A Pedro Castillo le pasa lo que pasó a Alberto Fujimori. Políticamente, más vale preso que libre. Su indulto no es la prioridad de quienes postulan con su caudal electoral. Recuerden que Keiko repetía que no usaría su influencia política para liberar a su padre.
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En resumen preliminar, Pedro la tiene difícil ante el gobierno que se va: el presidente es tan contradictorio y desacatado por sus subalternos que ya ven lo que pasó con la compra de los F16.
“Hay cola para hablar con Castillo; pero no es una fila india en la puerta de Barbadillo; pues ello provocaría un escándalo. Es una cola dispersa en el vecindario, con visitantes en las cercanías a la espera de que se le abra un hueco al ocupado presidente reo”
El primer ministro Luis Arroyo y el ministro de Justicia, Luis Enrique Jiménez Borra (en cuya cancha está la comisión de gracias presidenciales que evalúa los pedidos), están claramente contra el indulto. Por lo demás, varios actores políticos e institucionales podrían entorpecer -en caso Balcázar firme un papel a solas- la ejecución del ‘cúmplase’. La esperanza de Pedro está en que gane Sánchez y cumpla la promesa que le ha hecho varias veces en privado y declarado en público, como el 10 de mayo en Huancayo: “Si el pueblo nos da la confianza, Pedro Castillo saldrá en libertad”.
Preso popular
Castillo hace recordar a Alberto Fujimori en otro punto: se mete en la campaña desde la cárcel. Es visitado constantemente por sus propios voceros que no temen contradecir a los de Sánchez (ver mi próxima crónica “Las muchas voces de Roberto”).
El penal de Barbadillo es una puerta giratoria por la que entra un familiar y sale un abogado, mientras Pedro conversa con Iber Maraví o con un maestro candidato. Hay cola para hablar con Castillo; pero no es una fila india en la puerta de Barbadillo; pues ello provocaría un escándalo. Es una cola dispersa en el vecindario, con visitantes en las cercanías a la espera de que se le abra un hueco al ocupado presidente reo.
Los intermediarios son cruciales. Un político que estuvo a punto de cerrar un trato electoral con Castillo (fue atrasado por Sánchez) me contó que Pedro no solo era prisionero del Estado sino de su gente. Ellos lo traducen, lo interpretan y lo postean en redes a su manera. Mi interlocutor, salvo las pocas ocasiones en que logró una visita directa, nunca sintió que los mensajes que recibió a través de intermediarios como Iber Maraví (su exministro de Trabajo) o Jorge Spelucín (ex perulibrista cajamarquino), fuesen la voluntad explícita de Castillo.
Pedro no tiene mucho tiempo para aburrirse. La última vez que lo vimos en una audiencia televisada, se le vio sonreír de oreja a oreja saludando a alguien en la sala. Su semblante era muy distinto al que lucía en sus primeras apariciones, devastado y ansioso, quejándose de la justicia y de dolores en la espalda. Estas sonrisas deben estar asociadas a la ilusión política de salir libre. Porque de esperanza legal, hay poca.

Pedro Castillo fue condenado a más de 11 años de prisión por conspiración. Aquí en una de las audiencia de su juicio oral cuando saluda y hace un gesto a Betssy Chávez, también sentenciada por ese caso, pero asilada en la Embajada de México en Lima. Foto: GEC / Alessandro Currarino
/ ALESSANDRO CURRARINO
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La sentencia condenatoria a 11 años de prisión efectiva por el delito de conspiración para la rebelión fue apelada y se espera una pronta sentencia en segunda instancia. Que sea absuelto o puesto en libertad es menos probable a que sea condenado con la misma o menor pena. Si es la misma, le quedan 7 años por cumplir.
Le queda a Castillo afrontar los procesos por la megacorrupción en el MTC y en el Ministerio de Vivienda. Del primero recordemos que su ex chofer de campaña y ex ministro Juan Silva sigue prófugo y del otro caso recordemos las contundentes revelaciones del colaborador eficaz Salatiel Marrufo que gatillaron la proclama golpista del 7 de diciembre del 2022. Tercera y última comparación con Fujimori: al igual que a Alberto, a Pedro se le ha comenzado a juzgar por delitos asociados a la política, dejando la equívoca percepción popular -clave para sus narrativas exculpatorias- de que nunca se les juzgó o condenó por corrupción. Su ilusión es que Roberto también lo libre de eso.












