El alférez Alfredo Salazar era hijo del doctor Ricardo Salazar, descendiente de quienes contribuyeron con el país desde la medicina y las letras. Alfredo estudió en el colegio británico de San Andrés, y como joven aviador de 28 años, tenía ante sí una carrera prometedora.
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El alférez Alfredo Salazar llegó a ser nombrado “instructor de táctica de bombardeo” apenas egresado de Las Palmas. Pero la fatalidad lo eligió aquel 14 de setiembre de 1937, inmortalizándolo en la memoria nacional.

Esa tarde sobre Miraflores el cielo aún no parecía la primavera que vendría una semana después. El martes 14 de setiembre de 1937 estuvo plagado de nubes que apenas ocultaban la formación impecable de los aviones militares.
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Una intrépida escuadrilla de catorce aviones —ocho Caproni y seis Potez— dibujaba senderos aéreos con un bullicio de motores que estremecían esa zona sur de Lima. En uno de esos aparatos, el alférez Alfredo Salazar Southwell comandaba un vuelo de instrucción, acompañado por el oficial Carlos Alfaro, joven mecánico de a bordo.
ALFÉREZ SALAZAR: EL INCENDIO Y LA DECISIÓN
Los miraflorinos no sabían que esa jornada cambiaría para siempre el curso de sus recuerdos colectivos. De pronto, una nube de humo y fuego brotaron de la aeronave de Salazar, rompiendo la escuadra perfecta y sembrando pánico en el cielo de Miraflores.

En una situación de emergencia como esa, la salida inmediata era el uso del paracaídas, pero Alfredo Salazar, enfrentado a la catástrofe y la responsabilidad de las vidas ajenas, pensó primero en los demás. El experto piloto ordenó a Carlos Alfaro lanzarse con su paracaídas al vacío, salvando su vida entre árboles centenarios y huacas en los campos del Country Club.
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Mientras el mecánico descendía entre las ramas y miradas asustadas, Salazar veía sellado su destino; el alférez buscó con desesperación un terreno despoblado, alejando su avión de las casas donde la vida fluía sin sospechar la amenaza del cielo.
El avión de la FAP, impulsado por la voluntad de Alfredo Salazar y con un toque de suerte, voló hacia la Hacienda Santa Cruz, giró en un último esfuerzo y se precipitó finalmente sobre un corral humilde.

Alfredo Salazar había afrontado la tragedia en soledad, su heroísmo se forjó en segundos en los que nadie más supo de su lucha interna. El testimonio del sobreviviente Alfaro reveló la grandeza del piloto: Salazar restableció la máquina, facilitando el escape de su acompañante, mientras él mismo guiaba el avión.
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El piloto héroe no abandonó ni el fuselaje ni sus principios, se mantuvo aferrado hasta el final a un trozo de aluminio fundido, que fue el símbolo de su último combate.
EL HÉROE SALAZAR: EXPLOSIÓN Y RESCATE
La secuencia trágica sucedió cuando el reloj de los testigos marcaba las 3 y 10 de la tarde. La explosión de los tanques de gasolina tiñó de cenizas el aire; acudieron al punto de la caída bomberos, policías y jefes de la aviación.

El cuerpo de Salazar, carbonizado aunque aferrado a los mandos, fue recuperado por quienes atestiguaron su acto heroico. El ministro de Marina y Aviación, junto a oficiales del Cuerpo Aeronáutico. Los testigos lamentaron el vacío que dejaba un piloto tan capaz, joven y ejemplo de una generación brillante que apenas estrenaba alas.
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Por las calles de Lima, la noticia corrió de inmediato: un avión había caído en terreno cercano a la avenida del Ejército. La ciudad se estremeció con el testimonio de los vecinos cercanos que narraron el terror de ver la columna de humo, la explosión y los gritos que rompieron el aire de Miraflores y el barrio de Santa Cruz.
Miraflores aprendió esa tarde que el heroísmo no era exclusivo de la guerra sino también del instante en que la vida de un hombre se entregaba desinteresadamente por los demás. El sacrificio de Salazar evitó una catástrofe de grandes dimensiones y elevó la identidad del distrito, entonces apacible y residencial, a la estatura de leyenda nacional.

EL EJEMPLO DEL ALFÉREZ Y EL PARQUE QUE LLEVA SU NOMBRE
Dieciséis años después, el 14 de setiembre de 1953 se inauguró el monumento a la memoria del alférez Alfredo Salazar Southwell en Miraflores. Esa vez, el parque Salazar se convirtió en un escenario de recogimiento nacional, en el que cadetes y estudiantes se congregaron, acompañados por autoridades civiles y militares, en una silenciosa comunión de gratitud cívica ante el mártir de la aviación peruana.
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Tras los discursos de orden del alcalde de Miraflores Iván H. Blume (1952-1955) y de las autoridades militares, el clímax de la ceremonia llegó cuando, al descorrer el velo, la efigie dedicada a Salazar emergió ante los ojos de los presentes; esta pieza única fue inspiración del escultor húngaro-peruano Lajos D’Ebneth, quien talló la cabeza estilizada de un cóndor de tres metros, símbolo fabulado del heroico aviador.
Se depositaron veinticinco ofrendas florales y se guardó un minuto de silencio, seguido por la entonación del Himno Nacional y el Himno de la Aviación Peruana por los cadetes. El homenaje se selló en el aire: una escuadrilla de aviones sobrevoló el nuevo parque Salazar arrojando flores sobre el monumento, como si las propias alas peruanas le rindieran tributo a quien supo enaltecerlas en vida y muerte.

Entonces, habló el oficial Carlos Fajardo, copiloto de aquella funesta jornada, para ilustrar de nuevo cómo Salazar enfrentó el incendio en su avión, le ordenó saltar para salvarse; y cómo el propio alférez dirigió la aeronave fuera de la zona urbana.
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La ceremonia del monumento no sólo reconstruyó la figura de Alfredo Salazar Southwell como un legado de piedra, sino como un ejemplo vivo de civismo, honor y solidaridad. El parque Salazar sobrevivió a la expansión urbana y comercial, y se volvió un escenario de cultura y memoria.
LAS GENERACIONES Y EL HÉROE ALFÉREZ SALAZAR
Desfiles de escolares y ceremonias militares, cada 14 de setiembre, reviven los hechos y perpetúan la figura del alférez Salazar, entre arreglos florales y música marcial. Su acto de valentía se cobijó en la historia de Lima, convirtiéndose en un ejemplo para las generaciones siguientes de aviadores.

La historia de Salazar Southwell es conocida entre los antiguos vecinos miraflorinos, y cada aniversario vuelve a sonar la banda de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), mientras el relato del suboficial Alfaro resiste al tiempo.
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Han transcurrido 88 años de la tragedia, pero el nombre del “caballerito estudioso y reilón” nunca se olvida. Su figura detenida en la juventud se mantiene intacta, porque Alfredo Salazar eligió, en un instante, la gloria eterna.














