sábado, marzo 28

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

En programas como “Los Chistosos”, una voz no es solo una voz. Es ritmo, timing, memoria. Es saber cuándo entrar o callar, y cuándo empujar un personaje hasta el borde sin romperlo. Por eso la muerte de Manolo Rojas, ocurrida el viernes 27 de marzo a los 63 años, no deja solo una silla vacía en la cabina: deja un vacío en el pulso de un programa que durante años hizo del humor político y la improvisación una forma de compañía para el país.

En programas como “Los Chistosos”, una voz no es solo una voz. Es ritmo, timing, memoria. Es saber cuándo entrar o callar, y cuándo empujar un personaje hasta el borde sin romperlo. Por eso la muerte de Manolo Rojas, ocurrida el viernes 27 de marzo a los 63 años, no deja solo una silla vacía en la cabina: deja un vacío en el pulso de un programa que durante años hizo del humor político y la improvisación una forma de compañía para el país.

RPP, la casa multiplataforma de “Los Chistosos”, habló de un “profundo vacío” entre el equipo, los oyentes y quienes trabajaron con él. En el caso de Rojas, la ausencia golpea un engranaje muy preciso. Él no era un invitado de paso ni un nombre decorativo dentro del elenco, sino una pieza clave.

Lo que pierde “Los Chistosos” es, primero, una voz reconocible. Manolo tenía esa rara capacidad de volver familiar un personaje en segundos. Sus imitaciones no solo funcionaban por el parecido, sino por la manera en que sabía encontrarle música, picardía y calle a cada figura pública. Esa destreza hizo que su presencia en el programa no fuera intercambiable.

Pierde también una escuela. En la última entrevista que dio a El Comercio, Rojas hablaba de disciplina y calle como dos pilares del programa, una herencia que conectaba a la generación de Guillermo Rossini con la vigencia actual del formato. Esa mezcla explica bastante de lo que ha sido “Los Chistosos” durante más de tres décadas: un espacio con libreto, sí, pero también con instinto, reflejo y oficio para improvisar sobre la marcha.

Pierde, además, una forma de acompañar. Eso puede sonar menor, pero no lo es. En la misma entrevista con este Diario describía cómo su voz se había vuelto parte de la vida diaria de los oyentes. En radio, el humor no entra como entra un sketch de televisión: se mete en el tráfico, en la oficina, en la sobremesa, en el retorno a casa. Manolo no solo hacía reír, también acompañaba.

Manolo Rojas, Hernán Vidaurre y Daniel Marquina, integrantes de «Los chistosos». (Foto: Antonio Melgarejo)

/ ANTONIO MELGAREJO

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Y pierde una química de años. El dolor de Hernán Vidaurre y Giovanna Castro, ambos ligados al programa, da una pista de que la pérdida no es solo profesional. Tras conocerse la noticia, los dos llegaron afectados hasta su vivienda, mientras distintas figuras del medio empezaron a despedirlo públicamente. En programas sostenidos durante décadas, la química no se improvisa. Se construye con rutinas, códigos internos, fracasos, hallazgos y confianza. Eso también se rompe cuando uno de los históricos se va.

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Hay otro detalle que vuelve más dura esta ausencia: Manolo estuvo al aire hasta muy poco antes de morir. Participó con normalidad en su último programa, acompañado por Daniel Marquina y Hernán Vidaurre. Esa cercanía temporal entre la cabina y la muerte vuelve más visible lo que el programa pierde: no una figura ya retirada, sino una presencia activa.

En febrero, cuando “Los Chistosos” celebraba sus 33 años y sumaba a Daniel Marquina a una nueva etapa, Rojas hablaba del programa con una frase breve, pero reveladora: “Resiliencia en el humor. Resistir para persistir y nunca desistir”. La dijo como quien conoce bien de qué está hecha la permanencia. Hoy, esa frase también parece definir el desafío que le queda al programa sin él.

Porque eso es, en el fondo, lo que pierde “Los Chistosos” con la muerte de Manolo Rojas: una voz, una escuela, una química y una memoria. Y pierde, sobre todo, a alguien que ayudó a que el país se escuchara a sí mismo con menos solemnidad y más ironía. En un formato que vive del timing y de la compañía, hay ausencias que no se reemplazan: se aprenden a sobrellevar.

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