Hace pocos días se cumplió el plazo oficial para la presentación de alianzas electorales. El resultado, como era predecible, grafica el ingente desinterés, como lo revela un reciente artículo de Alejandro Boyco et al. (“Crítica y Debate”, IEP, 8/9/2025) para formar bloques que hagan algo de sentido para tantos confundidos electores.
Por otro lado, las negociaciones en torno a estas han sido reveladoras. Los autores indican que “el proceso que las ha gestado revela con nitidez las tensiones que atraviesan la dinámica partidaria peruana: desconfianza, fragilidad institucional, personalismo, disputas internas, fragmentación y polarización”.
En esa línea, el artículo reporta que, de las 43 agrupaciones habilitadas para presentar candidaturas y, en consecuencia, formar alianzas solo 11 (menos del 25%) buscaron hacerlo. De ellas, solo siete (cerca del 17%) lo consiguieron: Fuerza y Libertad (Fuerza Moderna y Batalla Perú, liderados por Fiorella Molinelli y Zósimo Cárdenas, respectivamente), Venceremos (alianza de izquierda que junta a Voces del Pueblo y Nuevo Perú), y Unidad Nacional (PPC y sus aliados Unidad y Paz, y Peruanos Unidos ¡Somos libres!, encabezados por Roberto Chiabra y Tomás Gálvez, respectivamente).
La proporción de éxito también fue limitada: solo tres de los cinco intentos terminaron concretándose. Por ello, queda la posibilidad de que sean 39 las candidaturas que compitan, aunque seguramente se reducirán con el correr de los meses.
En materia de hallazgos, vale la pena reseñar aquello que los autores describen como “lecciones”. En primer término, la primacía de la desconfianza en las negociaciones, incluso intrapartidaria. El hallazgo no es nuevo, pero se hace relevante en un contexto de gran precariedad partidaria.
Segundo, la activación de un “mercado de alquiler” partidario en el que las candidaturas se negocian y parece haber puestos o nominaciones que ya tuvieran dueños. De hecho, el peso de los líderes naturales –¿dueños de partidos?– desequilibró todo el proceso.
Tercero, la persistencia de ecos electorales recientes, cuando los dos candidatos que pasaron a segunda vuelta lo hicieron con menos de 20% del voto válido. Ello alimenta la ilusión de una sorpresa de última hora. A ello se agrega el patente desánimo frente a las candidaturas en contienda.
Finalmente, aunque el plazo haya concluido, las negociaciones o acercamientos a diversos colectivos o individuos se mantiene. Por tanto, es muy probable que, en breve, empecemos a ver rostros de políticos experimentados sin registro partidario o grupos relativamente articulados uniéndose a alguna agrupación.
Lo que plantean los autores es relevante no solo en lo que atañe a la agenda electoral, sino porque proyecta lo que podría ser la dinámica de gobierno a partir de julio del 2026: ante la fragilidad partidaria, se hace posible la prolongación del actual entorno de precariedad política y anomia gubernamental. ¿Podrá revertirse esta tendencia?




