Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Los principales candidatos a la picadura más desagradable van desde las hormigas bala hasta las avispas guerreras y diminutas medusas. Para descubrir cuál es la más doloroso, algunos expertos aventureros han pasado su vida dejándose picar.
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Schmidt murió en 2023 debido a complicaciones del Parkinson. Quien parece estar destinado a sucederlo es Coyote Peterson, una personalidad de YouTube que se ha sometido a las picaduras de especies que Schmidt nunca llegó a clasificar.
Lo que a Peterson le falta en formación científica formal, lo compensa con su disposición a sacrificar su antebrazo izquierdo por la educación y el entretenimiento de los millones de personas que lo ven retorcerse, sudar y gritar en su canal, Brave Wilderness.
Peterson usó el índice de dolor de Schmidt como hoja de ruta, con el objetivo de “crear la versión cinematográfica” del libro de Schmidt de 2016, Sting of the Wild, según dice.
“Honremos la escala del 1 al 4, pero averigüemos qué otros número cuatro hay por ahí”.
Tras viajar por el mundo para experimentar las picaduras de 30 especies, Peterson propone dos más para el estatus de nivel 4: el avispón gigante japonés, popularizado en 2020 como el “avispón asesino”, y la avispa verdugo (executioner wasp).
“El avispón gigante japonés fue, sin duda, el peor en el impacto, como recibir un golpe en la cara de Mike Tyson”, dice Peterson. “Me quedé en blanco. Fue instantáneo y explosivo”. Nativo de Asia, este avispón tuvo una breve pero llamativa presencia en el noroeste del Pacífico de Estados Unidos entre 2019 y 2024.
La avispa verdugo (Polistes carnifex), sin embargo, es para Peterson la ganadora absoluta. “El dolor duró quizá unas 12 horas”, dice, pero fueron los efectos posteriores del veneno los que se quedaron con Peterson… literalmente.
“Había algunas propiedades necróticas que dejaron un agujero como una marca de viruela, como un hoyo en mi antebrazo. Esa es la única picadura que literalmente devoró tejido, y todavía tengo una cicatriz… como una quemadura de cigarrillo”.
Los científicos aún no han determinado la composición del veneno de la avispa verdugo, pero algunos de sus parientes utilizan enzimas que dañan los tejidos al activar la respuesta inmunitaria.
Pero los insectos no tienen el monopolio del arte de picar.
Las medusas poseen diminutas células en forma de arpón llamadas nematocistos, que inyectan cargas de veneno realmente castigadoras.
Un roce con la medusa Irukandji -pequeñas medusas cuyo cuerpo gelatinoso puede ser tan pequeño como un dedal, pero cuyos tentáculos pueden alcanzar un metro de largo- puede desencadenar un síndrome que suena a tortura medieval.
La picadura en sí es un no-evento. La mayoría de la gente ni siquiera la nota, explica Lisa-ann Gershwin, investigadora de medusas que clasificó y nombró 14 de las 16 especies de Irukandji durante su doctorado sobre estas crípticas medusas en la Universidad James Cook, en Queensland, Australia.
De hecho, esta aparición tardía de los síntomas hizo que los médicos pasaran décadas sin poder identificar qué estaba causando tanto sufrimiento a los bañistas veraniegos.
El misterio solo se resolvió cuando un médico local llamado Jack Barnes pasó cuatro años buscando al culpable y, finalmente, cerró el caso en 1961 al picarse deliberadamente a sí mismo, a su hijo de diez años y a un socorrista.

Las picaduras de la diminuta medusa Irukandji pueden dejar a las desafortunadas víctimas con un dolor agonizante que puede durar décadas.
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Gershwin ha entrevistado a más de 50 personas diagnosticadas con el síndrome de Irukandji y ha leído al menos un centenar de informes históricos de casos.
Aunque pocas picaduras derivan en este síndrome tan insoportable -y la experiencia puede variar enormemente, señala Gershwin-, un caso típico se desarrolla más o menos así:
Tras unos 20 minutos, el primer síntoma es una sensación de agotamiento o malestar general, seguida rápidamente por una sensación similar a un martillo neumático golpeando los riñones, que puede durar hasta 12 horas. Luego, las víctimas soportan un desfile de síntomas, como sudoración profusa que empapa las sábanas varias veces por hora y vómitos incesantes cada pocos minutos durante hasta 24 horas.
