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Patrick Murayari Wesember es fotógrafo, artista visual, activista por los derechos humanos y ambientales y uno de los 12 fundadores del colectivo Tsuni, que en octubre de 2025 presentó una demanda contra el Estado peruano para exigir que se instale una Comisión de la Verdad que investigue y reconozca los crímenes contra los pueblos indígenas durante la llamada época del caucho.
Descendiente del pueblo kukama kukamiria, de la Amazonía peruana, Murayari Wesember habla de cómo se fue gestando la decisión de reclamar al Estado peruano y a quienes niegan los crímenes que cometieron empresarios que llegaron a la Amazonía para dedicarse a la extracción del caucho para que reconozcan la verdad sobre el proceso que acabó con la vida de miles de habitantes indígenas entre fines del siglo XIX e inicios del XX. Fue entonces cuando los llamados barones del caucho impusieron un régimen de esclavitud a los pueblos indígenas y un sistema de violencia amparado por la indiferencia de los gobernantes.
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Durante la denominada época del caucho los barones del caucho impusieron un régimen de esclavitud y violencia contra los pueblos indígenas. Foto. Archivo Tierra Nueva Editores
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En esta conversación con Mongabay Latam, Murayari Wesember también habla de su propia herencia familiar y su relación con un alemán, Wesember, que llegó a la selva peruana en busca de fortuna, pero terminó dejando solo violencia. Por eso, habla de la violencia heredada y de las heridas que deben sanarse, pero también de las violencias presentes en nuestros días.
—¿Cómo nace el colectivo Tsuni?.
—Tsuni es una palabra en kukama que significa escuchar, porque necesitamos escuchar, en el sentido de que se creen espacios donde haya un diálogo entre los abuelos, pero también un diálogo intergeneracional entre los abuelos y los jóvenes para escuchar lo que ha pasado en nuestra historia, como descendientes de los sobrevivientes de la época del caucho. Y una extensión también de este espacio de diálogo hacia las autoridades, hasta el gobierno peruano, para que nos escuchen, para que podamos tejer puentes desde los pueblos indígenas hasta el Estado, lo que siempre ha sido una articulación compleja.
Aunque como colectivo formal nacimos hace dos años, antes había un grupo de jóvenes del que yo era parte, que hacía actividades de visibilización sobre la memoria de la época del caucho. Entonces, hubo un proceso de más de 10 años que comenzó con Radio Ucamara. Ellos empezaron recogiendo testimonios de los sobrevivientes de la época, centrados inicialmente en los testimonios de los abuelos del pueblo kukama, como un ejercicio de memoria.
—¿El colectivo Tsuni nace específicamente para pedir que se forme una Comisión de la Verdad sobre la violencia de la época del caucho?
—Sí, específicamente para la época del caucho. Después de la experiencia legal de las compañeras del colectivo Huaynakana Kamatahuara Kana, las compañeras kukamas que ganaron la demanda ante el Estado para que el río Marañón tenga derechos, decidimos emprender también un camino legal. Por eso, creamos un colectivo inicialmente formado por 12 jóvenes de entre 22 y 32 años, que ya venían realizando actividades desde sus espacios. La mayoría era kukama y también había de los pueblos maijuna, awajun y murui.
El colectivo Tsuni presentó una demanda contra el Estado peruano para exigir que se instale una Comisión de la Verdad que investigue y reconozca los crímenes contra los pueblos indígenas durante la llamada época del caucho. Foto: cortesía Colectivo Tsuni
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—¿Qué se solicita específicamente en esta demanda?
—La demanda se presentó el 13 de octubre en el juzgado de Nauta, en Loreto. Lo que exigimos como demanda principal es que se cree una Comisión de la Verdad para que se investiguen los crímenes y las muertes que sucedieron en la época del caucho. Como los hechos ocurrieron hace mucho tiempo, lo que exigimos es que se diga la verdad, que se cuente la verdad; porque a diferencia de la Comisión de la Verdad del conflicto armado interno, que buscaban a los desaparecidos, nosotros no buscamos los desaparecidos, somos los hijos y los nietos de los sobrevivientes de ese genocidio. Los cuerpos ya no están, han pasado más de 100 años, pero lo que sí exigimos es que, a partir de esta Comisión de la Verdad, se pueda tener un antecedente de que el silencio estuvo siempre presente; que podamos tener un perdón simbólico del Estado; que se pueda crear un camino más justos para nosotros, los pueblos indígenas; que se esclarezcan los hechos que sucedieron en esa época y podamos contar la historia tal como fue, que se diga que sucedió un genocidio.
—Algo que se ha negado muchas veces…
—Sabemos perfectamente que los caucheros, los empresarios de esa época tuvieron mucho poder, muchos de ellos fueron gobernadores, senadores y siempre se ha ocultado esa parte de la historia. Lo que siempre estuvo presente, como el discurso colonial principal, fue el de la bonanza económica, pero no se habló de la muerte, que Iquitos se construyó a través de la muerte de los pueblos indígenas.
—¿Qué piensan de ese discurso de bonanza económica y de que Iquitos, como capital de la región, se construyera sobre esos cimientos?
—Justo cuando presentamos la demanda, un grupo político local de Iquitos, abiertamente conservador, que está en contra de las exigencias de los pueblos indígenas del departamento de Loreto, promovieron espacios para defender el discurso oficial del Estado.
Por eso, hicimos una intervención pública en la Alameda del Caucho, con la intención de informar a la gente de que no fue así, que también está la otra historia, que no solo fue bonanza, sino también fue la muerte de muchos familiares nuestros, de muchas personas que pertenecían a pueblos originarios.
