En una democracia tan endeble como la nuestra, cualquiera puede convertirse en presidente. Un congresista que obtuvo una curul de chiripazo puede saltar de un relativo anonimato al sillón presidencial. Una desconocida funcionaria registral puede, años después, pasar a la historia como la primera mujer en colocarse la banda. O un parlamentario más notorio por las barbaridades que defiende que por su producción legislativa puede terminar siendo la máxima autoridad de la nación.
Muchos electores se dejan convencer por la simpatía de los candidatos (o la antipatía que generan sus rivales), por la promesa fácil, por el mensaje estentóreo, por el compromiso imposible. Otros simplemente votan por quien elaboró el mejor video o por el que baila mejor.
Hay una pregunta válida que habría que realizar a quienes ya decidieron su voto. A aquellos que defienden ardorosamente a su favorito en reuniones familiares, encuentros de amigos o grupos de WhatsApp: ¿Ya sabe usted quiénes son los candidatos a las vicepresidencias que lo acompañan en su plancha? Si la respuesta es no, sería bueno que empiece a averiguarlo. Porque en este país de inestabilidad perpetua, cualquiera de ellos podría asumir la presidencia a la primera crisis que se presente.
Y a los propios candidatos presidenciales habría que preguntarles: ¿cuánto conoce realmente a sus compañeros de fórmula? ¿Comparten la misma visión o simplemente lleva a un extraño que le impuso el partido? Un detalle para recordar: Pedro Castillo y Dina Boluarte recién se conocieron en persona en la segunda vuelta del 2021.
Cuando votamos por una fórmula presidencial, no elegimos solo a quien la encabeza, sino también a sus posibles sucesores. Quienes votaron por Pedro Castillo, también lo hicieron por Dina Boluarte, aunque meses después hayan salido a protestar contra ella.
En una elección con 36 candidatos y con un pronóstico tan incierto a estas alturas, no solo compiten 36 potenciales presidentes: compiten 108.
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