Y todo eso es “solo el calentamiento” antes del síndrome de Irukandji completo, dice Gershwin.
Explica que la persona sufrirá entonces “oleada tras oleada tras oleada de verdadera agonía”, con calambres y espasmos por todo el cuerpo que cada vez “redefinen el dolor” a medida que siguen intensificándose.
Pero las medusas Irukandji también abren otra dimensión del dolor: la existencial. Su sello distintivo es una abrumadora sensación de fatalidad, descrita como la convicción absoluta de que la muerte es inminente. Esto es independiente de la gravedad del resto de los síntomas, subraya Gershwin.
“Los pacientes han llegado a suplicar a sus médicos que los maten porque están tan seguros de que van a morir, que solo quieren acabar con todo”, afirma.
Gershwin dice que aún no tenemos una comprensión completa del contenido del veneno ni de cómo provoca el síndrome de Irukandji, pero sí contamos con algunas pistas.
El veneno de las medusas contiene toxinas llamadas porinas, que perforan las membranas celulares, lo que provoca la muerte de las células y un caos bioquímico cuando gran cantidad de moléculas -usadas para activar distintas funciones del organismo- se liberan de golpe y sin control.
Los investigadores que estudian el síndrome de Irukandji sospechan que el veneno de estas medusas también podría afectar los canales de sodio en las neuronas, lo que hace que adrenalina, noradrenalina y dopamina inunden el sistema; un proceso que probablemente contribuye tanto a los síntomas psicológicos como a los relacionados con el corazón.
Contrario a esa intensa sensación de fatalidad, la mayoría de las personas se recupera por completo. El tratamiento consiste principalmente en analgésicos de alta potencia, como la morfina, para ayudar a sobrellevar las oleadas de dolor.

El pez piedra suele permanecer camuflado entre rocas y grietas, lo que facilita que los bañistas desprevenidos lo pisen.
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Hay varios candidatos más en la categoría de criaturas marinas que pican, empezando por la cubomedusa australiana, considerada la medusa más letal del mundo.
Sus tentáculos, que pueden alcanzar hasta 3 metros de largo, dejan largas franjas en sus víctimas. “Te quedan marcas de látigo por toda la piel, como si te hubiera atacado un cat-o’-nine-tails (suerte de látigo usado para torturar en el Medioevo)”, dice Gershwin. “Se siente como aceite hirviendo”.
El gusano de fuego, un gusano marino erizado que parece un ciempiés, se defiende usando pelos urticantes: diminutas espinas que se desprenden y quedan incrustadas en la piel de cualquiera lo bastante imprudente como para tocarlo (algunos buzos lo llaman el “gusano de fibra de vidrio”).
Los científicos creen que tanto la estructura de las espinas como el veneno que transportan contribuyen al dolor insoportable y ardiente, que según se informa puede durar horas.
El pez piedra se hace pasar por una roca en aguas poco profundas, arrecifes de coral y pozas intermareales. Bañistas desprevenidos a veces pisan sus afiladas espinas dorsales, que inyectan una potente carga de veneno de tono azul glaciar.
Un dolor ardiente que puede durar hasta 48 horas viene acompañado de una hinchazón dramática. Según la Universidad de Florida, el entumecimiento y el hormigueo pueden persistir durante semanas.
Para poder coronar a un rey definitivo del aguijón en tierra, aire y mar, algún alma temeraria tendría que ofrecerse a cruzar categorías -experimentar tanto la peor picadura de insecto como la peor de una criatura marina-, y Peterson dice que ese no será él.
Afirma que las medusas son simplemente demasiado peligrosas y conllevan un riesgo real de muerte, añadiendo que algunas especies son “horriblemente poco recomendables de enfrentar”.
Gershwin y Peterson coinciden en que sería imprudente buscar deliberadamente una picadura de una medusa Irukandji, ya que algunas especies pueden provocar reacciones potencialmente letales, como hemorragias cerebrales y fallos cardíacos.
Entonces, ¿cómo sabremos alguna vez cuál es la peor?
Quizá la única manera de averiguarlo sería invitar a un sobreviviente del síndrome de Irukandji a una gira mundial del dolor para experimentar las picaduras de nivel 4 de Schmidt.
Suena como un posible documental de BBC Earth.
Este artículo apareció en BBC Future. Puedes leer la versión original en inglés aquí.















