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Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Cada año, la carrera al Óscar no solo enfrenta a películas y creadores, sino también a narrativas paralelas hechas de polémicas, filtraciones y disputas reputacionales que emergen cuando las candidaturas comienzan a perfilarse como favoritas.

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En la carrera al Óscar, cuando una película empieza a dominar la conversación sin fisuras, algo suele aparecer para romper esa inercia. No siempre es una crítica estética ni un análisis de guion: a veces es un tuit viejo, una acusación lateral o una duda ética que irrumpe justo cuando la votación entra en su fase decisiva. Este año, ese ruido tiene nombre propio: “Marty Supreme”, uno de los títulos más comentados de la temporada y fuerte candidato en categorías como Mejor Película y Mejor Dirección.

En la carrera al Óscar, cuando una película empieza a dominar la conversación sin fisuras, algo suele aparecer para romper esa inercia. No siempre es una crítica estética ni un análisis de guion: a veces es un tuit viejo, una acusación lateral o una duda ética que irrumpe justo cuando la votación entra en su fase decisiva. Este año, ese ruido tiene nombre propio: “Marty Supreme”, uno de los títulos más comentados de la temporada y fuerte candidato en categorías como Mejor Película y Mejor Dirección.

La cinta, dirigida por Josh Safdie, llegó a la temporada de premios como una de las biopics más comentadas del año. Sin embargo, tras anunciarse sus nominaciones, el foco se desplazó abruptamente hacia el pasado de su director, luego de que resurgieran denuncias vinculadas a un presunto comportamiento inapropiado durante el rodaje de “Good Time” (2017). La polémica, ajena a la película en competencia, reconfiguró el debate en torno a un filme que hasta entonces había sido evaluado casi exclusivamente por sus méritos cinematográficos.

Protagonizada por Karla Sofía Gascón, Emilia Pérez llegó a la temporada de premios como una de las películas más nominadas del año, pero su campaña se vio atravesada por la reaparición de antiguos tuits.(Foto: Pathé)

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Algo similar ocurrió con “Emilia Pérez”, nominada a Mejor Película, Mejor Dirección y varias categorías actorales. Cuando parecía encaminada a consolidarse como una de las grandes favoritas, resurgieron antiguos tuits de Karla Sofía Gascón, protagonista del filme. Comentarios polémicos publicados años atrás detonaron una reacción en cadena que obligó a reajustar la estrategia de promoción. La película siguió en carrera, pero el relato mediático dejó de centrarse en su propuesta artística para enfocarse en el pasado digital de su elenco.

El caso de “Green Book” ofrece un antecedente cercano y elocuente. Durante su campaña —cuando competía y finalmente ganó el Oscar a Mejor Película 2019— salieron a la luz viejos mensajes de su coguionista Nick Vallelonga, acusados de islamofobia. Más reciente es la controversia alrededor de “The Brutalist”, nominada a Mejor Actor por la interpretación de Adrien Brody. La revelación del uso de inteligencia artificial para perfeccionar el acento del actor en algunas escenas abrió un flanco inesperado, volviendo a demostrar cómo cualquier detalle puede convertirse en munición cuando una candidatura luce demasiado sólida.

La interpretación de Adrien Brody en The Brutalist fue una de las más comentadas de la temporada, aunque su nominación quedó envuelta en controversia tras revelarse el uso de inteligencia artificial para ajustar el acento del actor.

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Estas estrategias no son nuevas. En 2001, “A Beautiful Mind”, nominada a ocho premios y ganadora de cuatro Oscar, enfrentó una campaña paralela centrada en desacreditar al autor del libro original sobre John Nash. Se difundieron acusaciones de antisemitismo, adulterio y omisiones deliberadas, buscando erosionar la legitimidad de una película que competía por Mejor Película y Mejor Director. Nada de eso impidió su victoria, pero sí marcó el tono de la discusión pública.

Otro caso fue “La noche más oscura” (“Zero Dark Thirty”), nominada a Mejor Película y Mejor Guion. La cinta de Kathryn Bigelow fue acusada de haber recibido información privilegiada de la CIA y de justificar métodos de tortura. El debate trascendió lo cinematográfico y se instaló en el terreno político, poniendo en entredicho la ética del proyecto justo cuando estaba en plena carrera al Oscar.

Estrenada en 1941 y hoy considerada una obra fundacional del cine moderno, Citizen Kane enfrentó una dura campaña de desprestigio impulsada por el magnate William Randolph Hearst.

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Si retrocedemos más, “Citizen Kane”, nominada a nueve premios en 1941, es quizá el ejemplo más extremo. William Randolph Hearst, magnate de la prensa y evidente inspiración del protagonista, impulsó una campaña mediática para boicotear la película. Acusó a Orson Welles de antipatriota y simpatizante comunista, presionó a salas de cine y usó su imperio periodístico para desacreditarla. El resultado: una obra hoy canónica que solo ganó un Oscar.

Las campañas sucias no garantizan victorias ni derrotas, pero sí revelan una constante: en Hollywood, el Oscar no se disputa únicamente con películas. Se juega también en el terreno del relato, la reputación y la oportunidad. Y en ese juego, el pasado —real o reinterpretado— suele aparecer justo cuando más duele.

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