Mientras los adultos mayores peruanos se mantienen estables en su capacidad para enfrentar los desafíos de la vida diaria, los jóvenes muestran un deterioro marcado. Un estudio global que analizó a poblaciones conectadas a internet en 84 países revela una brecha generacional que también incluye a Perú: cuatro de cada diez jóvenes presentan dificultades mentales de relevancia clínica que afectan su funcionamiento cotidiano.
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Una brecha generacional que no perdona
La fotografía global del informe tiene un patrón que, según el documento, no presenta excepciones por país: los adultos mayores se mantienen estables, mientras los jóvenes arrastran un deterioro sostenido desde antes de la pandemia.
En el promedio mundial, el indicador principal del estudio —el Mind Health Quotient (MHQ)— se ubica en 66 puntos. Sin embargo, la diferencia por edad es el dato que sacude: Entre 18 y 34 años, el MHQ promedio global cae a 36 y el 41% reporta dificultades de “significancia clínica” clasificados como Distressed/Struggling. (Lucha o angustia).
En cambio, en individuos de 55 años a más, el MHQ promedio se mantiene alrededor de 101 y solo 10% cae en esa zona de dificultad clínica.
En buena cuenta, para el informe, el problema no es solo “estar triste” o “estresado”. Es que, en promedio, una porción enorme de jóvenes está funcionando con el freno de mano puesto. Dicho de otro modo, es una una generación que sobrevive más de lo que prospera
El reporte identifica cuatro factores que, combinados, predicen buena parte del deterioro en jóvenes: lazos familiares debilitados, espiritualidad disminuida, acceso temprano a smartphones y consumo creciente de ultraprocesados.
¿Dónde se ubica Perú?

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En el caso peruano, la brecha generacional es evidente. Según el informe, nuestro país ocupa el puesto 46 entre 84 naciones en el grupo de 18 a 34 años, mientras que en el segmento de 55 años a más se ubica en el puesto 13.
La diferencia no es menor: mientras los adultos mayores peruanos se encuentran relativamente bien posicionados a nivel global en términos de capacidad funcional —es decir, en su habilidad para concentrarse, regular emociones y afrontar desafíos cotidianos— los jóvenes aparecen en una zona media-baja del ránking internacional.
Más allá del puesto en el que se ubica Perú en la comparativa mundial (el propio informe advierte que diferencias pequeñas pueden caer dentro del margen de error), el contraste sugiere que el deterioro no responde a una condición estructural histórica del país, sino a factores que afectan con mayor intensidad a las generaciones más recientes. Al mismo tiempo, los resultados revelan qué variables podrían pesar más en el caso peruano y qué “ventajas culturales” podrían estar sosteniendo ciertas áreas.
El reporte encuentra que los vínculos familiares son más fuertes en América Latina: 8 de los 15 países con mejores resultados en este indicador pertenecen a ese grupo regional.
En la medición global, 61% de los jóvenes (18–34) declara estar “cerca” de algunos o muchos familiares, frente a 75% en los mayores de 55 años.

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Perú figura específicamente dentro de la tabla de países para “lazos familiares” en 18–34 y 55+, por encima de la media general. Ese no es un detalle menor, el informe sostiene que las malas relaciones familiares se asocian con casi cuatro veces más probabilidad de ubicarse en rangos críticos de salud mental funcional.
En el contexto peruano, donde la familia suele operar como red de soporte (económica, emocional y práctica), este hallazgo abre una línea potente: si esa red se debilita en jóvenes urbanos, ¿qué tanto se acelera el deterioro? Y, al revés, si se fortalece, cuánto podría amortiguar problemas de ansiedad, irritabilidad o desmotivación que suelen colarse en el día a día.
Al respecto Leila Matallán, psicóloga clínica, sostiene que familia es sin duda una palanca para los jóvenes. “Se cree que por la juventud los chicos no escuchan a los adultos, puede ser esa una lectura válida, pero lo concreto es que en los momentos clave, la presencia familiar significa un respaldo. No obstante, en la soledad la angustia de un joven ante cualquier estado crítico es muy complicado superar”.
Los otros factores clave
El informe pone sobre la mesa no solo la importancia de los lazos familiares debilitados, como catalizadores que afectan la salud mental funcional. La espiritualidad disminuida, acceso temprano a smartphones y consumo creciente de ultraprocesados, lo son también.

