Desde comienzos del milenio, las ciencias políticas hablan de una ‘personalización de la política’ que hace que votemos más por rasgos del candidato que por sus ideologías. Ahí no queda la cosa, porque esto es recíproco, como bien lo explica el ensayo “We vote for the persons, not for the policies” (revista Discover Psycology, enero 2023) tras resumir varios estudios de campo: los electores también votamos más en función de rasgos de nuestra persona ajenos a nuestra posición ideológica, si es que la tenemos. ¡Cómo hemos cambiado, pelones! El Perú no solo está inscrito en la tendencia, estamos en la vanguardia. Somos un laboratorio donde muchos politólogos pueden intuir lo que les espera a otros.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
‘Porky’ López Aliaga está alineado con los emblemas internacionales de la derecha. Ha concurrido a eventos de Trump en Washington, de Milei en Buenos Aires y de Vox en Madrid. Pero en el Perú está alineado con las circunstancias. ¿Cuáles son estas? Pues las de un país donde prima la identificación con la derecha como en buena parte del mundo (42% de derecha frente a 32% de centro y 26% de izquierda, según última encuesta del IEP); pero se prevé, tras la elección traumática de Pedro Castillo en el 2021, que pesarán otras ‘transversalidades’ y otros clivajes (polarizaciones) no ideológicos: Lima versus regiones, costeños versus andinos, blancos versus andinos, ricos versus pobres, insiders versus outsiders.
El peso de los clivajes se lee nítidamente en las encuestas desde hace varios meses. Rodrigo Barrenechea y Daniel Encinas sostienen que será fundamental el antagonismo entre Lima y sus élites urbanas versus el resto del país (“Clivajes sin partidos: el populismo y sus votantes en Perú”, América Hoy N. 95, 2025). Cuando uno ve la distribución por zonas, edades y NSE (nivel socioeconómico) del voto de cada favorito, puede intuir cómo chocarían sus bolsones principales en una segunda vuelta. Por ejemplo, RLA tiene su visible bastión en Lima y en el AB, mientras Keiko tiene una distribución más pareja pero con mayor incidencia en el sector rural y en el NSE DE. Imaginen esa combustión de bolsones donde la ideología, siendo similar en ambos, sería irrelevante. Incluso, si el choque final fuera entre cualquiera de los dos con el izquierdista Alfonso López Chau, no descarten que otras variables y clivajes pesen tanto o más que la ideología.
Por todo esto, varios candidatos, incluyendo al favorito RLA, lanzaron su menú de propuestas populistas sin carga ideológica e hicieron fichajes variopintos. Estamos, no lo olviden, bajo la presidencia de José María Balcázar, veterano izquierdista propuesto por los radicales de Perú Libre, que se impuso con el voto oculto de congresistas de derecha y centro, y que no ha tenido empacho en formar un gabinete presidido por una tecnócrata del establishment como Denisse Miralles y recibir en dos oportunidades al embajador de EE.UU., Bernie Navarro. No tiene visita registrada, en cambio, del embajador de la China, Song Yang. Con estos niveles de pragmatismo e improvisación, la ideología podría quedar hecha pica pica en este 2026.

Así será la cédula de sufragio para las próximas Elecciones Generales 2026. (Foto: El Comercio)
/ SYSTEM
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Hay más razones estructurales que nos empujan, casi desahuciados, al laboratorio de los experimentos explosivos. Empecemos por el llamado vaciamiento, descomposición o pulverización del sistema de partidos, cuyo síntoma atroz es la cédula con 36 candidatos y 38 partidos. Sin historia ni tradición, los nuevos partidos reciben saltimbanquis y giran como veletas. Sus candidatos presidenciales se definen de centro derecha o centro izquierda según la ocasión y el auditorio. Alfonso López Chau de Ahora Nación, en sus primeras entrevistas y negociaciones para una posible alianza barajó diversas posiciones en el espectro, antes de confirmarse en la izquierda. Rafael Belaúnde Llosa de Libertad Popular, no acaba de confirmarse. Carlos Álvarez de País Para Todos, no solo calla cuando le preguntan por su intimidad sexual; también cuando le piden definirse ideológicamente. Yonhy Lescano le gana en ese dribleo por una cabeza. En el mar de los sargazos, con 36 pulpos de distinto tamaño y color, los nuevos prefieren navegar con bandera de cándidos. A pesar de que la derecha está de moda son pocos los que se reclaman de ella sin ambages. Lo hace, por ejemplo, el general José Williams de Avanza País, que es un insider. En cambio, otro general, Wolfgang Grozo, de Integridad Democrática, evita la definición, se reclama outsider, y despunta desde la categoría de los pigmeos (ayer la última encuesta de CPI le dio 4.8%). Si la ideología tiene algún peso, no será como autodefinición del candidato; sino como percepción del elector cuando hace el rápido checklist de las muchas variables que le importan.
