sábado, enero 31

Nada provoca más debate que una premiación. Y en la música de hoy, donde hay tanta sobreoferta como desacuerdo sobre qué importa, la llegada de una nueva entrega de los Grammy se vuelve cada vez más problemática. En 2026, plantearse si los Grammy todavía significan algo no es capricho. Las galas de premios son ejercicios de autocontemplación de una industria que se mira y se premia a sí misma. El problema llega cuando el espejo ya no refleja lo que pasa afuera.

Nada provoca más debate que una premiación. Y en la música de hoy, donde hay tanta sobreoferta como desacuerdo sobre qué importa, la llegada de una nueva entrega de los Grammy se vuelve cada vez más problemática. En 2026, plantearse si los Grammy todavía significan algo no es capricho. Las galas de premios son ejercicios de autocontemplación de una industria que se mira y se premia a sí misma. El problema llega cuando el espejo ya no refleja lo que pasa afuera.

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Hoy el consumo musical es un asunto radicalmente personal: cada quien arma su propio canon entre algoritmos, listas y resúmenes de fin de año, un lujo impensable en el siglo pasado. Que una institución pretenda zanjar qué fue “lo mejor” no solo resulta debatible: suena directamente fuera de época. Los datos lo confirman: en 2025, la ceremonia reunió 15,4 millones de espectadores en Estados Unidos, menos de la mitad que una década atrás.

Esa distancia tiene que ver con un giro generacional. Para las audiencias más jóvenes, los Grammy dejaron de ser una transmisión de tres horas para convertirse en clips de TikTok. Y a eso se le suma algo más profundo: la resistencia a que una institución —peor aún, de otra generación— decida quién merece ser validado. Cuando el gusto funciona como marca de identidad, que te digan que “The Subway” de Chappell Roan no es mejor que “Anxiety” de Doechii o “Wildflower” de Billie Eilish se siente como una invasión. Casi como si te criticaran el café que tomas o las zapatillas que usas.

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Con todo, los Grammy siguen operando como barómetro del presente musical. La edición 2026 lo demuestra: la pelea por el álbum del año reúne discos que hace una década no habrían compartido ni categoría. El favorito es Bad Bunny con “Debí tirar más fotos”, un álbum en español que en otros tiempos habría sido arrimado a las categorías menores relativas a lo “latino”, pero cuyo peso simbólico en el Estados Unidos de Trump no se puede soslayar. Su rival más serio es Kendrick Lamar con “GNX”, un disco aplaudido por la crítica que reinstala al rap en su tradicional rol de voz autorizada.

Bad Bunny se presentó en Lima los días 16 y 17 de enero en el Estadio Nacional de Lima. (Foto: EFE)

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Lady Gaga regresa con “Mayhem”, su disco más sólido en años y una vuelta decidida al pop electrónico que la consagró. Hay una ironía persistente en su caso: pese a acumular estatuillas por docenas, Gaga nunca ha ganado en ninguna de las cuatro categorías mayores (grabación del año, disco del año, canción del año, mejor nuevo artista). La edición de 2026 podría romper ese patrón, no tanto por “Mayhem” en sí mismo, sino como reconocimiento tardío a quien ha sido una de las indudables arquitectas del pop contemporáneo.

Apt. de Rosé y Bruno Mars fue una de las más escuchadas del 2025 en la plataforma de Apple Music.| Foto: ROSÉ (Facebook)

Apt. de Rosé y Bruno Mars fue una de las más escuchadas del 2025 en la plataforma de Apple Music.| Foto: ROSÉ (Facebook)

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Y luego está el factor coreano, quizás el síntoma más elocuente del nuevo orden musical. Rosé, de Blackpink, pelea por canción del año y grabación del año con “APT.”, el tema junto a Bruno Mars del que fue imposible escapar en 2025. Una victoria suya sería un triunfo individual y la confirmación de que una artista nacida en Nueva Zelanda, de padres coreanos y formada en Seúl, puede ocupar el centro del pop global. “APT.” fue la canción más reproducida en Apple Music durante 2025 y también la más identificada vía Shazam.

A eso se suma la nominación de “Golden”, parte de la banda sonora de “Las guerreras K-pop”, a canción del año: un caso surgido directamente del ecosistema digital y el ‘fandom’ transnacional. Que un tema vinculado a una película de animación sobre la cultura de Corea compita en categoría mayor, más que anécdota, sería una evidencia de que las viejas jerarquías entre ‘mainstream’, cultura alta y cultura de nicho colapsaron. Lo que hace una década se habría despachado como una extravagancia o un fenómeno de culto hoy disputa el premio en igualdad de condiciones. Y podría llevárselo.

Otra categoría que suele funcionar como termómetro generacional es Mejor Nuevo Artista, quizá la más interesante de todas, porque, en el mejor de los casos, no premia una obra sino una promesa. Más allá de la paradoja —que el Grammy siga llamando “nuevos” a músicos que ya tienen varios años y discos a cuestas—, sigue siendo revelador ver por dónde van los tiros. Los nominados de este año —Addison Rae, Alex Warren, KATSEYE, Leon Thomas, The Marías, SOMBR, Olivia Dean y Lola Young— dibujan un mapa bastante claro de cómo se está moviendo hoy la industria.

El álbum “Addison” debutó en el top 4 del Billboard 200 en 2025(Foto: Addison Rae / Instagram)

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En el extremo más sintomático está Addison Rae, una influencer surgida de TikTok que ha protagonizado uno de los saltos más inesperados hacia la música pop, confirmando que la fama ya no nace necesariamente del talento artístico, sino de la visibilidad previa, incluso cuando ese talento —como en su caso, demostrado en su debut homónimo— sí existe. Pocos discos gustaron más el año pasado que el disco de Rae, en clave electrónica dance e hyperpop. Igual de consolidado aparece Alex Warren, que pasó de creador digital a fenómeno global con “Ordinary”, una canción que fue número uno durante varias semanas y lo instaló de golpe en el centro del mainstream.

KATSEYE en los MTV VMA.

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En el otro polo está Olivia Dean, una de las voces más interesantes del pop británico reciente, cuya música de raíz soul y sensibilidad retro ha sido comparada con la de Amy Winehouse, y que representa una idea más clásica —y casi nostálgica— del artista que se abre paso desde la canción. Entre todos ellos se ubica KATSEYE, un grupo formado bajo el modelo híbrido entre la industria pop estadounidense y el sistema K-pop, pensado desde su origen para un mercado global, multilingüe y multiplataforma. Que todos convivan en una misma categoría dice menos sobre quién es realmente “nuevo” y más sobre una industria que todavía intenta entender de dónde viene hoy el éxito.

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