El papa pidió este viernes acogida para los migrantes respetando su historia, pero también que ellos se abran con confianza a la comunidad que les recibe, aprendan su lengua, respeten sus leyes, conozcan sus costumbres y participen en la vida común.
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“Toda sociedad que acoge tiene deberes hacia quienes llegan; y quien es acogido descubre también que la dignidad reconocida como derecho florece cuando se convierte en responsabilidad y deseo sincero de construir junto a los demás”, afirmó.
En este acto, el papa escuchó nuevos testimonios y resaltó que los migrantes “buscan también algo más: una posibilidad concreta de recomenzar, de aprender, de trabajar, de servir, de participar, de no quedar encerrados para siempre en la condición de víctimas”.
Pidió no olvidar “a tantos migrantes que, provenientes de Latinoamérica, de Filipinas y de otras latitudes, forman ya parte viva de la comunidad y, con su fe, su trabajo y sus dones, ayudan a renovarla”.
“Déjense también evangelizar por ellos, pues seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a ustedes a través de quienes se integran”, pidió el papa, y agregó: “El extranjero de ayer puede ser el hermano y vecino de hoy”.
Y a los católicos, el papa quiso pedirles algo más: “Que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea. Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección”.
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“Una conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda, ante esos cementerios del mar”, dijo el papa.
Asimismo, quiso resaltar que “existe también un naufragio silencioso después de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad”.
“Integrar es impedir ese segundo naufragio. Es ayudar a que quien llegó lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, sino que pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad”.
Desde la plaza del Cristo de la Laguna, también lanzó una condena directa “a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio”.
“¡Deténganse. Conviértanse!”, les exhortó el papa, quien ha advirtió: “Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina”.













