La alternancia en el poder es una de las cualidades más saludables de la democracia. La certeza de que cada cinco años podremos acudir a las urnas y revisar nuestras preferencias es una garantía de orden y de capacidad de enmienda: si las cosas están yendo bien, es la oportunidad para apostar por la continuidad; si las cosas están yendo mal, es una válvula de escape que nos permite ajustar el curso.
Sin embargo, si bien esta lógica es esencial cuando se trata de administrar el ejercicio del poder y a quienes lo ostentan, no debería llevarnos –ni a nosotros ni a las personas que elegimos– a asumir que cada proceso electoral es apenas una apuesta por los próximos cinco años. De hecho, la mejor forma de votar (y de gobernar) depende de pensar mucho más allá, de evaluar las decisiones que tomamos con visión de largo plazo: de proyectarnos no al 2031, sino al 2046 o –¿por qué no?– al 2066.
Ningún proyecto verdaderamente ambicioso puede, en la práctica, llegar a buen puerto en cinco años, menos aún una visión país.
Tomemos el caso de Camisea. El yacimiento fue descubierto por Shell a mediados de los ochenta. Tras varios intentos fallidos, el Estado relanzó el proyecto en 1999 y los contratos se firmaron en el 2000. No fue sino hasta el 2004 que el gas empezó a operar y abastecer al país –casi dos décadas después del descubrimiento–. Tomó tiempo, tomó esfuerzo, pero el resultado está a la vista: millones de hogares con una fuente de energía barata y miles de millones de soles en regalías e impuestos para el país, con impacto directo e indirecto en el PBI.
Camisea no es una excepción. Finlandia en educación, el Reino Unido en salud o Singapur en seguridad muestran que los cambios profundos suelen tomar décadas. Los países que avanzan aceptan que los frutos más importantes no caben en un periodo presidencial y los avances más relevantes son el resultado de políticas públicas pensadas y sostenidas por décadas.
El valor de apuntar al largo plazo se hace incluso más tangible cuando pensamos en los individuos y en las familias. Nadie decide asumir una hipoteca o ahorrar para una vivienda como parte de un proyecto de solo cinco años. Lo hace como parte de una visión de vida. Lo mismo ocurre con quienes emprenden y proyectan dónde quieren ver su negocio. El esfuerzo de comprar una máquina, contratar a un colaborador o ampliar una operación no responde a una lógica de corto plazo, sino que es parte de una estructura de medidas que se toman en pro de una empresa que la mayoría aspira a que los trascienda y sustente a sus familias en el futuro.
En educación, salud o seguridad, los problemas que arrastramos no son el resultado de una mala gestión puntual, sino de décadas de intermitencia, de prioridades que cambian con cada elección y de políticas que nunca llegan a madurar. Esperar que se resuelvan en un solo periodo presidencial es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, una forma de postergar indefinidamente las soluciones.
Pensar en el largo plazo no significa renunciar a la urgencia, sino asumir que el verdadero progreso exige continuidad, acuerdos mínimos y la voluntad de sostener políticas incluso cuando los resultados no se ven de inmediato. Si aspiramos a un país distinto, tenemos que empezar por algo elemental: dejar de votar –y de gobernar– como si el Perú se acabara en cinco años.
Este domingo tenemos la oportunidad de votar por candidatos que tengan una visión, planes y equipo, para iniciar el camino hacia ese país que queremos ser. Y para eso es muy importante votar informados y mirando hacia adelante.




