El 18 de agosto de 1989 quedó grabado como una fecha decisiva para la Policía Nacional del Perú. Ese día se anunció que, por primera vez, las mujeres podrían postular a la Escuela de Oficiales, rompiendo una barrera histórica en una institución donde el acceso a los más altos niveles de formación y liderazgo había estado reservado exclusivamente a los hombres.
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En el próximo concurso de admisión —previsto entre fines de 1989 y comienzos de 1990— las mujeres podrían postular por primera vez a la Escuela de Oficiales de la Policía Nacional de Perú (PNP), institución que había sido creada ocho meses antes, el 6 de diciembre de 1988, cuando se promulgó la Ley 24949.
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Hasta entonces, el horizonte era estrecho. Las mujeres policías solo podían ascender a la plana menor, y eran señaladas para ejecutar solo determinadas funciones, pese a que ya habían probado con creces su valía en patrullajes urbanos y en la atención de denuncias.

Oficiales de la Policía Nacional marchando con energía y mística institucional. (Foto: Archivo El Comercio)
/ RENZO SALAZAR
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La medida prometía romper con esa barrera silenciosa, abrir un camino hacia la igualdad en una de las instituciones más rígidas y jerárquicas del país, que ya entonces integraba a las tres fuerzas del orden tradicionales: la Guardia Civil (GC), la Policía de Investigaciones del Perú (PNP) y la Guardia Republicana (GR).
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PRIMERAS MUESTRAS DE INTERÉS POR DELITOS DE GÉNERO
Pero el eco de esa noticia creció con otro anuncio. El teniente general César Ramírez Pérez, director superior de la Policía General, adelantó que a fines de ese mismo año se instalaría una segunda Comisaría de Mujeres, pero ya no en Lima Metropolitana como la primera, sino en la Provincia Constitucional del Callao. Y no sería la última: se estudiaba la creación de unidades similares en el interior.

Antigua fachada de la Escuela de Oficiales de la PNP en Chorrillos, local institucional que hoy está en plena reconstrucción. (Foto: Archivo El Comercio)
/ MONICA PALOMO
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No era un gesto simbólico. La primera comisaría, en apenas doce meses de funcionamiento, había recibido más de cuatro mil denuncias por maltratos, abusos y demás delitos contra la mujer, una cifra que revelaba de golpe la magnitud del problema. Por eso justamente era necesaria la apertura de la Escuela de Oficiales de la PNP para las mujeres.
El hecho no era solo un trámite administrativo; era el inicio de un proceso de transformación cultural dentro de la Policía Nacional del Perú, un terreno en el que la tradición solía pesar más que la modernidad.
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En tiempos de violencia terrorista e inseguridad urbana, como los que se vivía a fines de la década de 1980, el ingreso de mujeres oficiales simbolizaba más que la presencia de un nuevo uniforme: era la promesa de un país que empezaba a aceptar que la autoridad, el coraje y la vocación de servicio no tenían género.

Oficiales de la PNP en la ceremonia central de celebración por el 22º aniversario de creación de la Escuela de Oficiales. (Foto: Archivo El Comercio)
/ RAFAEL CORNEJO
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Corría 1989 y la noticia apenas se deslizaba por las páginas de los diarios. Pero para muchas jóvenes peruanas no era un simple titular: era la oportunidad de alcanzar grados superiores, de ocupar un lugar en la plana mayor y de demostrar, al fin, que el servicio policial podía ser también un destino para ellas.
Pero ellas debieron afrontar –sobre todo en esos primeros años— muchas dificultades para cumplir sus objetivos profesionales dentro de la Escuela de Oficiales.
Una de las primeras oficiales que ingresaron y se formó a inicios de la década de 1990, fue Rosa Hidalgo Serna, quien a finales del 2020 se convirtió en la primera oficial mujer de la Policía Nacional en llegar al grado de coronel en armas.


