Hay algo que se repite en el desierto cuando un auto se detiene de golpe: silencio. No un silencio limpio, sino uno cargado, incómodo, como si el viento supiera que algo se rompió. Me tocó verlo más de una vez con Luis Mendoza. El motor fallaba, la carrera se acababa antes de tiempo y, mientras otros renegaban, él se sacaba el casco, sonreía y decía lo mismo de siempre: “Así son los autos, pero hay que quedarse con lo lindo que la veníamos pasando”.
Antes de que el Rally Dakar llegara al Perú, recorrer las dunas en una camioneta no era una moda ni un espectáculo. Era casi una obstinación. Un grupo pequeño de hombres se internaba en el desierto por días, durmiendo en carpas, comiendo polvo y desafiando la lógica con máquinas enormes. Eran pocos. Se podían contar con una mano. Y Lucho estaba ahí.
En un entorno donde muchos compiten por demostrar quién arriesga más o quién se equivoca menos, él entendía algo distinto. Competía pero también compartía. Daba sin pedir, respondía sin que le pregunten y aconsejaba con una precisión que no venía del ego, sino de la experiencia. Tenía esa capacidad rara de detectar, casi sin palabras, quién necesitaba una guía.
El último 20 de marzo, Luis Mendoza padre se fue como se van algunas carreras: sin aviso, sin margen, de un momento a otro. Y en medio de esa noticia, inevitablemente volví a esa escena en el desierto. Porque si algo dejó claro en cada abandono fue su manera de entender el camino: no se trataba solo de llegar, sino de cómo se vivía cada tramo.
Lucho la pasó bien. Fue referente del automovilismo, piedra angular del off road nacional, participante del Dakar y de Caminos del Inca. Manejó vehículos que para muchos eran inalcanzables, como el mítico Celica de Dibós. Pero su verdadera marca no está en la lista de carreras ni en los resultados. Está en las personas.
Con los años, su nombre encontró otra forma de seguir corriendo. Su hijo, también Lucho, lo tomó y lo llevó a otra generación a punta de victorias, humo de drifting y caucho quemado. Y ahí ocurrió algo poco común: el nombre no se desgastó, se expandió. El padre no quedó atrás; se quedó como base.
“La verdadera generosidad hacia el futuro consiste en darlo todo en el presente”, escribió Albert Camus. Y eso fue, al final, Lucho Mendoza: alguien que no se guardó nada. Vivió, corrió y compartió. Hay quienes pasan por el deporte. Y hay quienes lo dejan mejor de como lo encontraron. Buen viaje, Lucho. Esta etapa también la ganaste.