Hay una razón estructural que trasciende la política y es más poderosa que la proliferación de candidatos. Somos un país con mayoría de informales y de emprendedores que se autoemplean. Hay muchos más informales (alrededor del 70% de la fuerza laboral) que pobres (27% de la población según INEI). Por lo tanto, hay ‘informales con plata’, como suele repetir Carlos Meléndez, para subrayar que mal haríamos en pensar que el elector informal promedio tiene más razones que el elector formal para inclinarse por un discurso de izquierda. Por un lado, los informales abrazan la fe en el capitalismo emprendedurista y por el otro detestan las trabas y exclusiones del Estado. La derecha fujimorista supo tocar esas fibras íntimas. Ahora, ese sector está más disputado que nunca.
Castigo y triunfo
No solo nos miremos el ombligo y sintamos los retortijones de variables y clivajes debajo de él. Miremos lo que ha pasado en las últimas elecciones de la región. La argentina Flavia Freidenberg publicó a fines de diciembre pasado, en la revista Latinoamérica21, el artículo “América Latina 2025: el voto castigo entre la fragmentación y la erosión democrática”. Analizando el triunfo de José Antonio Kast en Chile, el de Rodrigo Paz en Bolivia, el de Nasry Asfura en Honduras y la derrota de las propuestas de Noboa en el referéndum del pasado noviembre en Ecuador; Freidenberg elabora un pequeño cuadro de lugares comunes en los que podríamos encontrarnos.
En primer lugar, en los países citados se impuso, con el triunfo de derechistas, un voto de castigo a los gobiernos de izquierda que los precedieron (salvo Ecuador, donde el derechista Daniel Noboa perdió la consulta popular que convocó). La ‘marea azul’ se topa con islotes y corrientes adversas. O sea, no solo se trata de cambiar izquierda por derecha siguiendo una tendencia universal, sino de castigar a quienquiera que este en el poder. En el Perú, este factor será ambiguo el 12 de abril. El quinquenio se abre y se cierra con un presidente de izquierda, pero con la persistente narrativa de que es la mayoría congresal de derecha quien gobierna y condiciona al Ejecutivo. Si hay algún castigo será a ese régimen de dos cabezas y sin bandera. El favorecido, en esa lógica del castigo, sería un outsider o un insider que pose convincentemente como outsider.
Otro factor que lista Freidenberg es la primacía de la flexibilidad pragmática sobre el principismo ideológico. La vemos en los cálculos que llevan a cada candidato a proponer medidas populistas que cuesta creer que ellos mismos se las crean. Otro factor listado es la crisis de credibilidad institucional. La desconfianza en los partidos puede llegar a hacer tabla rasa de las propuestas ideologizadas de sus candidatos, y solo deja en pie sus rasgos más visibles de representación o de rechazo. A César Acuña, por ejemplo, le tiene sin cuidado definirse ideológicamente. Su campaña es una gran puesta en escena en la que intenta dar vuelta, con humor, al escarnio que sus rivales y parte de la opinión pública hacen de él. La de Mario Vizcarra es otra puesta en escena, más efectista, con hologramas y recuerdos de su hermano Martín, preso en Barbadillo. Roberto Sánchez hace algo similar, pero con Pedro Castillo, también preso en Barbadillo. En la farsa o el melodrama, la ideología es irrelevante.
Finalmente, siguiendo las predicciones de la autora citada, tres factores condicionarán las campañas posteriores a las del 2025: la violencia (crucemos los dedos para que no reviente contra los candidatos o entre ellos); la influencia de Estados Unidos, claro que sí; y el hartazgo de la polarización. Esto último aún no lo vemos, pues en la primera vuelta, antes que la activación de los ‘antis’, está primando el desconcierto y la desafección provocadas por la sobreoferta de candidatos. Apenas hay espacio para que una bronca polarizante entre dos o entre un puñado, apague la bulla del tropel. Pero cuando venga la bronca de segunda vuelta, parte significativa del electorado podría sentir indiferencia ante quien escoja como arma principal a los tremendismos de diestra versus siniestra.














