Pablo Escobar tuvo aviones, haciendas, hombres a su servicio y una fortuna capaz de cumplir casi cualquier deseo. Pero ni todo ese dinero ni su poder pudieron darle libertad, tranquilidad ni paz. Sebastián Marroquín creció viendo de cerca el verdadero costo de aquella riqueza. Y, paradójicamente, fue su propio padre quien le enseñó el camino para no repetir su historia.
“Mi padre me decía: ‘Tú tienes que estudiar, debes prepararte. Yo no pude hacerlo, pero puedo pagarte tus estudios. Sé una persona diferente, encuentra tu vocación. Si quieres ser médico, te regalaré un hospital; y si quieres ser peluquero, un salón de belleza’”, recuerda.
Sebastián Marroquín siguió aquel consejo. Estudió, eligió mantenerse dentro de la legalidad y rechazó la vida criminal que, tras la muerte de su padre, muchos daban por hecho que heredaría. Más de tres décadas después, cuando mira hacia atrás, no mide su vida por el dinero que pudo tener, sino por aquello que consiguió conservar.
“Qué paradoja. Ese consejo me lo dio un hombre que no hizo nada de lo que me aconsejó”, dice. “Pero es lo que hoy me permite vivir con tranquilidad y es lo que también hoy me hace sentir mucho más rico que mi padre. No tengo su dinero, pero tengo tanta libertad y tranquilidad que él, con todo el dinero del mundo, no las pudo comprar”.
Esa contradicción atraviesa la historia que ahora trae por primera vez al Perú. El próximo 7 de octubre, Sebastián presentará “Una Historia para No Repetir”, una conferencia en la que no pretende reconstruir la leyenda de uno de los narcotraficantes más grandes e influyentes de la historia , sino desmontarla. Habla como hijo y testigo de una violencia que lo persiguió desde niño y de una decisión que terminó definiendo su vida: demostrar que una herencia también puede rechazarse.
El hombre que hoy llega al Perú como Sebastián Marroquín nació con el nombre de Juan Pablo Escobar. Lo cambió después de la muerte de su padre, cuando llevar aquel apellido también significaba cargar con amenazas y con una guerra que no había elegido.
“Juan Pablo y Sebastián somos la misma persona. No hubo un cambio de personalidad, solo un cambio de identidad con la intención de proteger la vida. No fue una renuncia al amor hacia mi padre ni hacia mi familia. Fue una herramienta para poder sobrevivir a una guerra que habíamos heredado”, confiesa.
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Durante años, Sebastián tuvo que aprender a convivir con una contradicción aún más difícil que la del dinero. El hombre que sembraba terror fuera de casa era, para él, un padre amoroso.
“Hay una parte compleja y es cómo sobrevive el amor de un hijo hacia un padre tan cuestionado por tantos actos violentos, por tanto dolor causado a tantas familias. Cómo mantener respeto hacia todos, hacia las víctimas y hacia el padre”, reflexiona.
Antes de conocer a Pablo Escobar como narcotraficante, Sebastián lo conoció simplemente como papá. Todo cambió después del asesinato del ministro de Justicia colombiano Rodrigo Lara Bonilla, cuando su padre decidió hablarle sin rodeos.
“Me dijo: ‘Soy un bandido, a eso me dedico’. Yo tenía siete años. A esa edad no comprendes rápidamente el significado de esas palabras. Te imaginas a un tipo con un caballo, un antifaz y un revólver, robando bancos en el viejo oeste”, señala. “Mi padre era el director, de alguna manera, de una de las organizaciones criminales más poderosas del siglo pasado. Después empezaron las noticias y ya no puedes tapar el sol con las manos”.
A medida que comprendía quién era realmente su padre, Sebastián empezó también a convivir con una característica que lo inquietaba más que su poder: su absoluta falta de miedo.
“No le tuve miedo a mi padre. Me daba miedo que él no sintiera miedo. Era un hombre que creía en el destino y aceleró a fondo hasta el día en que la vida se le apagó”.
Pablo Escobar murió a los 44 años. Su hijo tiene 49 y observa aquella vida desde una distancia que entonces resultaba imposible.
“El poder es efímero, no se queda en tus manos para siempre. Mi padre solo hacía caso a su ambición y creo que se convirtió en un vicio del que después fue imposible escapar”, sostiene.
Esa ambición llegó también a la política. Escobar ocupó un escaño en el Congreso de Colombia (1982) y, según su hijo, imaginó incluso llegar mucho más lejos.
“Lo hablaba sobre todo con mi madre. Tenía la osadía de pensar que un narcotraficante podía llegar a ser presidente de la República”, relata.
Sebastián no fue un espectador silencioso de esa violencia. Asegura que enfrentó a su padre muchas veces, incluso cuando apenas era un adolescente.
“Me cansé de enfrentarme. Le decía: ‘No pongas más bombas, no mates a más personas, no secuestres a más gente. Encuentra una solución pacífica’”.
