En un contexto de creciente presión ambiental y regulatoria, la industria de la moda enfrenta el desafío de replantear su modelo productivo más allá del uso de materiales reciclados. Durante Colombiatex 2026, se planteó que la sostenibilidad efectiva en el sector pasa por cambiar las características de las prendas que se producen y consumen, priorizando su durabilidad, reciclabilidad y trazabilidad a lo largo de toda la cadena.
En un contexto de creciente presión ambiental y regulatoria, la industria de la moda enfrenta el desafío de replantear su modelo productivo más allá del uso de materiales reciclados. Durante Colombiatex 2026, se planteó que la sostenibilidad efectiva en el sector pasa por cambiar las características de las prendas que se producen y consumen, priorizando su durabilidad, reciclabilidad y trazabilidad a lo largo de toda la cadena.
Estas ideas fueron desarrolladas en la ponencia “El futuro de los materiales”, a cargo de Charles W. Rogers, director para América de Bureau Veritas Consumer Product Services, quien explicó que la industria de la moda es responsable de entre 2% y 8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y genera alrededor de 92 millones de toneladas de residuos textiles al año. A ello se suma que, si bien entre 60% y 68% de los consumidores considera la sostenibilidad como un factor relevante al momento de comprar ropa, el modelo actual sigue basado en altos niveles de sobreproducción y descarte. Se estima que, a nivel global, el sector produce cerca de 100 millones de prendas al año y que aproximadamente 30% de ellas nunca se venden, terminando en rellenos sanitarios.
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Uno de los principales límites del enfoque actual es la baja circularidad de los materiales. Menos de 1% de las prendas que se fabrican hoy son recicladas, mientras que cerca de 88% de las fibras sintéticas utilizadas son vírgenes y provienen de combustibles fósiles. Además, gran parte del poliéster reciclado que se utiliza depende de residuos generados por otras industrias, como la de bebidas, que a su vez está reduciendo el uso de botellas plásticas o migrando a envases alternativos, lo que reduce la disponibilidad de ese insumo, mientras los residuos textiles continúan acumulándose en rellenos sanitarios.
Frente a este escenario, Rogers sostuvo que pequeños cambios en grandes volúmenes pueden generar impactos significativos. Reducir la sobreproducción de 30 millones a 10 millones de prendas anuales tendría un efecto relevante, al igual que extender la vida útil de la ropa. Según explicó, si una prenda promedio se utiliza nueve meses más, la huella de carbono, agua y residuos del sector podría reducirse entre 20% y 30%. En términos prácticos, ello implica pasar de prendas diseñadas para una sola temporada a productos que duren al menos un año o, en el caso de prendas estacionales, que puedan usarse durante varias temporadas consecutivas.

(Foto: UP)
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La durabilidad, sin embargo, enfrenta barreras importantes. Una de las principales está del lado del consumidor, habituado a un modelo de compra impulsado por el marketing y la renovación constante de tendencias. A ello se suma que fabricar prendas más duraderas suele elevar el costo inicial del producto, aunque su costo total a lo largo del ciclo de vida sea menor. En ese contexto, se destacó la necesidad de reconstruir la confianza del consumidor en la promesa de mayor duración y de utilizar las mismas herramientas de comunicación que impulsaron el consumo acelerado para promover la compra de menos prendas, pero de mejor calidad.
En paralelo, se abordaron los desafíos de la reciclabilidad, especialmente en productos fabricados con mezclas de fibras, cuya separación resulta costosa y técnicamente compleja. También se advirtió sobre las restricciones regulatorias para declarar un producto como reciclable y sobre los límites que imponen las normas de etiquetado y el control de sustancias químicas, incluso cuando las concentraciones son mínimas.
(Foto referencial: Pexels)
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El tercer pilar planteado fue la trazabilidad, como condición indispensable para la transparencia y la credibilidad de las afirmaciones de sostenibilidad. Señaló que los consumidores actuales ya no confían únicamente en la reputación de las marcas, sino que buscan verificar la información, mientras que reguladores e inversionistas exigen cada vez más visibilidad sobre lo que ocurre a lo largo de la cadena de suministro. La trazabilidad permite, además, demostrar cumplimiento normativo, facilitar esquemas de economía circular y comunicar mejoras ambientales y sociales que no siempre son visibles en el producto final.
Finalmente, se remarcó que no existe una solución única para la sostenibilidad en la moda y que el avance dependerá de un enfoque integral que combine diseño orientado a la durabilidad, programas de devolución y reutilización, tecnologías de trazabilidad —como los pasaportes digitales de producto— y colaboración entre empresas, reguladores y consumidores. Incluso avances parciales, como reducciones de 10% en residuos o mejoras graduales en la cadena de suministro, pueden generar impactos relevantes dada la escala del sector.




