
De niña, la etiquetaron de muchas formas. Le dijeron a su madre que tenía retraso mental, y en primaria sus profesores intentaron cuatro veces que repitiera de año. “Pensaba que estaba defectuosa, que tenía algo malo”, recuerda Yiddá Eslava. Pero el problema no era ella, sino un sistema que no comprendía su manera de aprender. Con un coeficiente intelectual alto, pero sin encajar en la metodología convencional, encontró su propio ritmo cuando llegó a secundaria. Pasó de tener las notas más bajas a ocupar los primeros puestos y forjar su independencia.
“Sin embargo, el verdadero cambió llegó cuando confirmó que es autista. “Fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida”, confiesa. Lejos de ser un obstáculo, ese conocimiento le dio respuestas, alivio y dirección. En la escritura encontró el orden que necesitaba, y en el arte, la manera de expresar lo que sentía y pensaba. Entenderse a sí misma fue el primer paso para abrazar su autenticidad.
Un camino de autodescubrimiento
Cuando Yiddá recibió su diagnóstico, ocho meses después que su hijo, Tomás, todo tomó sentido.
“Soy nivel uno y mi hijo es nivel dos, pero eso no significa que él sea menos autista que yo. El autismo es parte de nuestra identidad. La clasificación se basa en el nivel de apoyo que cada persona necesita para desarrollar ciertas habilidades, especialmente en la niñez”, refiere la artista tras destacar que las terapias son fundamentales para desarrollar herramientas que faciliten la vida de los neurodivergentes en un mundo que aún no comprende la neurodiversidad.
“Especialmente en los niños, recibir apoyo temprano puede marcar la diferencia, dándoles mayores oportunidades para una adolescencia y adultez más llevaderas. La falta de información y empatía en la sociedad ha hecho que muchos autistas enfrentemos desafíos innecesarios. Las terapias no buscan convertir a un autista en neurotípico, sino potenciar nuestras habilidades y permitirnos vivir con mayor autonomía y bienestar”, enfatiza.
Lenguaje común
El arte se convirtió en su forma de comunicar lo que sentía. En el amor, sin embargo, no fue fácil para Yiddá. “Me decían que era insoportable, inflexible, demasiado recta. Pero cuando supe que era autista, entendí que no era pesada, simplemente tenía otra manera de ser”. Ahora, por primera vez, comparte su vida con alguien que la entiende. Su pareja, el fotógrafo Ángel Fernández, con TDAH (Trastorno por déficit de atención e hiperactividad), aunque diferente en muchos aspectos, habla su mismo idioma.
Censo inclusivo
Conocer su diagnóstico le cambió la vida, pero ahora Yiddá Eslava quiere cambiar la de muchos más. En el marco del Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, busca que el censo en Perú reconozca a la comunidad neurodiversa con dos preguntas claves: ¿Hay personas neurodiversas en tu hogar? y ¿Qué condición tienen?
“Hago un llamado a Gaspar Morán Flores, jefe del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) tome en cuenta mi sentir, que no solo es mío, sino el de muchas madres con las que converso a diario y que ven con preocupación el desinterés por este tema”, señala.
“Con esta información, se podría diferenciar entre condiciones como el Trastorno del Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) y, si es posible, incluir también el síndrome de Down. Otros países ya cuentan con estos datos y eso les permite implementar mejores políticas públicas. Aquí, sin cifras reales, es casi imposible exigir derechos o mejoras en terapias”, remarca.
Una historia que inspira
Más allá de su activismo, Yiddá sigue creando. En octubre estrena su nueva película, “La habitación negra”, un thriller psicológico con un fuerte mensaje social sobre los peligros invisibles de las redes. Un rodaje que casi le costó la vista tras un accidente en plena grabación, pero que, como todo en su vida, convirtió en una oportunidad para contar una historia real.
Eslava también se prepara para dar vida al show “Mamá con huevos”, el próximo 8 de mayo en el Teatro Canout. Las entradas están a la venta en Teleticket.