Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
“No te vayas, no me dejes”, ruega Amir, un joven de 16 años que tiene un edificio entero sobre su cuerpo tras los terremotos de 7,5 y 7,2 en Venezuela.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
“Yo creo que quedo inválido. Cada vez (el edificio) se pone más pesado”, asegura a EFE este adolescente, estudiante de secundaria y de música.
Estaba con su papá al momento en que comenzó el temblor y de él no sabe nada.
Playa Grande y buena parte de La Guaira está casi sin cuerpos de rescate. Son escasos los bomberos y los residentes aseguran, en el amanecer de este jueves, que nadie ha llegado a ayudarlos.

Residentes entre los escombros de uno de los bloques de viviendas dañados por los terremotos en la localidad de Catia La Mar, en el estado costero de La Guaira Venezuela. (EFE/ Ronald Pena R.).
/ Ronald Pena R.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Entre llantos, los residentes buscan a familiares en medio de los escombros.
Es un equipo esencialmente humano que, afirma, aún no ha recibido apoyo de rescatistas y menos de maquinarias que remuevan escombros.
“Ayuda” o “auxilio” es el grito que se escucha desde los restos de edificios derrumbados o parcialmente sostenidos sobre unas débiles columnas.

Residentes caminan entre los escombros de edificios derrumbados por los terremotos en la localidad de Catia La Mar, en el estado costero de La Guaira, Venezuela. (EFE/ Ronald Pena R.).
/ Ronald Pena R.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Son torres con una privilegiada vista al Mar Caribe que hoy viven una tragedia.
Y entre el sonido de las alarmas de los carros que se entremezcla con los pájaros del amanecer, alguien grita “¡ayuda!”.
Un vecino pregunta: “¿Dónde estás? ¿Cómo te llamas?”.
La persona responde: “piso 1”. Lleva casi 12 horas ahí desde que ocurrieron los dos terremotos del miércoles.
“Ayúdenme, por favor”, vuelve a gritar. A su lado está el cadáver de una mujer.
Otro grupo busca a alguien llamado Jesús, pero 200 metros atrás tratan de hallar a una niña de 11 años en un conjunto de viviendas bautizado Hugo Chávez en honor al presidente fallecido en 2013.
La mamá de la pequeña llora desesperada mientras le indica las personas que intentan sacarla dónde podría estar Dana.
En un país que no estaba preparado para vivir un sismo de tal magnitud, entre funcionarios de seguridad y civiles intentan encontrar la mejor forma de remover escombros mediante una ingeniera improvisada.
El desespero es tal que en otro edificio un grupo de familiares de una mujer llamada Eva, entre llantos, se dice dispuesto a mover los escombros.
“Eva, Eva, Eva”, gritan con insistencia mientras se abrazan para darse fuerzas.
Ya entrada la mañana, algunos helicópteros se ven en el cielo de una región conocida hasta 2019 como Vargas y donde miles de personas murieron en 1999 en medio de inundaciones y aludes que aún dejan huella.















