Keiko Fujimori volverá a habitar Palacio de Gobierno luego de 26 años. Ha pasado mucha agua debajo del puente que transita desde la veinteañera rebelde hasta la curtida lideresa de Fuerza Popular. Tres derrotas en segunda vuelta por la mínima diferencia, 16 meses en Chorrillos, el cierre del Congreso de los 73 fujimoristas. Pero también, un matrimonio, dos hijas, las muertes de Susana y de Alberto, la distancia de Kenji, la solidaridad de Sachi, el silencio de Hiro. Volver con la banda presidencial, con la mitad del país en su contra, con la deuda de revindicar su apellido, y el DNI con el estado civil de divorciada.
Para la inmensa tarea de gobernar, su primer pilar de apoyo son Miguel Torres y Luis Galarreta. Conforman un trípode coetáneo galvanizado en la confianza y en la lealtad, en la eficiencia para deshacer embrollos, en la seguridad de acompañar en las buenas y en las malas. Más que fujimoristas, son keikistas. Llegaron más o menos al mismo tiempo al proyecto de Keiko. Torres fue dejando de a pocos la comodidad del estudio de abogados de la familia; Galarreta, la incomodidad del conservadurismo tradicional del PPC y Unidad Nacional. Miki se hizo conocido como el mejor proxy de la Constitución de 1993 que diseñó su padre; Lucho, con el slogan “A mí nadie me rompe la mano”. Para el 2016, en la coyuntura de mayor faccionalismo interno (entre albertistas y Avengers), ya habían tomado partido. Este será el petit comité de la toma de decisiones del próximo lustro.
Entre los tres, seguramente, evalúan a los postulantes a fajines ministeriales, cargos de confianza, asesorías especializadas. La plancha presidencial rápidamente ha evolucionado a proto-PCM. De boca de la propia presidenta electa, se sabe que el primer Gabinete será “de amplia convocatoria”. De los senadores y diputados, se conoce, que se ha dispuesto que ninguno ocuparía responsabilidades sectoriales en el Ejecutivo (al menos por ahora). Quienes se han reunido con la presidenta y sus “vices” cobijan la esperanza de que se unirán al Ejecutivo. Luego de sumas y restas, podemos especular la conformación de un Gabinete con tres o cuatro fujimoristas y una pluralidad de “independientes experimentados” que van del centro a la derecha. Difícilmente entra en la fórmula un izquierdista o progre, pues la amplitud tiene un límite para mantener cierta coherencia en las sesiones de Consejos de Ministros. No se descarta, eso sí, algunas cuotas regionales (quizás algún cuadro del telúrico sur).
Bajo esta dinámica, la presidencia del Consejo de Ministros cae por su propio peso. Con Torres en la cabeza del reinaugurado Senado de la República, Galarreta es el favorito. La prueba definitiva será si existe química con quien se designe para el MEF, cartera que se ha devaluado en los últimos años y que requiere un nombramiento de fuste. Pero, así como el nuevo gobierno despierta el ánimo empresarial, subsiste el malestar social. Por lo tanto, el manejo de la caja fiscal tiene que sintonizar con el instinto keikista: seguir alineados con la economía del mercado, y, a la vez, saldar la “deuda social”. Interpretemos sus primeros gestos: la presidenta no ha salido corriendo a tomarse foto con los gremios empresariales sino con los clubes de madres. El keikonomics no predica el fundamentalismo antiestatista de Milei en Argentina ni de los herederos de los Chicago Boys en Chile. Por tradición y subsistencia políticas, el fujimorismo tiene la necesidad de reconectarse con el mundo popular urbano. Además, por acumulación de cuatro campañas electorales, existe una gran presión del aparato partidario por acceder a puestos estatales. Para poner en sencillo el desafío del nuevo gobierno: ¿cómo llevar adelante una gestión que entusiasme a la inversión (los éxitos de Alan 2) y satisfaga a los comedores populares y al partido (el fracaso de Alan 1)? Es en este punto donde el optimismo se choca con la realidad.
Fuerza Popular va a tener que gobernar solo. Su éxito dependerá más de la capacidad de atraer independientes que conecten con el liberalismo popular, que, de llegar a acuerdos con la oposición, donde no hay aliados potenciales. Renovación Popular seguirá atrapado en el espiral personalista de López Aliaga que más que marcar el camino, muestra los desvíos. Buen Gobierno es un artefacto de la volatilidad electoral y del azar, y el sobrevalorado Jorge Nieto no pasa de ser un opinólogo de programa político de cable. Obras es un cajón de sastre donde uno se puede pinchar por buscar un alfiler; Ahora Nación será la oposición más ideológica y, por eso, la más recalcitrante. Finalmente, Roberto Sánchez seguirá convocando a conferencias de prensa, cada vez con menos sillas (de ambos lados de la mesa de los micrófonos), pero el castillismo lo sobrevivirá, aguardando coyunturas electorales y de movilización para reactivarse.
Y Fuerza Popular no es precisamente una naranja mecánica. Gran parte de sus cuadros provienen de despachos parlamentarios (trampolines a la fama política). Tienen el mérito de haber recorrido los vericuetos de la normatividad; pero el pendiente del conocimiento y la responsabilidad de la administración pública. En el fujimorismo de Keiko no abundan los tecnócratas como en PPK y corre el riesgo de parecerse más a un partido de abogados limeños como el PPC. Quieren jugar el mundial, pero el torneo local les da chances apenas para el repechaje. Tendrán los mismos desafíos que dejan en offside a la tan mentada nueva derecha. No se sabe si Rodrigo Paz en Bolivia logrará terminar su mandato. Ya se sabe que Kast en Chile no resultó tan docto para gobernar. Noboa está ensimismado en su frivolidad, y Abelardo en Colombia sufrirá de amateurismo radical. En este mal de muchos, Keiko Fujimori, aun así, hasta podría aspirar a un liderazgo regional en las tierras que bañan el Pacífico.
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