domingo, marzo 8

La vida, a la larga, es una sucesión de pérdidas. Desaparecen paraísos añorados, personas amadas, épocas felices. No sabemos encontrarnos ni qué hacer de nosotros en la nueva vida que tenemos que seguir cuando ha muerto alguien cercano. Pero hay una fórmula en la que insistimos contra la muerte y la pérdida.

La vida, a la larga, es una sucesión de pérdidas. Desaparecen paraísos añorados, personas amadas, épocas felices. No sabemos encontrarnos ni qué hacer de nosotros en la nueva vida que tenemos que seguir cuando ha muerto alguien cercano. Pero hay una fórmula en la que insistimos contra la muerte y la pérdida.

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En la película “Hamnet”, William Shakespeare y Agnes Hathaway pierden a su hijo. En las secuencias finales, a través del teatro, lo recuperan. Agnes ve a su hijo en escena. Es el que hubiera podido ser, el que es. Entonces hace lo que quiso hacer con Hamnet a punto de morir. Le extiende la mano. Le dice aquí estoy. Te he perdido pero el teatro te ha traído a mí. Has desaparecido de mi vida real pero voy a hacer lo posible porque mi vida imaginaria te reemplace. Pronto todos en el público entienden lo que está ocurriendo. No se trata del poder sanador del arte. Se trata de su capacidad por reinstaurar la vida. La película, y la novela de Maggie O’Farrell, cuenta la historia de la muerte y resurrección de Hamnet. Pero en realidad se dirigen a un asunto esencial, que nos concierne a todos. Cómo podemos, a través de la imaginación, recuperar para siempre lo perdido.

En otra película, “Un valor sentimental”, un padre llamado Gustav abandona a su esposa Sissel y a sus hijas Nora y Agnes. Gustav deja su casa en Oslo. Va al extranjero, a realizar una carrera como director. Un tiempo después, cuando su esposa ya se ha suicidado en la casa que compartieron, regresa a ver a sus hijas. Tiene un guion para una película. Es la historia de la familia que ha perdido. Le pide a su hija Nora que sea la protagonista. Ella se niega. Otra actriz, la norteamericana Rachel Kemp, asume el papel. Pero no habla noruego. No conoce las costumbres y los giros del idioma. No ha sentido las voces de la casa donde ocurre la historia. Cuando Rachel renuncia a seguir en la película, la otra hija de Gustav, Agnes, lee el guion. Es la historia de la vida de ellas. En un maravilloso diálogo, Agnes le cuenta a Nora que recuerda el modo como ella la cuidaba y la peinaba cuando eran niñas. La convence de ser la protagonista de la historia. El guion que ha escrito su padre las recupera, las preserva, las hace vivir de nuevo. El arte ha puesto un orden en el caos de la vida. En esa película vuelven a estar todos juntos. Al final de la historia, Nora se queda mirando a su padre. Es un final feliz.

El arte como un modo de recuperar lo perdido puede encontrar otros ejemplos. Uno de los más famosos es sin duda el libro “Paula”, de Isabel Alllende. Aquejada de una enfermedad llamada porfiria, Paula está en la cama de un hospital en Madrid. A su lado, su madre, Isabel Allende, le escribe una carta. Ese mundo de palabras, empezando por el relato de sus abuelos, es el de ellas. Allí está todo aquello de donde vienen. Es lo que las une. Paula muere pero en ese libro vive para siempre. Es lo que ocurre con Hamnet y Sissel y todos los demás. Al igual que la religión, el arte cree en la inmortalidad. Es la que sentimos cuando estamos cerca de sus formas. Allí está para reinventar a las personas amadas para siempre.

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