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En el caso de la espiritualidad, señala Silvia Golombek, no necesariamente se refiere a una participación activa en una congregación. “Puede ser afiliación a una fe religiosa, puede ser cualquier otra expresión que enriquezca el espíritu, como estar en comunidad, en comunidad de amigos, ir a un festival de música. Pasar tiempo en la naturaleza. Es todo lo que nos haga sentir que estamos superándonos, que nos haga sentir parte de algo superior, ya sea una figura divina o cualquier poder superior”, indica.
La espiritualidad se mide como un índice. “Con valores mayores a 7 se considera que la persona es espiritual. Menores a 4, que no lo son. En Perú hay una diferencia entre generaciones. Si bien está por debajo de 7, mantiene valores medios de espiritualidad. En promedio, los encuestados mayores de 55 años indican un índice de espiritualidad de 6.6. Y para los jóvenes, un poquito menor de 5.6. O sea, están en el medio”, señala.
Uno de los factores que el informe identifica con mayor claridad es el uso temprano de teléfonos inteligentes. La investigación señala que cuanto más baja es la edad de acceso al primer smartphone, mayores son los riesgos de dificultades en la adultez joven, incluyendo ideación suicida, agresividad, problemas de sueño y una sensación de desconexión de la realidad.
Los autores sostienen que el impacto es especialmente agudo cuando la exposición ocurre antes de los 13 años, etapa clave para el desarrollo de habilidades sociales y regulación emocional. En el caso peruano, donde el acceso a dispositivos móviles se ha masificado rápidamente en la última década, la pregunta no es solo cuántas horas pasan los adolescentes conectados, sino a qué edad comienzan y bajo qué tipo de supervisión.
“El uso de pantallas constituye un desafío emergente para la salud pública y la salud mental infantil. La evidencia científica es contundente: la sobreexposición digital afecta el bienestar emocional, académico y físico de niños y adolescentes”, aseguró el doctor Alfredo Saavedra, del Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi, en una reciente columna de opinión.
Golombeck detalla que el estudio elaborado por Sapien Labs, “no establece una correlación, pero sí una asociación que nos permite extender pistas sobre las causas que afectan la capacidad de una persona para navegar los desafíos de la vida y funcionar productivamente”, indica.
El último elemento es menos visible, pero igualmente relevante: el consumo de alimentos ultraprocesados. El informe vincula este patrón alimentario con mayores niveles de depresión y con menor control emocional y cognitivo.
A nivel global, los jóvenes consumen significativamente más ultraprocesados que los adultos mayores, y en varios países occidentales estos productos superan el 60% de las calorías diarias. Aunque el estudio no establece causalidad directa, sí señala una asociación consistente que podría explicar parte del deterioro funcional en generaciones más jóvenes. En un contexto urbano como el peruano —donde la comida rápida y los productos industrializados son cada vez más accesibles— el factor nutricional se suma a la ecuación de la salud mental juvenil.
“Más de la mitad de los jóvenes peruanos consumen productos con muchos aditivos químicos de forma regular. Cuantos más aditivos, más tóxicos son. El estudio revela que hay una asociación en cuestiones de depresión y agresividad hacia otros”, indica Golombeck.
¿Más gasto en salud mental garantiza mejora?
El informe sostiene que los resultados en salud mental funcional no se correlacionan con el gasto en atención de salud mental ni con la cantidad de psiquiatras/terapeutas per cápita. “La solución no sería solo abrir más consultorios, sino intervenir sobre hábitos, entorno y vínculos”, dice
No obstante, un informe de El Comercio señaló que el Estado peruano invierte 20 soles al año en cada peruano en la prevención y control de la salud mental. El presupuesto institucional modificado para el 2024 fue de 704′546.337 soles para alrededor de 34 millones de peruanos.
Aunque la Organización Mundial de la Salud recomienda que exista paridad entre los servicios de salud física y mental, aún son pocos los países que le dedican un importante porcentaje de su presupuesto a la salud mental. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud, Estados Unidos y Canadá destinan una media de 193,50 dólares per cápita en programas de salud mental y atención médica. Los países del Caribe no latino asignan un promedio de 24 dólares. En Sudamérica, el monto ronda los 1,50 dólares y los 7 dólares por ciudadano.
Los 20 soles al año, promedio de la inversión per cápita, contrastan con los costosos gastos que demanda un tratamiento en salud mental. Según el psiquiatra Carlos Eduardo Palacios Valdivieso, director general adjunto del hospital Víctor Larco Herrera, entre citas, terapias y medicación, el gasto promedio puede llegar a superar los 1.100 soles mensuales.
En entrevista con El Comercio, Juli Caballero, jefa de la Dirección de Salud Mental del Ministerio de Salud (Minsa), manifiesta que hace 10 años el presupuesto era de apenas 1,5% del total del sector salud y estaba concentrado en Lima, lo cual ensanchaba aún más las brechas.
Sin embargo, esto no es suficiente para cubrir la creciente demanda de servicios de salud mental que requiere el país. El Minsa estima que al menos 6,6 millones de personas sufre de algún problema de salud mental. Es decir, uno de cada cinco peruanos requiere atención. Lo más preocupante es que el 80% no recibe tratamiento.
Respecto del presupuesto propiamente, Juli Caballero destaca que, para brindar una mejor atención, en principio, es necesario duplicar la partida. “Llegar a un 6% sería muy bueno y nos permitiría ampliar la cobertura del servicio. Un 10% sería ideal”, cuenta.
“En el 2015, por ejemplo, el presupuesto de salud mental con el que se contaba representaba el 1,5% aproximadamente. Ahora estamos en 2,6%, lo cual representa un avance. Además, la mayor parte de este dinero estaba centralizado en Lima. Ahora, la proporción ha ido variando y las regiones cuentan con más dinero”, apunta.
Esa mayor dotación de presupuesto se ha visto reflejada en más acceso de la población a servicios de salud mental: un mayor número de usuarios atendidos, de atenciones propiamente, un incremento en la cantidad de centro de salud, entre otros.
Para países como Perú, donde el debate suele centrarse en ampliar servicios clínicos, el estudio plantea un desafío más amplio: la crisis podría estar gestándose fuera del consultorio, en la edad de acceso a la tecnología, en la calidad de los vínculos familiares y en los hábitos cotidianos que moldean el desarrollo emocional. La pregunta ya no es solo cuánto se invierte, sino en qué se interviene y desde qué etapa de la vida.