Patrick Murayari Wesember es descendiente del pueblo kukama kukamiria. Foto: cortesía Colectivo Tsuni
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—Para usted, personalmente, ¿qué significa la época del caucho?
—La decisión de participar de este espacio fue un proceso difícil, quería entender por qué el racismo está tan normalizado, en general, hacia las comunidades originarias. Y claro, como siempre estaba en situaciones de discriminación, quería entender de dónde venían estos síntomas, estas normalizaciones, estos traumas, y esos espacios me ayudaron a comprender muchas cosas.
Inicialmente yo rechazaba mi identidad indígena porque donde vivía recibí insultos. Lo más lógico era, si quieres sobrevivir a un espacio violento, tienes que desprenderte de tu identidad y eso es triste. Entonces, después de volver a identificarme como indígena, como kukama, empecé a investigar sobre la cultura de mis abuelos, de mis padres. Así me fui enterando cómo fue esa parte de mi historia como descendiente de ese genocidio. Fue un descubrimiento no solamente sobre mi vínculo con esa época, sino también entender un poquito de dónde viene esa violencia en la familia.
Mi bisabuela era del pueblo kukama y, en esa época, había mucha migración. Estoy hablando de inicios del siglo XX, entre 1905 y 1910. Es ahí donde inicia parte de mi historia familiar, porque el pueblo de mi bisabuela estaba siendo explotado, controlado por estos barones del caucho. En esa época también hubo mucha migración extranjera hacia la Amazonía para hacer dinero fácil, entonces uno de esos empresarios caucheros, que fue mi bisabuelo, un alemán, violó a mi bisabuela y ella tuvo un hijo. En Iquitos hay como tres o cuatro familias que tienen mi apellido, Wesember, pero no tienen ningún vínculo familiar, y todos vienen de esa época. Lo único que heredamos fue su apellido, porque luego, cuando terminó la bonanza del caucho, él se fue a su país. Así como la mía, hay muchas historias de violencia en esa época.
—¿Qué significó conocer esa historia?
—Ese trauma de la violencia la hemos heredado, silenciosamente, en nuestras familias. Nadie antes se atrevió a investigar o a entender por qué se sigue repitiendo esa práctica de violencia dentro de la familia. En parte porque no tenían las herramientas o la información para hacerlo, entonces se iba repitiendo esa práctica de violencia hasta que mis hermanas y yo decidimos ya no seguir ese camino, sino cortar esa parte de la historia familiar. Mi historia viene de ahí, viene de una violación en la época del caucho. Por eso, lo que quiero es que se diga la verdad, que se violaron a las mujeres, que mataron a nuestros abuelos, que se diga que hubo un genocidio para cerrar heridas, para que ese trauma no se siga repitiendo. Si entendemos que nuestros traumas vienen de esa violencia, podremos sanar algunas heridas históricas como descendientes de esa época.
Quienes se dedicaban a la extracción del caucho implantaron un sistema de esclavitud, violencia y condiciones infrahumanas para los pueblos indígenas. Foto: Archivo Servindi
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—Se siguió repitiendo a partir de dos patrones. Uno es que la violencia no terminó con la época del caucho porque luego vino el tema de la madera. Los empresarios madereros tomaron esa práctica de control y de violencia hacia las comunidades, haciéndolos trabajar con pagas inhumanas, con jornadas laborales extensas, engañando a las mujeres de las comunidades. Luego vino el petróleo, también con este control hacia las comunidades indígenas. Y ahora está la minería, en muchos otros lugares está el narcotráfico, entonces, esa violencia no solo emocional, herencial, sino también física, que aún mantiene esa dinámica de explotación. Es muy difícil sanar, porque en un contexto de violencia lo último que piensas es sanar esas heridas, porque lo que quieres es sobrevivir ante un sistema opresor.
—Hablamos de la violencia de la época del caucho, luego de la madera, ahora de las economías ilegales como el narcotráfico y la minería. ¿Cómo afecta la violencia actual en ustedes los jóvenes?
—Muchas de nuestras familias tuvieron que huir de su lugar de origen, migraron a la ciudad, como ocurrió con mi familia, con mi abuelo, con mi papá. Nos quitaron nuestro territorio y los compañeros que aún siguen en su territorio están más expuestos a estas violencias. Dentro del colectivo hay muchos compañeros que también son dirigentes en sus comunidades y que están viviendo esas violencias ahora.
—Como cuenta, muchas familias han dejado sus tierras por la violencia ¿cómo esa situación cambia sus vidas?
—Ha cambiado en el sentido físico porque ya no vivimos en nuestro territorio, porque desde la época del caucho hemos sido perseguidos y muchas de nuestras familias huyeron de sus comunidades. Olvidamos nuestras costumbres, la identidad se está perdiendo, nuestra cultura está desapareciendo. Tratamos de trabajar para sobrevivir en un sistema complicado para las personas que venimos de comunidades indígenas, porque nos enfrentamos a una desigualdad social.
—Cada uno empezó a investigar personalmente su historia familiar, su vínculo con la época del caucho, pero en este espacio colectivo hemos visto muchos más testimonios. Radio Ucamara tiene más de 60 testimonios de algunos sobrevivientes y de los hijos de los sobrevivientes, de los abuelos que ya murieron, que empezaron a morir en los años 90 y 2000, porque nosotros ya somos los nietos. Son testimonios superfuertes, desgarradores. Ellos lloran al hablar de esa época. Lo que hicimos como colectivos fue escuchar estos testimonios.




