Los tres casos comparten un rasgo central: combinan disputas territoriales, rivalidades ideológicas y la intervención directa o indirecta de potencias regionales y globales. Más que estallidos inevitables, representan crisis latentes donde un error de cálculo, una decisión política o un hecho inesperado podrían detonar consecuencias que trasciendan sus fronteras.
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China vs Taiwán

China cerró el 2025 con un masivo ejercicio militar que tenía como objetivo cercar a Taiwán. Las maniobras fueron con fuego real e incluyeron la movilización combinada de fuerzas de tierra, mar, aire y disparos de cohetes alrededor de la isla.
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Beijing declaró que el objetivo de estos ejercicios era enviar una “advertencia severa” a las fuerzas separatistas pro-independencia en Taiwán y a las fuerzas externas que, según China, están interviniendo en el conflicto, y demostrar su capacidad de bloquear el acceso de apoyo extranjero a la isla.
El ejercicio se dio luego de que Estados Unidos acordara vender armas a Taiwán por más de 11.000 millones de dólares. Se trata del mayor negocio de este tipo entre ambas naciones e incluye misiles, aviones no tripulados, sistemas de artillería y software militar.
En cuanto al origen del conflicto, este se remonta al desenlace de la guerra civil china en 1949, cuando el Partido Comunista tomó el control del territorio continental y proclamó la República Popular China. El derrotado gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek se refugió en la isla de Taiwán. Estableció allí la capital temporal de la República de China, sosteniendo que seguía siendo el gobierno legítimo de toda la nación.
Desde entonces, Beijing considera a Taiwán una provincia rebelde, mientras que la isla evolucionó con un sistema político, económico y social propio, separado de facto del poder chino.
En adelante, la tensión se mantuvo contenida gracias a un delicado equilibrio diplomático. La mayoría de países, incluido Estados Unidos, reconocen oficialmente a la República Popular China bajo el principio de “una sola China”, pero mantienen vínculos políticos, económicos y militares no oficiales con Taiwán. Este esquema permitió preservar el statu quo: Taiwán no declara formalmente su independencia y China evita una invasión directa, aunque nunca renuncia a la opción militar.
Uno de los momentos más críticos se produjo en las crisis del Estrecho de Taiwán de 1954-1955 y 1958, cuando China bombardeó islas controladas por Taiwán y Estados Unidos desplegó su poder naval para disuadir una escalada. Décadas más tarde, en 1995 y 1996, nuevas maniobras militares chinas y lanzamientos de misiles cerca de la isla reactivaron el temor a un conflicto armado, en respuesta a gestos diplomáticos de Taiwán hacia Washington.
La tensión volvió a escalar a partir del 2016, con la llegada al poder en Taiwán de gobiernos que enfatizaron una identidad taiwanesa diferenciada de China. Beijing respondió endureciendo su discurso, aumentando la presión militar y diplomática y reduciendo el espacio internacional de la isla. Paralelamente, Taiwán se consolidó como un actor clave en la economía global por su liderazgo en la producción de semiconductores, lo que elevó su valor estratégico.
En los últimos años, China intensificó ejercicios militares alrededor de Taiwán, con incursiones aéreas y simulacros de bloqueo naval. Estas acciones coincidieron con un mayor involucramiento de Estados Unidos, que incrementó la venta de armas a la isla y reforzó su presencia militar en la región del Indo-Pacífico.
India vs. Pakistán
El conflicto entre India y Pakistán nació con la partición de la India Británica en 1947, que dio origen a dos estados independientes definidos por criterios religiosos, India y Pakistán.
La división apresurada dejó heridas profundas, desplazamientos masivos y una disputa central: la región de Cachemira, de mayoría musulmana, que no fue asignada a ningún país y desde entonces es disputada por India, Pakistán y, en menor medida, China.
Actualmente, la mayor parte de Cachemira está en manos de India, otra porción es administrada por Pakistán, y una pequeña sección reclamada por India está bajo control chino.
India y Pakistán se enfrentaron en varias guerras abiertas, principalmente en 1947-48, 1965 y 1971, además del conflicto de Kargil en 1999. Estos episodios consolidaron una frontera de facto —la Línea de Control— sin resolver el estatus definitivo de Cachemira. Cada guerra profundizó la desconfianza mutua y reforzó narrativas nacionales que presentan al otro como una amenaza existencial.
La rivalidad adquirió una dimensión más peligrosa cuando ambos países desarrollaron armas nucleares, probadas públicamente en 1998. Desde entonces, el conflicto entró en una fase de disuasión: la posibilidad de una guerra total quedó limitada por el riesgo nuclear, pero aumentaron los enfrentamientos indirectos, los choques fronterizos y las crisis diplomáticas. La estabilidad pasó a depender de la contención política más que de acuerdos formales.
En el siglo XXI, el principal detonante de tensiones ha sido los atentados en territorio indio atribuidos a grupos militantes con base en Pakistán, especialmente en Cachemira. Ataques como los de Bombay en el 2008 o Pulwama en el 2019 provocaron respuestas militares indias, incluidos bombardeos más allá de la Línea de Control, seguidos de represalias pakistaníes. Cada episodio dejó al descubierto lo cerca que ambos países pueden estar de una escalada mayor.
El último enfrentamiento armado directo entre India y Pakistán de febrero del 2019, que fue consecuencia del atentado de Pulwama, es considerado como el episodio militar más grave entre ambos países en décadas.
