martes, febrero 10

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Es uno de los filósofos más leídos de la actualidad. Su crítica al pensamiento posmoderno y su defensa de lo que llama “nuevo realismo”, es decir una vuelta hacia los hechos y la objetividad, le han deparado una legión de seguidores. El profesor italiano Maurizio Ferraris (Turín, 1956) estuvo de paso por nuestro país, donde se sorprendió de ver cómo el pasado precolombino, la modernidad colonial y la contemporaneidad global pueden convivir sin anularse.

Es uno de los filósofos más leídos de la actualidad. Su crítica al pensamiento posmoderno y su defensa de lo que llama “nuevo realismo”, es decir una vuelta hacia los hechos y la objetividad, le han deparado una legión de seguidores. El profesor italiano Maurizio Ferraris (Turín, 1956) estuvo de paso por nuestro país, donde se sorprendió de ver cómo el pasado precolombino, la modernidad colonial y la contemporaneidad global pueden convivir sin anularse.

MIRA: El manuscrito de una amistad

También le resultó muy grato conocer la Lima de Mario Vargas Llosa: “Recorrer sus lugares –afirma–, ver el café donde trabajaba, fue para mí una emoción profunda, como si la literatura volviera a encarnarse en el espacio y en el tiempo”.

—Al criticar la posmodernidad, cuestiona la frase “No hay hechos, solo interpretaciones”. ¿El nuevo realismo pide devolver valor a lo objetivo frente a lo subjetivo?

El nuevo realismo nace exactamente de la constatación de que la sentencia de Nietzsche, convertida en eslogan posmoderno, ha producido más daños que beneficios. No porque las interpretaciones no existan, sino porque siempre presuponen algo que interpretar. Los hechos no desaparecen cuando los interpretamos y, sobre todo, no dependen de las interpretaciones para existir. En este sentido, el nuevo realismo no es un retorno ingenuo al positivismo ni una negación del papel del sujeto, sino una reafirmación de la fricción de lo real. La ‘stultifera navis’ de nuestra contemporaneidad política nos ha acostumbrado a ver lo real como el juguete de un emperador que hoy quiere poner fin a una guerra y mañana desencadena otra. Pero esto no es solo comportarse como si no hubiera un mañana, sino como si no hubiera un mundo. Antirrealista, bien mirado, es quien piensa que cada muerte es el fin del mundo. Y el antirrealista piensa solo en la suya. Después de mí, el diluvio: así que al diablo el mundo. El realismo comienza cuando esta ilusión cae… El mundo no es lo que coincide con nuestro curso de vida, sino lo que estaba antes de nosotros y, sobre todo, lo que seguirá estando después de nosotros.

(Foto: Katarina Markovic/ The Egs)

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—En ese aspecto, ¿cómo relaciona el nuevo realismo con las nuevas tecnologías, la virtualidad y la inteligencia artificial?

El nuevo realismo suele ser malinterpretado como una reacción nostálgica al pasado, cuando está profundamente arraigado en el presente. Precisamente, la explosión de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial muestran hasta qué punto resulta urgente distinguir entre lo que está construido y lo que no lo está. Lo digital no cancela lo real, sino que lo multiplica, lo registra, lo transforma en huellas. La realidad virtual no es irreal: es una realidad dependiente de infraestructuras materiales, de energía, de trabajo, de datos. La inteligencia artificial, a su vez, funciona porque existen enormes masas de datos que proceden de nuestras acciones. El nuevo realismo proporciona los instrumentos conceptuales para comprender que la tecnología no disuelve la ontología, sino que la vuelve más visible, porque hace explícitas las dependencias entre mundo, registro y poder. Aquí se abre la posibilidad de un saber más necesario que nunca, una tecnosofía, que puede entenderse como la explicitación de un punto que en el nuevo realismo ya era implícito: lo real no es solo aquello que resiste, sino aquello que funciona. El funcionar no coincide con el ser, ni se deja reducir a la ontología clásica, pero tampoco puede pensarse como pura construcción simbólica. Las tecnologías muestran que algo puede funcionar independientemente de las intenciones, de las creencias y hasta de la comprensión de quienes las utilizan. Un algoritmo, una plataforma digital, una infraestructura técnica operan según regularidades que no dependen de la interpretación, sino de una materialidad organizada. En este sentido, la tecnosofía radicaliza el realismo: no se limita a decir que el mundo existe, sino que muestra que el mundo opera.

—En “Webfare”, pide transformar el modelo extractivista de datos impuesto por las grandes compañías tecnológicas en bienestar social, ¿a qué se refiere?

