La idea no salió de un laboratorio ni de una oficina de marketing. Nació en plena pandemia, de una conversación entre amigos. “Deyvis Orosco soñaba con que su papá apareciera en el escenario, aunque fuera en un video. No sabíamos cómo hacerlo. La idea quedó flotando”, cuenta Julián Zucchi.
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Recrear a Flor no es apretar un botón. El proceso empieza entrenando una inteligencia artificial con horas de audios originales: entrevistas y grabaciones. Luego, el equipo escribe ideas que el sistema transforma en palabras con la cadencia de Flor. Después, la familia revisa cada frase.
“No hacemos nada sin ellos. Ajustamos todo juntos. La familia recibe compensación por el uso de la imagen. Es parte del acuerdo ético del proyecto”, aclara.
También el repertorio musical fue una decisión colectiva. De una discografía inmensa, seleccionaron apenas 15 o 16 canciones.
Detrás de la emoción hay una maquinaria compleja. Cables, servidores, escaneos, pruebas de luz, ensayos técnicos que no se ven. Nada de esto —aclara— responde a una fórmula para simplificar o abaratar costos a un espectáculo. Al contrario, cada función exige más recursos que un show convencional.
“Es mucho más costoso. No podemos presentarnos en cualquier escenario. Tenemos la misma cantidad de humanos arriba —una orquesta en vivo de mínimo 12 músicos, un animador— pero con la complicación de que necesitamos muchísimo soporte técnico“, señala. A eso se suma el trabajo de entrenar tecnologías, escanear cuerpo y rostro, ajustar la proyección hasta que el efecto no sea una caricatura sino una presencia creíble.
“Hacemos una ilusión con una proyección 2D, pero con profundidad. Cambiamos muchas variables técnicas para que el artista parezca que está realmente arriba del escenario. No es el truco clásico de espejos, tampoco es un holograma. El holograma es un efecto antiguo, más teatral, que necesita oscuridad y tiene ángulos donde no se vería bien. Nosotros necesitamos luces, movimiento, show”, detalla Zucchi.
Esa misma lógica guiará el próximo desafío: Picaflor de los Andes, a 50 años de su fallecimiento. El espectáculo está programado para el próximo mayo.
“Ya hablamos con la familia. El primer acercamiento fue el año pasado, en el aniversario de la muerte de Flor Pucarina, en el cementerio. Se me acercó el esposo de una de las hijas de Picaflor y ahí empezaron las conversaciones. Ahora estamos avanzando con ellos, de la mano de Apdayc y de todas las instancias que corresponden, porque hablamos de figuras que son parte de la cultura peruana. Hay muchos aspectos que cuidar. Para mí es clave que todas las partes estén felices, porque yo lo veo como un homenaje”, detalla Julián.
Pero no todo pedido se convierte en proyecto. Le han propuesto “revivir” artistas fallecidos recientemente y decidió no hacerlo.
“Siento que hay que guardar luto. No soy quién para decir qué es ético o no, pero si hago esto es para aportar algo positivo, para rendir un homenaje. Si la familia todavía está atravesando un momento muy movido, prefiero no aceptar”.
También recibe mensajes de personas que desean ver de vuelta a familiares fallecidos. Ahí traza un límite categórico.
“Es demasiado personal. No puedo investigar la vida de alguien como con un personaje público. Y hay riesgos. Imagínate sorprender a alguien y que la emoción lo desborde”.
Lo que lo impulsa a continuar no es la tecnología, sino la reacción. Ese instante en que el público contiene la respiración. La mezcla de incredulidad y gratitud cuando la pantalla deja de ser pantalla y se convierte en puente.
“Hay adultos que sienten que están viviendo algo que hasta hace un año parecía imposible. Y hay jóvenes que escucharon esas canciones por sus abuelos o sus padres y terminan llevándolos. Se vive una emoción triple: tres generaciones cantando lo mismo”, asegura.
Zucchi evita la palabra “resurrección”. Prefiere hablar de memoria. De legado. De cultura.
“Todos sabemos que Flor no está viva”, dice. “Pero intentamos hacer un homenaje lo más fiel posible. Como un truco de magia… de esos que no te asustan, sino que te dejan el corazón apretado, emocionado“, remarca.
Si en lo profesional habla de homenajes y tecnología, en lo personal habla de supervivencia. Hubo años en que pensó en vender su productora, en dejarlo todo y dedicarse a un rubro ajeno a lo artístico.
“Mi imagen estaba muy dañada. Mucha gente me dio la espalda. Había días en que me preguntaba para qué levantarme. Mi familia estaba en Argentina, mis hijos lejos. No tenía trabajo”, recuerda.
En silencio, empezó otro proyecto: “Wow!”, un canal en YouTube dedicado a música en vivo. Reutilizó equipos y se enfocó en producir lejos de las pantallas de TV.
El foco, ahora, está puesto en otro lugar. Sus hijos pisaron por primera vez durante varios días Necochea, la ciudad argentina donde él creció. Caminaron por las mismas calles, jugaron en la misma playa y entraron a la casa donde pasó su infancia.
“Creo que todos aprendimos del pasado. Nadie puede volver el tiempo atrás. Lo único que queda es remediar lo que se pueda y avanzar”, dice. “Fueron dos años muy duros. De mucho aprendizaje. Pero la vida me enseñó que hay que levantarse todos los días, incluso cuando te preguntas para qué. Todo pasa. Con los años uno entiende que en cualquier momento puede venir un sacudón y hay que estar preparado”.
La expareja está viviendo una relación como padres. Tratando de generar una amistad por lo que más aman los dos.: sus hijos
“Hay que apuntalarse en eso. ¿Una reconciliación? Amorosa no. Los dos tenemos claro que el mejor camino es el que estamos tomando: ser compañeros y ser familia. Compartimos once años de vida. Hoy queremos recuperar ese cariño, pero desde otro lugar: como padres. Ya no como pareja”, enfatiza.

Yiddá Eslava y Julián Zucchi, antes de la separación.
/ NUCLEO-FOTOGRAFIA > GIANCARLO AVILA
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Julián Zucchi está soltero. Y, por primera vez en mucho tiempo, cómodo consigo mismo.
“Hoy lo más importante para mí fue recuperar la relación con mis hijos. Mi vida está enfocada en el trabajo y en ellos, y también estoy aprendiendo a dedicarme tiempo. Ya vendrá lo que tenga que venir. Aprendí a estar bien solo, a pasarla bien conmigo mismo. Es hasta peligroso, porque para que alguien llegue a interrumpir esa felicidad, tiene que ser alguien que venga a sumar mucho”, remarca.














