El pasado 11 de setiembre, cuando se cumplieron 53 años del derrocamiento del presidente chileno Salvador Allende, la plataforma MUBI estrenó la trilogía denominada “La batalla de Chile” (1975), poderoso e influyente documental dirigido por Patricio Guzmán. Apenas cuatro días después, se anunciaba el fallecimiento del cineasta en París, donde vivió exiliado hasta sus últimos días. Tenía 85 años.
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En todas sus partes –“La insurrección de la burguesía”, “El golpe de Estado” y “El poder popular”–, la trilogía resalta por la coherencia de sus cortes y la brillantez de sus montajes, que se complementan con la narración en off del español Abilio Fernández. Su elección no fue casual. Se trata de una voz extranjera que no redunda en lo observado, sino que acompaña, ofrece contexto, agrega observaciones puntuales, a la manera de un cronista discreto y oportuno. Cuando algunas de las secuencias hablan por sí solas, su silencio es paradójicamente elocuente.
Pero es sobre todo la cámara de Jorge Müller la que deja una huella difícil de olvidar. Su registro es movedizo, intrépido, y a la vez poseedor de un sentido de la dignidad conmovedor. El problema es que, en tiempos de aplastamiento y violencia, ese arrojo tiene un costo altísimo: en 1974, Müller se convirtió en uno de los 1.200 detenidos desaparecidos por la dictadura. Nunca llegó a ver la película a la que dedicó horas y por la que entregó la vida. Pese a la desgracia de su pérdida, su invaluable retrato de la época lo inmortaliza.
Resistir ante el tiempo
El proyecto de Guzmán se vio obstaculizado desde el inicio. Y en ese sentido, un personaje clave para que la trilogía pueda concretarse fue el francés Chris Marker, director de clásicos de culto como “La jetée” y “Sans Soleil”. Fue él mismo quien donó 13.000 metros de película en blanco y negro de 16 mm y 134 cintas magnéticas que hicieron posible el rodaje. La posproducción fue otra odisea: con la dictadura ya instaurada, el material fílmico tuvo que ser sacado a escondidas gracias a la contribución del embajador sueco Harald Edelstam, que lo envió por barco a Estocolmo. Luego de ello fue trasladado a Cuba, donde Guzmán ya se encontraba exiliado y pudo comenzar el proceso de montaje. Las tres películas se terminaron recién en 1975, recorrieron varios festivales del mundo, y no serían estrenadas en Chile sino hasta 1997, con la democracia de vuelta.
Pocos documentales latinoamericanos han conseguido atrapar con tal intensidad, crudeza y honestidad los ajetreos de una guerra civil, el desmoronamiento de un sistema democrático y las intrigas y mecanismos de un grupo sedicioso. Y aunque funciona como una gran película épica, muy bien cohesionada, también podemos abstraer momentos singulares que son en sí mismos apabullantes: la primera y siniestra aparición de Augusto Pinochet, el comandante silencioso que eventualmente se convertiría en el ícono de más de 15 años de terror; el instante en que un camarógrafo filma su propia muerte, alcanzado por las balas de los golpistas; o el paneo a los rostros de los militares que confabulaban con el intervencionismo estadounidense, mientras la marcha fúnebre de Chopin suena como ruido ambiental en una escena tétrica y perturbadora.
La trilogía termina con el plano abierto de una salitrera en el desierto de Atacama, el lugar adonde también irían a parar tantos cuerpos de detenidos por la tiranía pinochetista (y sobre ello conviene ver otro documental excepcional de Guzmán, “Nostalgia de la luz”, merecedor de un artículo aparte). La toma fija de ese horizonte inmenso, árido, mudo, simboliza la tragedia que recién comenzaba a instalarse en el país. “La batalla de Chile” es una obra monumental, pero cargada de tristeza, impotencia, desesperanza. Es, sin embargo, su función como artefacto de memoria lo que la mantiene viva y la vuelve un visionado indispensable en Chile, en el Perú o en cualquier país de la región. Pasó el tiempo, pero no hemos cambiado tanto.