Con “Webfare” he intentado mostrar que lo digital ha introducido una forma de trabajo que durante mucho tiempo ha permanecido invisible. Cada clic, cada like, cada desplazamiento rastreado produce valor, pero este valor se concentra en manos de unas pocas plataformas. La extracción de datos es una nueva forma de explotación, tanto más eficaz cuanto menos se percibe. Transformar este modelo en bienestar social significa reconocer que los datos son un recurso colectivo y que el valor que producen debe redistribuirse. El nuevo contrato social pasa por el reconocimiento jurídico de los datos, una fiscalidad adecuada y, sobre todo, por instituciones capaces de convertir el valor digital en servicios, derechos y protecciones. No se trata de frenar la tecnología, sino de orientarla hacia fines sociales compartidos. La humanidad entera produce datos, es decir, valor potencial, en la web. Sin embargo, Estados Unidos garantiza la libertad, pero no redistribuye el valor, que permanece en manos de muy pocos. El imperio en ascenso, China, lo redistribuye, pero, al ser un Estado bolchevique exitoso, limita la libertad. Para remediar el declive estadounidense, el presidente Trump quiere controlar las plataformas, realizando la obra maestra de una tiranía sin redistribución. ¿Existe una cuarta vía? Desde luego, el webfare. Los tiempos están maduros, no esperemos a que se pudran.

El filósofo pide transformar el modelo extractivista de datos. (Foto: iStock)

/ Moor Studio

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—¿Y qué hacer ante la pérdida de valor de la verdad?, se ha puesto de moda la posverdad y nos hemos visto inundados de noticias falsas, potenciadas por la IA.

La llamada posverdad no es el fin de la verdad, sino el resultado previsible de una desvalorización teórica y práctica sistemática de la verdad. Después de décadas en las que se ha sostenido que todo es interpretación, no puede sorprender que hoy triunfen las interpretaciones más ruidosas, más útiles o más rentables, independientemente de los hechos. La inteligencia artificial acelera y radicaliza este proceso, porque vuelve trivial producir simulaciones creíbles y transforma la confusión entre lo real y lo artificial en una condición estructural del espacio público. La respuesta no puede ser el moralismo ni la censura. Hace falta una respuesta política al problema de lo verdadero. Hacen falta instituciones capaces de producir y defender hechos compartidos, una educación crítica que haga a los ciudadanos cognitivamente equipados, pero también infraestructuras técnicas de verificación, certificación y trazabilidad de la información. La verdad no es una opinión más fuerte ni el resultado de un consenso. Es un vínculo que nace de lo real y que resiste a nuestros intereses y conveniencias. Defenderla significa reconocer su existencia independiente de nosotros y construir instrumentos capaces de hacerla valer.

—Usted habla de la era de la documanidad basada en los datos, ¿qué significa y cuál sería, en ese sentido, el futuro de la filosofía?

Con el término ‘documanidad’ entiendo designar una fase histórica en la que el ser humano se define no solo por la racionalidad o por el lenguaje, sino por la producción incesante de documentos. Cada acto deja una huella, cada relación genera una inscripción. Los datos son documentos, y los documentos construyen el mundo social. Esto no significa que todo se convierta en texto, como pensaba cierta filosofía posmoderna, sino que lo social se funda en registros materiales. El futuro de la filosofía, en este contexto, es doble: por un lado, esclarecer las estructuras del mundo documental; por otro, ejercer una función crítica frente a los poderes que controlan archivos, algoritmos y flujos informativos. La filosofía no pierde relevancia, sino que cambia su terreno de intervención.

—Un comentario final sobre su reciente visita al Perú, ¿qué le llamó más la atención?

Como italiano, procedente de una cultura antigua y estratificada, sentí en el Perú una afinidad inmediata. Los países que llevan consigo tiempos largos, superpuestos, nunca del todo pacificados, reconocen instintivamente el valor de la complejidad. El Perú es uno de estos países: un lugar que ha expresado grandes culturas y grandes figuras, empezando por Mario Vargas Llosa. Recorrer sus lugares, ver el café donde trabajaba, fue para mí una emoción profunda, como si la literatura volviera a encarnarse en el espacio y en el tiempo. Me ha impresionado la estratificación del tiempo que se percibe en todas partes: el pasado precolombino, la modernidad colonial y la contemporaneidad global conviven sin anularse, sin reducirse a folclor o a museo. Esta coexistencia hace que el diálogo filosófico sea particularmente fértil, porque obliga a pensar la relación entre realidad, historia y cultura no de manera abstracta, sino a partir de experiencias concretas, a menudo conflictivas. He encontrado entre los filósofos peruanos un interés auténtico y crítico por el nuevo realismo, no como etiqueta o moda teórica, sino como instrumento para afrontar problemas reales, sociales y políticos. Para un filósofo, este es el signo más alentador: ver que las ideas no permanecen suspendidas en un cielo indiferente, sino que entran en resonancia con contextos vivos, complejos, atravesados por tensiones históricas y materiales. Es allí, en esa resonancia, donde el pensamiento demuestra ser necesario.

«El manifiesto del webfare»

Autor: Maurizio Ferraris (Filósofo italiano)

Editorial: Materia Oscura

Año: 2025

Páginas: 146

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