Desde sus años de estudiante, Maritza Pintado Caipa, neuróloga nacida en Tarata, Tacna, conoció el desasosiego que acarrea elegir esta vocación en el Perú. Vivió, además, la desigualdad sexista en el ámbito científico: en lugar de doctora, la llamaban “la dama” o, con condescendencia, “la doctorcita”. Durante sus primeros días del SERUMS, recorrió su región de un extremo a otro. Cruzó quebradas, lagunas, valles costeros y bosques de queñuales. Encontró pueblos donde jamás había llegado un médico. Salvó a un burro de morir de indigestión, hazaña por la que fue remunerada con unas gallinas y un sollozo de felicidad. Una vez le pidieron que deje de atender pacientes, que la urgencia era repartir propaganda en la campaña electoral de un gobernador regional.
Desde sus años de estudiante, Maritza Pintado Caipa, neuróloga nacida en Tarata, Tacna, conoció el desasosiego que acarrea elegir esta vocación en el Perú. Vivió, además, la desigualdad sexista en el ámbito científico: en lugar de doctora, la llamaban “la dama” o, con condescendencia, “la doctorcita”. Durante sus primeros días del SERUMS, recorrió su región de un extremo a otro. Cruzó quebradas, lagunas, valles costeros y bosques de queñuales. Encontró pueblos donde jamás había llegado un médico. Salvó a un burro de morir de indigestión, hazaña por la que fue remunerada con unas gallinas y un sollozo de felicidad. Una vez le pidieron que deje de atender pacientes, que la urgencia era repartir propaganda en la campaña electoral de un gobernador regional.
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“Éramos un equipo de unas 35 personas atravesando pueblos remotos, algunos a más de 4.500 metros sobre el nivel del mar –recuerda Maritza, con orgullo, aquellos periplos que terminaron de curtirla–. Había lugares a los cuales ningún médico quería ir. A veces teníamos que enfrentarnos a fiscales por motivos médicos, lidiar con la policía, porque en ciertos lugares ocurren situaciones complejas. Pero nosotros nunca dejamos de ver a las personas como seres humanos, incluso cuando los delincuentes llegaban en busca de ayuda”.
El equipo conformado por dos psicólogas, un enfermero de la comunidad, un neurólogo y la autora de esta crónica llega a Palizada tras varias horas de navegación. (Foto: Alex Kornhuber)
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No fue casual que las enfermeras la eligieran para atender a los adultos mayores de cada pueblo, ni que terminara especializándose en salud cerebral y demencia. “El envejecimiento es un asunto de salud pública. En países como el Perú, de bajos ingresos o en desarrollo, el número de personas con demencia será mayor al que habrá en países de altos ingresos”, dice durante un webinar por Zoom. Las cifras son contundentes: cada tres segundos, una persona en el mundo desarrolla demencia. Perú no es la excepción. Según proyecciones basadas en la tendencia de incremento del 124% entre 2021 y 2024, se espera que los casos de demencia continúen en ascenso. En 2024 se registraron 18.333 casos, y solo en enero de 2025 ya se habían atendido 6.195, lo que sugiere que la cifra anual podría superar significativamente la del año anterior.
La reciente publicación del Plan Nacional para la Prevención y Tratamiento del Deterioro Cognitivo, la Enfermedad de Alzheimer y otras Demencias representa un avance significativo. Sin embargo, su implementación enfrenta varios desafíos; entre ellos determinar hasta qué punto las pruebas cognitivas requieren adaptación a la realidad cultural, lingüística y educativa de comunidades vulnerables, donde el analfabetismo, las barreras idiomáticas y contextos culturales distintos pueden limitar la efectividad de los protocolos convencionales.

Maritza Pintado examina físicamente a un adulto mayor en la comunidad de Palizada. La falta de servicios de salud hace que los pobladores de estas comunidades aprovechen la visita de la doctora para atender sus dolencias. (Foto: Alex Kornhuber)
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Pocos médicos dejan sus consultorios para embarcarse en una travesía que dura días de viaje surcando aguas marrones donde no penetra la luz, sudando desenfrenadamente y pasando por rincones donde la hostilidad y la pobreza golpean duro. “Precisamente, esos son los lugares donde más nos necesitan –asegura Maritza–. Las pruebas cognitivas son fundamentales para detectar la demencia de forma temprana y proporcionar a las personas la atención que necesitan. Sin embargo, si las pruebas no se ajustan a la cultura y los antecedentes de las personas que las realizan, pueden surgir muchos problemas. Por otro lado, los pobladores de las comunidades siempre están agradecidos y ávidos de apoyo, educación y cualquier herramienta que les ayude a mejorar sus perspectivas de vida”.
