viernes, abril 24

Hay conciertos que son eventos. Otros, despedidas. Y algunos —muy pocos— son una forma de archivo emocional: una manera de guardar lo vivido antes de que desaparezca. Lo de Megadeth en Costa 21 fue precisamente eso último. Incluso el nombre de la gira lo decía todo: This Was Our Life. Una declaración que no pide permiso, que no suena a marketing, sino a rendición. Dave Mustaine ya lo había insinuado: el cuerpo se cansa, la mano falla, pero la música insiste en quedarse.

Hay conciertos que son eventos. Otros, despedidas. Y algunos —muy pocos— son una forma de archivo emocional: una manera de guardar lo vivido antes de que desaparezca. Lo de Megadeth en Costa 21 fue precisamente eso último. Incluso el nombre de la gira lo decía todo: This Was Our Life. Una declaración que no pide permiso, que no suena a marketing, sino a rendición. Dave Mustaine ya lo había insinuado: el cuerpo se cansa, la mano falla, pero la música insiste en quedarse.

El aire tenía algo distinto desde temprano. No era solo el olor a mar mezclado con cerveza, asfalto y grass sintético, sino una especie de aquella conciencia colectiva que comparten quienes saben que están asistiendo al final de algo, quizá de un tiempo más que de una banda. Y entonces uno piensa y se pregunta qué final, qué epílogo es al que se refiere cualquier mortal lleno de metal y sentimiento.

Porque aquí no solo hubo barbones en camiseta negra brincando y pogueando de un lado a otro, liberando endorfinas y demostrando que la música más pesada, política y que no se toma concesiones, es, a la larga un ritual para reunir personas alrededor de sus pasiones, a familias que se las traspasan a través del vínculo musical, a una madre con su hija, vestidas igual, señalándole con el dedo a unos rockeros que seguramente la acompañaron en sus auriculares durante su adolescencia. Sí, todo eso también es la música más “ruda” del mundo.

El concierto empezó a las nueve en punto de la noche, aunque antes de ello, la banda de metal cajamarquina Hyena encendió el escenario con una poderosa presentación que develó un público entregado y participativo, alejado de cualquier adormecimiento. Tras la presentación del grupo nacional, las luces se apagaron sin aviso.

No hubo introducción grandilocuente, solo un zumbido grave que fue creciendo como si alguien estuviera encendiendo una fábrica abandonada. Y entonces aparecieron.

Megadeth dio cátedra de thrash metal en el Costa 21 de San Miguel. (Foto: Mario Zapata)

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Mustaine al centro, rígido, casi escultórico. A su lado, Teemu Mäntysaari, preciso como un cirujano. Detrás, Dirk Verbeuren, golpeando con una violencia que parecía matemática. Y sosteniendo todo, James LoMenzo, con ese groove pesado que no busca protagonismo, pero lo impone. El primer riff cayó como un golpe seco con “Tipping Point”, una canción nueva, pero con la estructura de una despedida: velocidad, técnica, furia, y debajo, una sensación de urgencia. Como si cada nota estuviera consciente de su propia finitud.

Lo que siguió fue menos un setlist que una biografía en tiempo real: “Hangar 18”, “Sweating Bullets”, “Symphony of Destruction”, canciones que no solo se escuchan: se reconocen. Se habitan.

El repertorio de la gira ha sido consistente desde su inicio en Canadá, con una mezcla de temas recientes y clásicos que definieron el thrash metal. Pero en Lima no sonaron como repetición sino como el manifiesto de una época. Y en el centro de todo, Mustaine: ese sobreviviente, porque la historia de Megadeth no es solo musical, sino casi mitológica.

Hay bandas que nacen de la ambición; Megadeth nació de una herida. Cuando Dave Mustaine salió expulsado de Metallica en 1983, no solo perdió un lugar: perdió una identidad en construcción. Lo que vino después fue una forma de revancha que tomó la estructura de una banda. Megadeth no se formó para acompañar una escena, sino para disputarla. Y esa tensión —entre el virtuosismo técnico y la furia contenida— fue la que se escuchó, intacta aunque envejecida, en Lima. Cada riff parecía arrastrar décadas de insistencia, como si el pasado no hubiera pasado del todo, como si aún hubiese algo que demostrar, incluso cuando ya no hay nadie a quien convencer.

