Son casi las 11 de la mañana y estoy en la cola esperando a que los miembros de mesa terminen de firmar las cédulas e imprimir el acta de instalación. Delante de mí hay diez personas más cinco adultos mayores en fila preferencial esperando ejercer su voto. Estamos parados en un pequeño pasillo donde se juntan tres colas para el mismo número de mesas y en donde apenas entra el aire. Las otras dos mesas tienen dificultades para empezar, pues no han llegado ni titulares ni suplentes. Pienso, tengo suerte.
Son casi las 11 de la mañana y estoy en la cola esperando a que los miembros de mesa terminen de firmar las cédulas e imprimir el acta de instalación. Delante de mí hay diez personas más cinco adultos mayores en fila preferencial esperando ejercer su voto. Estamos parados en un pequeño pasillo donde se juntan tres colas para el mismo número de mesas y en donde apenas entra el aire. Las otras dos mesas tienen dificultades para empezar, pues no han llegado ni titulares ni suplentes. Pienso, tengo suerte.
La persona que me antecede me dice “es mi primera votación, ¿siempre ha sido así?, tan desordenado”, le quiero contestar, pero otra persona se me adelanta y le dice, “no, antes se votaba rapidito” y le cuenta toda su experiencia pasada de varias elecciones. En la otra cola, una señora trata de consolar a un niño de unos 5 o 6 años que no aguanta el calor, el hambre ni la espera. Se empiezan a escuchar gritos y la gente se altera. Empieza la votación en mi mesa.
Regreso a casa y mi hija adolescente ya ha visto en el chat del colegio y en las redes sociales todo el malestar, el caos, los insultos, los miedos alrededor de quien salga elegido y la desesperanza. “Así ya no quiero ir a votar, ¿y si elijo mal?”, me dijo. Su comentario no tenía nada que ver con la ausencia de miembros de mesa, materiales que no llegan a tiempo o colegios que no se abren, sino con la responsabilidad que implica tomar una decisión responsable.
¿Qué le podemos decir a los niños, niñas, adolescentes y jóvenes que aún no tienen la edad para votar y que son testigos de la situación actual?
La democracia no es un sistema perfecto y no concluye luego de una elección. Implica ejercer cada día nuestros derechos y deberes, vigilar y fiscalizar a quienes sean elegidos autoridades –sean de nuestra preferencia o no– para que actúen con integridad y respecto a las normas e instituciones.
Como todo lo que es perfectible, los procesos electorales también pueden mejorarse y evitar escenarios como los actuales. Ello implica empezar a involucrarse para que se produzcan cambios en todo el ecosistema que ayuden a ejercer un voto libre e informado, con buenos candidatos y partidos políticos, y procesos predecibles para todos. Nuestro deber cívico no debe surgir sólo en cada elección.
Y quizá lo más importante sea transformar nuestra indignación, nuestra vergüenza y nuestro miedo al error en una oportunidad para pensar en el futuro del Perú, entender que las divisiones nos han llevado a los peores escenarios de los últimos años, y que el diálogo con acuerdos mínimos es posible.