Durante su segunda visita a Iquitos, Maritza llega al puerto de Nauta con zapatillas todo terreno y una mochila pesada que lleva tablets, pruebas impresas y otros objetos. El puerto, ubicado a cien kilómetros al sur de Iquitos, es un lugar de confusiones. Sobre un sendero que se estira a orillas del río Marañón, merodean perros callejeros y gallos con crestas negras, vendedores de celulares y de ají dulce. Los montículos de basura compiten con los de plátano verde. Las situaciones inadvertidas son parte del día a día. A un lado están las embarcaciones atadas con estacas de madera o bambú en las riberas fangosas del río y, al otro lado, un mercado que se mueve al ritmo feroz de los habitantes transpirados de una de las ciudades más arcaicas de la Amazonía peruana.
Para el equipo que acompaña a Maritza, transitar por este puerto de nadie es solo el inicio de una misión orientada a evaluar cognitiva y funcionalmente a adultos mayores iletrados de la comunidad nativa de Palizada, como parte de un proyecto piloto financiado por el Global Brain Health Institute y la Alzheimer’s Associationistente en el Edward and Pearl Fein Memory and Aging Center de la Universidad de California, San Francisco, “en lugares donde el acceso a la atención sanitaria es limitado, la investigación solo puede prosperar si se diseña como una colaboración bilateral genuina con la comunidad local. Los investigadores deben escuchar lo que la comunidad quiere y necesita, y ajustar los objetivos y prioridades para que se adapten a esas necesidades. Si queremos que las pruebas funcionen para todo el mundo, deben ser justas y comprensibles para todos”.
La advertencia de Tsoy cobra especial relevancia en Palizada, comunidad que suele quedar incomunicada durante la vaciante por el bajo nivel del Marañón. Al principio, los participantes asisten con curiosidad y buena disposición a los exámenes. Responden preguntas, escuchan con atención a los médicos y aceptan la evaluación clínica sin resistencia. Pero cuando comienzan las pruebas cognitivas, la escena cambia. Para muchos, las instrucciones resultan confusas; para otros, las tareas se vuelven imposibles. Cerca del 87% de los adultos mayores tienen dificultades para completar las evaluaciones; no por desinterés, sino por barreras que arrastran desde hace décadas: poca escolaridad, diferencias culturales, problemas de visión. Algunos se detienen a mitad del ejercicio, frustrados, diciendo que “no ven bien” o que nunca han asistido a la escuela y no saben cómo hacerlo. Solo unos cuantos insisten hasta el final, equivocándose, corrigiéndose; intentando, como puedan, dar lo mejor de sí.
La doctora Pintado realiza una encuesta a los pobladores de San Regis para entender las necesidades sanitarias de la población. (Foto: Alex Kornhuber)
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Las pruebas tradicionales suelen basarse en actividades como dibujar formas o rellenar formularios en papel, que pueden resultar desconocidas o incómodas para alguien que nunca ha recibido una educación formal. Y el simple hecho de traducir una prueba a otro idioma no la hace automáticamente adecuada desde el punto de vista cultural, ya que existen diferencias significativas en la forma en que el idioma y la cultura influyen en el rendimiento de las pruebas entre las distintas poblaciones, lo que deben tener en cuenta los investigadores y los médicos. Recientemente se han publicado varias directrices sobre la adaptación y el desarrollo adecuados de las pruebas cognitivas para poblaciones cultural y educativamente diversas. Estas dan prioridad a la participación de los miembros de la comunidad en las primeras fases del proceso de desarrollo o adaptación de las pruebas: se les pide su opinión, se les invita a ayudar a dar forma a las preguntas o estímulos de las pruebas y se realizan estudios piloto antes de su implementación a gran escala.
No existe una solución única para un reto como este. El mejor enfoque es personalizar las soluciones al entorno en el que trabajan los investigadores y los médicos. El Plan Nacional de Demencias 2026-2028, presentado por el Minsa a finales de 2025, reconoce por primera vez a la demencia como prioridad de salud pública. El desafío ahora es que estos hallazgos trasciendan el papel y se traduzcan en acciones concretas que amplíen el conocimiento, prevengan riesgos y contribuyan a derribar las barreras que aún mantienen a miles de personas adultas mayores alejadas del acceso a la salud en las regiones más ignoradas del país.//