La historia de la banda es también la historia de sus mutaciones. Pocos proyectos dentro del thrash han cambiado tanto de piel sin perder su núcleo. De la violencia casi caótica de “Killing Is My Business…” a la arquitectura perfecta de “Rust in Peace”, pasando por la crítica social afilada del “Countdown to Extinction”, Megadeth ha sido una banda que se piensa a sí misma mientras toca. En Lima, ese recorrido no se sintió como nostalgia, sino como continuidad: canciones separadas por décadas convivían sin fricción, como si hubieran sido escritas en el mismo impulso. Y en medio de todo, la figura de Mustaine —más contenida, más medida— funcionando no como un frontman enérgico, sino como un eje, un punto fijo alrededor del cual todo giraba.

Hubo entrega total de los asistentes. (Foto: Mario Zapata)

Hubo entrega total de los asistentes. (Foto: Mario Zapata)

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El público, por su parte, no asistía: respondía. Había algo casi ritual en la manera en que se entregaban las canciones. No era solo corear letras conocidas, sino habitarlas. En “Symphony of Destruction”, la multitud no gritaba el estribillo: lo pronunciaba con una precisión extraña, como si entendiera que esa canción ya no es solo una pieza musical, sino una especie de diagnóstico que sigue vigente. En “Tornado of Souls”, el solo no fue escuchado, fue esperado, y cuando llegó, hubo un instante, breve pero perceptible, en el que el tiempo pareció comprimirse: miles de personas detenidas en la misma nota, en la misma memoria.

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Pero quizás lo más revelador no estuvo en los momentos de euforia, sino en los intersticios. En los segundos entre canción y canción, cuando el ruido bajaba y quedaba una especie de respiración colectiva. Ahí se sentía algo distinto: no la excitación de un espectáculo, sino la conciencia de estar presenciando algo que no se repetirá muchas veces más. No había tristeza explícita, pero sí una forma de atención más aguda, más concentrada. El público, sin decirlo, sabía que este no era un concierto más, sino una forma de despedida diferida. Y en esa atención, en esa manera de escuchar con todo el cuerpo, se revelaba algo esencial: que la música de Megadeth, más allá de su velocidad o su técnica, sigue funcionando como un lenguaje para nombrar lo que cuesta decir. Y eso, incluso ahora, incluso al final, sigue siendo suficiente.

A mitad del show, algo se hizo evidente: la banda estaba impecable, pero el tiempo seguía ahí: en los pequeños gestos, en la forma en que Mustaine se movía menos, en cómo delegaba ciertos pasajes, en la concentración absoluta, casi quirúrgica.

No había espacio para errores, ni para excesos. No fue un show contenido, pero hay quienes con los años sabemos que la energía no es infinita, así que hay que apostar por la precisión. Ahora ya no era una juventud desbordada, sino la experiencia administrada como quien dice fui genial con mis formas en el pasado, pero aún puedo serlo con estas que me tocan asumir hoy.

Para el final llegó casi lo mejor y lo que hizo que los pogos se formaran espontáneamente en varios sectores de los campos A y B, mientras los agentes de seguridad pasaban corriendo por los lados con bengalas rojas en las manos tras decomisarlas.

Con “Peace Sells” el bajo marcó el pulso mientras el público respondía cada línea, con el índice y el meñique señalando el escenario. Y luego, sin rodeos: “Holy Wars… The Punishment Due”: la canción final, la declaración del último aliento. Lo formidable, para fans y para quienes gustan de la música bien hecha, es que no hubo encore innecesario, ni artificio, solo ese riff inicial, limpio, cortante, que todavía hoy suena como una advertencia.

Y mientras avanzaba la canción, algo se hizo claro: Megadeth no estaba cerrando un concierto, estaba cerrando un relato, porque mientras alguien siga necesitando ese riff para entender algo de sí mismo, mientras alguien vuelva a “In My Darkest Hour” como quien vuelve a una herida, mientras la rabia siga buscando forma, la banda de California va a seguir existiendo, y desde esta latitud se seguirá gritando no acompañado con la frase que no podía faltar en esta latitud: “Perú es Megadeth”.

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