viernes, enero 23

My Chemical Romance se presentará este domingo 25 de enero en el Estadio Nacional de Lima. El concierto contará con The Hives como banda invitada. (Foto: Difusión)

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A comienzos de los años 2000, un ilustrador freelance intenta vender una serie animada a Cartoon Network. Se llama “The Breakfast Monkey”, pero el proyecto es rechazado por Adult Swim. Gerard Way acepta entonces un trabajo diseñando juguetes; dibuja durante el día y toca música por las noches. Todavía no canta frente a multitudes ni piensa en escenarios. Piensa en personajes, atmósferas, climas. Esa formación visual —más cercana al storyboard que al rock— sería decisiva cuando, poco después, decida dejar ese empleo y salir de gira con una banda con un nombre aún en borrador: My Chemical Romance.

A comienzos de los años 2000, un ilustrador freelance intenta vender una serie animada a Cartoon Network. Se llama “The Breakfast Monkey”, pero el proyecto es rechazado por Adult Swim. Gerard Way acepta entonces un trabajo diseñando juguetes; dibuja durante el día y toca música por las noches. Todavía no canta frente a multitudes ni piensa en escenarios. Piensa en personajes, atmósferas, climas. Esa formación visual —más cercana al storyboard que al rock— sería decisiva cuando, poco después, decida dejar ese empleo y salir de gira con una banda con un nombre aún en borrador: My Chemical Romance.

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A comienzos de la década, cuando PureVolume y MySpace funcionaban como plataformas de descubrimiento, My Chemical Romance ya reunía más de cien mil seguidores sin apoyo radial ni presencia en medios masivos. Esa comunidad temprana no se articuló solo alrededor de canciones, sino de una identidad reconocible: un tono dramático, una narrativa compartida, una forma de entender la música como relato.

En vivo, el performance de Gerard Way es mitad actuación y mitad interprete. Sus movimientos, el uso del maquillaje, las máscaras o los uniformes funcionan como recursos interpretativos: a veces encarna al “paciente” de The Black Parade; otras, al maestro de ceremonias que guía al público por una historia común. No es un artificio que distrae, sino el eje que sostiene el espectáculo. Esa puesta en escena —marca registrada de la banda— es la que My Chemical Romance presentará esta vez en Lima.

Gerard Way, vocalista de My Chemical Romance, es también el creador del cómic The Umbrella Academy, publicado por Dark Horse Comics y adaptado luego por Netflix en una exitosa serie. Foto: AP

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Gerard Way no estaba en un estudio ni en una sala de ensayo cuando empezó My Chemical Romance. Estaba en Nueva York, de pie junto a cientos de personas en un muelle del río Hudson, viendo cómo las Torres Gemelas se desplomaban frente a sus ojos. “Eso se sintió como el fin del mundo. Parecía el apocalipsis”, declararía años más tarde para Newsweek. La angustia colectiva, el silencio espeso, la certeza de que algo había terminado para siempre, todo cobró sentido aquel día: el fin siempre estaba cerca.

La idea de My Chemical Romance nace de esa urgencia. Poco después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, Way regresa a Nueva Jersey con una pregunta que se convertiría en motor creativo: ¿qué haríamos si mañana fuera el fin del mundo? La respuesta fue dándole vida al concepto de la banda —personal, urbano, emocional— que luego fue posicionándose como su eje central. La banda se forma en Newark junto a su hermano Mikey y el baterista Matt Pelissier como una respuesta directa a la inevitable catástrofe.

The Black Parade (2006), considerado uno de los discos conceptuales más influyentes del rock de los 2000, fue producido por Rob Cavallo, conocido por su trabajo con Green Day. El álbum consolidó a My Chemical Romance como una banda capaz de combinar éxito comercial con ambición artística. Foto: AP

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Ese impulso se traduce primero en “I Brought You My Bullets, You Brought Me Your Love” (2002), un debut crudo, urgente, casi claustrofóbico, y luego en “Three Cheers for Sweet Revenge” (2004), el disco que los saca del circuito underground y los coloca en MTV y la radio sin domesticar del todo su dramatismo. “I’m Not Okay (I Promise)” y, sobre todo, “Helena” conectan con una audiencia que reconoce en esas canciones una angustia adolescente compartida.

Con los años, el “fin del mundo” deja de ser solo un recuerdo y se convierte en lenguaje. Way señaló que incluso el video de “Welcome to the Black Parade” —lanzado cerca del aniversario del 11-S— remite visualmente a un paisaje posterior a la catástrofe. Uniformes, procesiones fúnebres, cuerpos que avanzan entre ruinas. A la par, la vida del vocalista entró en espirales de exceso y agotamiento que él mismo ha reconocido: giras interminables, consumo de sustancias ilícitas, colapsos, intentos de recomposición. Todo eso termina filtrándose en la obra que se presenta en escenario como concierto, pero también como una obra narrativa.

Cuando My Chemical Romance aparece en escena la cultura emo ya era un fenómeno que comenzaba a encontrar espacio en diferentes países. Lo que había nacido como un subgénero del punk empieza a ser encasillado como síntoma de desviación, fragilidad peligrosa o amenaza juvenil. Entre 2006 y 2008, titulares y debates televisivos señalan a la música emo como responsable de una supuesta ola de autolesiones y suicidios adolescentes. La banda queda atrapada en ese fuego cruzado: demasiado popular para pasar desapercibida, demasiado intensa para ser neutral.

El episodio más duro ocurre en 2008, cuando los padres de Hannah Bond, una adolescente británica de 13 años, acusan públicamente a My Chemical Romance de haber influido en la muerte de su hija. La banda responde con un comunicado sobrio, ofreciendo condolencias y negándose a aceptar la simplificación mediática. Posteriormente, la presión externa se vuelve constante, lo que pasó factura a la vida personal de cada integrante.

My Chemical Romance anunció su regreso en 2019 tras seis años de separación, agotando entradas en minutos para su primer show de reunión en Los Ángeles. (Foto: @MyChemicalRomance)

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Pero las heridas no vienen solo de afuera. Durante la filmación del videoclip de “Famous Last Words”, Gerard Way se rompe los ligamentos del tobillo y el baterista Bob Bryar sufre una quemadura grave que deriva en una infección que requiere hospitalización continua. Varias fechas de la gira deben cancelarse. En paralelo, el encierro creativo en la mansión donde se grabó The Black Parade profundiza el desgaste emocional: Mikey Way entra en una depresión severa y la banda decide que abandone temporalmente el estudio para priorizar su salud.

A esa fragilidad se suma el conflicto político. En 2009, Frank Iero es interrogado por el FBI debido a una canción lanzada con su proyecto paralelo Leathermouth, cuyo título y letra explícita desatan alarma en las autoridades estadounidenses. Iero declara haber escrito la canción desde la perspectiva de la rabia global contra el poder norteamericano, no como amenaza personal. Evita una condena, pero acepta no volver a interpretarla y queda bajo vigilancia. Años después, el guitarrista seguirá manifestando abiertamente su postura política contra Donald Trump.

Con ese historial a cuestas, My Chemical Romance terminó entendiendo el escenario como un espacio que podía organizarse en forma. La teatralidad de sus conciertos no nació como exceso ni como estrategia, sino como un mecanismo de control frente al caos: convertir el miedo, la culpa y la furia en escenas, personajes y rituales compartidos que se harán notar este domingo en el Estadio Nacional.

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