Alfredo Bryce Echenique gozó de una circunstancia que comparte con muy pocos autores nacionales: sus novelas y cuentos forman parte insoslayable de la educación sentimental de varias generaciones de peruanos, desde la publicación de sus primeras ficciones, contenidas en “Huerto cerrado” (1968) hasta la actualidad. Porque los tiempos cambian, pero Bryce queda: con conocimiento de causa puedo decir que todavía, en estas épocas deprimentes de tiktokers, therians y demás adefesios, hay chicos capaces de conmoverse con las ilusiones y frustraciones de Manolo en “Una mano en las cuerdas”, con sus pretensiones hormonales ilustradas en “El descubrimiento de América” o con el candor y asombro de Julius vagabundeando por los interminables pasadizos de su palacete de la avenida Salaverry.
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Hay novelas notables que no gozaron del calado que merecían porque no aparecieron en el momento en que debían aparecer. “Un mundo para Julius”, en cambio, vio la luz en el periodo histórico preciso para convertirse en un acontecimiento: era 1970, la Revolución peruana del general Velasco se hallaba en su apogeo y las grandes reformas que implementó comenzaban a transformar para siempre el rostro del país. Fue en ese contexto agitado donde la obra de Bryce impactó de manera indeleble a sus lectores. Después de todo, era una historia acerca de la decadente oligarquía limeña vista a través de los ojos de un niño ultrasensible y contada por uno de sus mismos integrantes, un escritor de izquierda, por lo demás. Pero ello no explica de manera convincente el enorme éxito que este libro ha cosechado en nuestra lengua. Tal vez este se deba a la empatía que la naturaleza desclasada de Julius nos provoca, su incapacidad para asumir el lugar que su estirpe le reserva, para incorporarse al juego de apariencias al que sus allegados se someten sin cuestionarse. Esa misma índole indefinida y en constante offside anima a sus personajes más memorables, como Pedro Balbuena, el narrador de “Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín” y, por supuesto, Martín Romaña.
«Un mundo para Julius», de Alfredo Bryce Echenique.
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“La vida exagerada de Martín Romaña”, publicada en 1981, es la novela más conseguida y singular de Bryce, al margen de la fama que ha acumulado “Julius”. Fabulación de germen autobiográfico, resulta el libro que con mayor despojamiento ha descrito la experiencia de los intelectuales peruanos en Francia durante los años turbulentos de Mayo del 68 y su respectiva resaca setentera. Zarandeado entre el amor por la temperamental Inés, sus filiaciones revolucionarias que ejercita con más dudas que convicciones y sus obstáculos para convertirse en escritor, Romaña desgrana las duras y jocosas vicisitudes de su exilio lejos de una patria en la que “hasta los comentarios hacen huelga, así que huelgan comentarios”.

«La vida exagerada de Martín Romaña», de Alfredo Bryce Echenique.
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Después de “La vida exagerada” Bryce escribió una segunda parte, “El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz” (1985), ostensiblemente menor en comparación, y luego la cumplidora “La última mudanza de Felipe Carrillo” (1988). Es en los noventa donde su pluma resurge con nuevo brío. Tras las muy divertidas noveletas de “Dos señoras conversan” (1990), lanza el brillante primer tomo de sus antimemorias, “Permiso para vivir” (1993), una lectura envolvente, nostálgica, alegre y que rezuma la sabiduría de un hombre que ha forjado una propia filosofía del amor, del deseo, de la ternura y la amistad.
De esa etapa es también su última obra maestra, “No me esperen en abril”, que significó todo un suceso mediático. Bryce reformulaba a los personajes de su “Huerto Cerrado” para crear al atribulado Manongo Sterne, quien, enamorado de la linda Teresa Mancini, abre la puerta a un panorama riquísimo que muestra la evolución social peruana a lo largo de cuatro décadas de crisis, dictaduras populares y democracias débiles. El humor elegante y a la vez hiperbólico, cuya profunda comprensión de sus extravagantes criaturas anula toda posibilidad de trazo grueso, hace de esta novela la más madura y totalizadora de toda su narrativa.
«No me esperen en abril».
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Luego de “No me esperen en abril”, Bryce publicó una extensa secuencia de libros mediocres (“Reo de nocturnidad”, 1997, “Guía triste de París”, 1999, “El huerto de mi amada”, 2002) o francamente pésimos (“La amigdalitis de Tarzán”, 1998, “Las obras infames de Pancho Marambio”, 2007, “Dándole pena a la tristeza”, 2012) que poco o nada agregan a las virtudes de la primera parte de su producción. A este declive literario se sumó el ético: por esos años se descubrió una multitud de columnas plagiadas que había publicado con su firma. Más allá de este hurto creativo, lo que decepcionó a muchos de sus seguidores fue la incapacidad del escritor para reconocer su falta y rectificar. Nunca lo hizo e incluso respondía con necedad y soberbia a quienes le recordaban ese episodio vergonzoso. Si bien eso no rebaja un ápice sus grandes logros como narrador, sí nos produjo esa incómoda sensación de que Bryce era una figura que podíamos admirar pero que cada vez costaba más querer.
Quizá la muerte, que suele mejorar a la gente, imponga un velo piadoso sobre estos hechos. O tal vez no. Lo cierto es que sus libros siempre estarán ahí, para emocionarnos con ese humor tristón e intransferible con el que aprendimos a reconocerlo. Eso nadie se lo podrá arrebatar.