Escobar encontraba argumentos para justificar sus acciones. Le recordaba, por ejemplo, que el primer atentado con carro bomba en la historia de Colombia, había estado dirigida contra él, su madre y su hermana. Sebastián rechazaba esa lógica.
“Yo le decía: ‘Papá, el hecho de que me hayan puesto una bomba no me da derecho a ponerle bombas a nadie’”.
Aquellas discusiones fueron tan frecuentes que, cuando Escobar se entregó y llegó a la cárcel de La Catedral, se refirió públicamente a su hijo como su “hijo pacifista”, que entonces tenía 14 años.
Pero afuera de esas conversaciones familiares, la violencia seguía cerrando el cerco.
“El dinero nunca nos protegió. Al contrario, nos trajo hambre, incomodidades, problemas. No nos trajo nada bonito porque era mal habido”, afirma.
Para Marroquín, esa experiencia terminó cambiando su concepto de riqueza.
“El dinero no es maligno cuando lo obtienes como fruto de tu trabajo, dentro de la legalidad y el respeto. El problema es cuando lo obtienes por la ilegalidad. Te trae millones de problemas, no millones de dólares”.
Hubo recompensas por su vida, persecuciones y días en los que sobrevivir parecía improbable.
“Te toca acostumbrarte a vivir con esa realidad. Te vuelves un hombre de fe porque ya no había un superhéroe que pudiera salir a nuestro rescate. Es un milagro que pueda hablar hoy contigo, que todavía esté vivo para contarla. Yo no tendría que haber pasado de mis 16”, asegura.
Alrededor de Pablo Escobar se han acumulado durante décadas historias difíciles de separar entre realidad, exageración y leyenda.
En el Perú, Melcochita ha contado que fue contratado para cantar en Colombia y que el entonces pequeño Juan Pablo era admirador de “Pegaso” e incluso habría subido al escenario con él. Marroquín recuerda que la canción le gustaba, pero niega aquel último detalle.
“Trato de no meterme mucho con las historias que cuentan los artistas sobre mi padre. Algunos dicen que fueron los únicos que le dijeron que no; otros, que los amenazó. No sé cuál es el caso de Melcochita. A mí ‘El caballito’ me gustaba, pero estoy seguro de que nunca subí a un escenario a cantar. Era el niño más tímido del planeta”, señala.
“También se dijo que Quico (Carlos Villagrán), de ‘El Chavo del 8’, rechazó un cheque en blanco de mi padre. Pero mi papá no manejaba chequera, manejaba efectivo. Se han inventado tantas cosas alrededor de Pablo Escobar que cualquier historia termina pareciendo posible”, advierte.
Hay, sin embargo, otra historia que sí confirma. Pablo Escobar quiso llevar a Michael Jackson a su hacienda. La idea surgió, precisamente, por pedido de su hijo, admirador del Rey del Pop.
“Yo quería escuchar a Michael Jackson, pero mi padre, con su mente preparada para la criminalidad, pensaba más en un secuestro que en otra cosa”, cuenta.
Cuando Sebastián comprendió que la intención podía tomar un rumbo muy distinto al que había imaginado, quiso detenerla.
“Era mi ídolo. Cuando admiras a alguien, lo último que vas a pensar es en hacerle daño. Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para que eso no sucediera”.
El momento decisivo llegó después de la muerte de Pablo Escobar, el 2 de diciembre de 1993.
Durante unos minutos, Sebastián estuvo cerca de convertirse en aquello contra lo que había discutido durante años. Dolido y furioso, amenazó con vengar a su padre. La expectativa alrededor suyo parecía empujarlo en la misma dirección.
“Era como si todo el mundo estuviera esperando: ‘Listo, se murió tu papá, ahora te toca a ti. Es tu turno’”. Entonces se escuchó a sí mismo. “Me puse a pensar: ‘¿Cuántas veces me senté a criticarle, a mostrarle que ese no era el camino, a señalarle el caos, la destrucción y todas las consecuencias negativas para el país y para nosotros, y ahora estoy por meterme en esos mismos zapatos?’”.
La respuesta lo detuvo. Se retractó públicamente y tomó otro camino. Han pasado más de tres décadas desde entonces.
“Llevo 32 años en el exilio. Ha sido un proceso lento, buscando nuestra verdadera identidad, alejados de la sombra de mi padre”, cuenta.
Durante una charla en una prisión española, un interno le dijo algo que no olvidó.
“Me dijo que esperaba que algún día el mundo recordara a Sebastián Marroquín y dijera que tenía un papá que se llamaba Pablo Escobar, y no que me recordaran por quién había sido mi padre”.
Eso, reconoce, se parece mucho al propósito que ha perseguido desde entonces.
“Tuve la oportunidad de salirme de ese círculo vicioso, de ese espiral de violencia. Y le digo a otros, con el ejemplo, que sí se puede. Por más que hayas crecido en ese entorno, puedes dar un paso al costado y elegir un camino distinto”.