Pero en abril del año pasado ambas potencias nucleares vivieron un período tenso que duró unas tres semanas con ataques con misiles y drones en Cachemira.El 10 de mayo acordaron un alto el fuego con la mediación de Estados Unidos.
La guerra civil en Yemen
El conflicto actual en Yemen se desencadenó tras las revueltas de la Primavera Árabe en el 2011, que forzaron la salida del presidente Ali Abdullah Saleh luego de más de tres décadas en el poder. El proceso de transición política fracasó y dejó un Estado débil, fragmentado y atravesado por tensiones históricas entre el norte y el sur del país.
En ese contexto, el movimiento hutí, de base chiita zaidí y originario del norte, capitalizó el descontento social y avanzó militarmente hasta tomar la capital, Saná, en el 2014.
La caída de Saná y el colapso del gobierno reconocido internacionalmente llevaron a Arabia Saudita a intervenir militarmente en el 2015, encabezando una coalición árabe para frenar a los hutíes y restaurar al Ejecutivo yemení.
Riad percibió el avance hutí como una amenaza directa a su seguridad y como una expansión de la influencia de Irán en la península arábiga. Desde ese momento, la guerra civil se transformó en un conflicto regional. Irán negó inicialmente una implicación militar directa a gran escala, pero reconoció apoyo político, logístico y estratégico a los hutíes.
Con el paso de los años, Yemen se convirtió en una pieza más de la red de influencia regional de Irán, junto a Hezbolá en Líbano, Siria, Irak y Hamás en Gaza, en su pulso estratégico con Arabia Saudita y Estados Unidos.
El uso de misiles y drones por parte de los hutíes contra territorio saudí y su presencia en rutas marítimas internacionales reforzó la percepción de Yemen como un frente más de la rivalidad Irán–Arabia Saudita.
Aunque Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos intervinieron como aliados en Yemen, sus objetivos no siempre coincidieron. Riad priorizó la seguridad de su frontera sur y la contención de Irán, mientras que Abu Dabi concentró su influencia en el sur de Yemen, apoyando a milicias separatistas y asegurando posiciones estratégicas en puertos y rutas marítimas. Esta divergencia contribuyó a una mayor fragmentación del país y debilitó aún más al gobierno central.
Estados Unidos, Reino Unido y Francia respaldaron a la coalición saudí con apoyo logístico, inteligencia y venta de armas, aunque con distintos grados de involucramiento a lo largo del tiempo.
Al mismo tiempo, organizaciones yihadistas como Al Qaeda en la Península Arábiga y células del Estado Islámico aprovecharon el caos para ganar presencia en Yemen.
Más recientemente, los ataques hutíes contra Israel en defensa de Hamás y sus acciones para perturbar el tráfico marítimo en el mar Rojo y el golfo de Adén colocaron a Yemen en el centro de la seguridad del comercio global, involucrando a potencias navales occidentales.
El conflicto latente más peligroso de los tres
El periodista y analista internacional Carlos Novoa identifica a China Taiwán, India–Pakistán y Yemen como los principales conflictos latentes más próximos y sensibles del escenario global, aunque advierte que no todos presentan el mismo nivel de riesgo.
Desde su perspectiva, el caso más peligroso hoy es Yemen, por su carácter de guerra por delegación y la multiplicidad de actores involucrados, mientras que en los otros dos casos predominan mecanismos de contención diplomática que reducen la probabilidad de un enfrentamiento directo.
Sobre el conflicto entre China y Taiwán, Novoa sostiene a El Comercio que existe una contraposición clara de posiciones, pero descarta una escalada militar abierta. “China no va a permitir que terceros países se acerquen a Taiwán, porque la considera una provincia rebelde”, señala, y explica que los ejercicios militares chinos responden a gestos políticos de Taipéi que Beijing considera provocaciones.
Novoa remarca que un conflicto armado entre China y Taiwán sería una catástrofe mundial, tanto por el nivel de armamento involucrado como por el impacto devastador en el comercio global, especialmente en Asia, razón por la cual cree que la tensión seguirá contenida.
En cuanto a India y Pakistán, Novoa subraya que se trata de otro conflicto histórico, vigente desde 1947, agravado por el hecho de que ambos países poseen armas nucleares.
Advierte sobre la inestabilidad de Pakistán, en particular en su frontera con Afganistán y la presencia de grupos radicales, pero destaca el peso demográfico, militar y económico de India como factor disuasivo. A su juicio, pese a la persistencia de tiranteces, la diplomacia y el temor a una escalada nuclear impedirán que el conflicto derive en una guerra abierta.
El escenario cambia radicalmente al analizar Yemen, que Novoa define como el caso más complejo y volátil. Allí, explica, confluyen una guerra civil interna y una confrontación indirecta entre potencias regionales y globales. “Es un conflicto proxy”, afirma, en el que intervienen actores como Irán, Arabia Saudita, Israel y Estados Unidos, con ataques hutíes, respuestas israelíes y presencia naval estadounidense en una zona estratégica como el Golfo Pérsico.
A diferencia de los otros conflictos, Yemen carece —según Novoa— de factores de contención sólidos: no es una potencia militar ni económica, no posee armamento nuclear y atraviesa una profunda fragmentación interna, con luchas de clanes y lealtades cambiantes. Esa debilidad institucional hace que cualquier facción pueda alterar el equilibrio y que el conflicto interno se proyecte hacia toda la región.
“En Yemen, la diplomacia no tiene un nivel real de control”, concluye, al advertir que desde ese país el conflicto puede expandirse hacia el Golfo Pérsico y el Medio Oriente en general, elevando el riesgo de una escalada mayor.




