte, propone una lectura específica desde la investigación de Ilaria Conti, vinculada a prácticas contemporáneas que dialogan con lo textil.
En esa expansión también aparece el gesto de memoria. Este año, la feria rendirá homenaje a Runcie Tanaka, figura clave de la cerámica contemporánea en el país. “Queremos darle visibilidad desde Lima, reconocer su trayectoria y poner en valor una obra que muchas veces ha sido más celebrada afuera que localmente”, señala Costa.
Paula Otegui
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Si algo sostiene a Pinta Lima en el tiempo no es solo su capacidad de convocar galerías, sino su insistencia en formar públicos. En un medio donde el coleccionismo sigue siendo reducido, la feria opta por estrategias que apuntan menos al gran comprador y más al visitante potencial. Las visitas guiadas funcionan como un primer acceso: entender una obra, escuchar su contexto, reducir la distancia inicial.
“No hace falta ser un experto para acercarse al arte. Lo importante es la sensibilidad. Después todo lo demás viene solo”, dice Costa. En ese desplazamiento, la compra deja de ser el punto de partida y pasa a ser una consecuencia posible: primero el vínculo, luego la decisión.
Gaudencia Yupari Quispe
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Ese mismo enfoque atraviesa los programas institucionales. El fondo de adquisición que articula a la feria con el Museo de Arte de Lima permitirá que algunas obras ingresen a su colección, reforzando un circuito donde mercado y patrimonio no operan como esferas separadas.
En paralelo, el foro convoca a curadores como Tania Pardo, Patrick Charpenel y Alexia Tala, quienes llegan no solo a intervenir, sino también a observar la escena local. En los últimos años, la feria ha insistido en líneas como el arte textil y las prácticas vinculadas a comunidades. El caso de Sara Flores —hoy presente en la Bienal de Venecia— evidencia cómo ciertas trayectorias han pasado de los márgenes a ocupar un lugar dentro del circuito contemporáneo.
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Ninguna edición de Pinta es igual a la anterior. No solo cambian las galerías o los artistas; también se mueve el contexto. En esa variación constante, la feria encontró su estabilidad: un espacio que crece mientras se reajusta y que convierte a Lima en algo más que su propia escena.
Sobre el evento
Pinta Lima
Del 23 al 26 de abril. Las entradas se encuentran a la venta en Joinnus.