Durante varios años consiguió vivir en el anonimato en Argentina. Estudió Diseño Industrial, se graduó, ejerció la docencia y llevó, finalmente, aquella vida común que la fortuna de su padre nunca había podido ofrecerle.
“Tenía una vida muy tranquila, normal. Pagaba mi alquiler, trabajaba con mis propios profesores, que ya eran amigos y colegas”, recuerda.
Hasta que su verdadera identidad se hizo pública. Entonces comprendió que esconderse ya no era una posibilidad.
“Lo vi también como una oportunidad. Dije: ‘Bueno, será el momento para pedir perdón a las víctimas’. Antes no lo hacía por mi propia seguridad, no porque no quisiera. Siempre fue algo que tuve en mi corazón”.
Desde entonces, asegura, ha conversado con más de 150 familias afectadas directamente por la violencia de su padre.
“Nadie te enseña cómo acercarte a una víctima y pedirle perdón. Es un proceso difícil, que exige mucho a nivel personal. Y perdonar no significa olvidar, sino sanar y evitar que el dolor que dejó el victimario siga viviendo dentro de ti”.
Sebastián nunca se atribuyó una responsabilidad penal por los crímenes que no cometió, pero sí habla de una deuda moral.
“Yo asumí la responsabilidad moral por los crímenes de mi padre. Nadie me obligó. La asumí para poder ir a pedir perdón. Las víctimas saben que mi participación fue nula en el dolor que sufrieron”.
Hay otra batalla que Sebastián libra desde hace años. Es contra la imagen de Pablo Escobar convertida en objeto de culto, personaje de ficción e incluso modelo de éxito.
“El camino de mi padre es un camino hacia la destrucción. Te destruye a ti, destruye tu familia, tus libertades y tu futuro”, advierte.
Por eso cuestiona las producciones que, considera, han terminado romantizando al narcotráfico.
“Las series que se hicieron sobre él son propaganda y apología. Muchas fueron una glorificación y un negocio”, sostiene.
Después de recorrer alrededor de 50 países llevando su testimonio, asegura que el fenómeno está lejos de limitarse a Colombia.
“Te sorprendería el nivel de apología, el nivel de fanáticos que hay en el mundo de estas historias. Es un fanatismo mal encaminado porque no produce cosas positivas”.
A veces, cuenta, son los propios jóvenes quienes se acercan después de escucharlo.
“Me dicen: ‘Gracias porque nos avisaste que este no era el camino’. Muchos están convencidos, persuadidos, enamorados de las series que hacen apología y eso no le hace ningún bien a nuestra sociedad”.
También cuestiona la forma en que el nombre de Pablo Escobar continúa apareciendo décadas después de su muerte.
“Hoy produce más noticias que cuando estaba vivo. Lees titulares que dicen ‘detuvieron al Pablo Escobar de España’, ‘de Chile’, ‘de Perú’, ‘de México’, y al final ni nos enteramos de a quién detuvieron porque nos quedamos con el nombre Pablo Escobar. Es el nombre que vende, el que genera audiencia”.
Para él, esa permanente reutilización contribuye a mantener vivo un personaje que debería servir, sobre todo, como advertencia.
Ese es el sentido que Sebastián quiere darle a su primera visita al Perú.
“Una Historia para No Repetir” no busca responder quién mató a Pablo Escobar ni alimentar las numerosas versiones que aún circulan sobre su muerte.
“No hay una versión oficial. Hay tantas versiones que se entrecruzan. La realidad es que mi padre está muerto. Es indistinto si se pegó un tiro o si le cayó un piano en la cabeza. Lo importante no es enfocarnos en cómo murió, sino en qué podemos aprender de esta historia para no repetirla”.
Y cuando se le pregunta qué estamos repitiendo todavía, su respuesta mira menos hacia el pasado que hacia el presente.
“Las reglas no han cambiado, son las mismas que en los años ochenta. ¿Los resultados por qué serían distintos? El narcotráfico ha tomado un poder tristemente paralelo al de las instituciones democráticas. Tienen ejércitos, submarinos, armamento pesado y una capacidad de fuego que ni siquiera mi padre tuvo”.
Por eso insiste en que cambiar los nombres no basta.
“Mientras las reglas sigan idénticas, los resultados no van a cambiar. Cambiarán los protagonistas”.
Sebastián Marroquín no viene al Perú a pedir que se olvide a Pablo Escobar. Viene, precisamente, a pedir que se lo recuerde sin romanticismo. Como el padre que amó. Como el hombre al que enfrentó. Y, sobre todo, como la historia que decidió no repetir.
El Dato
Sebastián Marroquín presentará la conferencia “Una Historia para No Repetir” el miércoles 7 de octubre, a las 7:30 p. m., en el auditorio Alfonso Ugarte. Las entradas están disponibles en Axessperu.com.

