Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Ni juntos hacen guerra. En la encuesta de Datum publicada aquí el domingo pasado, el general José Williams, de Avanza País, lucía un ínfimo 0.4%; su colega de armas del Ejército, Roberto Chiabra, de la alianza Unidad Nacional, apenas lo superaba con 0.5%; mientras el general FAP en retiro, Wolfgang Grozo, líder de Integridad Democrática, los atrasaba con 0.7%. La encuesta de Ipsos publicada el jueves en Perú21 fue más halagüeña para Williams, pues le da 2%. Pero no es para que se saquen la lengua entre ellos, eh. Con esas cifras no se puede establecer ni jerarquías ni pronósticos, pues están dentro de lo que estadísticamente se llama margen de error y, militarmente, la retaguardia. Mención aparte para Herbert Caller, candidato del Partido Patriótico. No llegó a general sino a comandante en la Marina. Tiene 0.2% en Datum.
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Javier Bedoya Denegri, secretario general del PPC y principal promotor de la alianza que lleva a Chiabra a la cabeza, me comenta su impresión que va de la pica a la esperanza: “Mira, yo camino y veo que la gente está desenganchada, que no tiene idea de cuándo son las elecciones, ni quiénes se presentan, más allá de los más conocidos. Tenemos que esperar pronto que la gente se enganche con la campaña y luego se enganche con Roberto”. Javier subraya una fortaleza de su candidato que esperan facilite el ansiado ‘enganche’: su performance mediática es sólida, con voz de mando experimentado y remates cachacientos. Tiene razón, aunque hay un tono de refunfuño de veterano arrogante que podría jugarle en contra.

Roberto Chiabra, candidato presidencial por la alianza Unidad Nacional. (Foto: Álvaro Figueroa/@photo.gec)
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En los primeros meses del 2025, hubo mucha agitación para formar alianzas. ‘Somos muchos, si no nos juntamos, nos hundimos’ se decían unos a otros los mini candidatos. Pero la misma razón que los llevó a ser cabeza de ratón fundando minipartidos les impidió aliarse: todo ratón quiere presidir el grupo. Apenas se forjaron tres minialianzas. Abortó una más grande. Javier Bedoya la bautizó ‘Grupo 5’ pues la integraban Rafael Belaunde de Libertad Popular, Fiorella Molinelli de Fuerza Moderna, Carlos Espá de Sí Creo y el PPC, que deponía su afán presidencial en beneficio de Roberto Chiabra, de Unidad y Paz. Para el viejo partido, Roberto, general del Ejército en retiro, veterano del combate contra el terror y contra el Ecuador, encarnaba la mano dura, la visión estratégica y la reserva de integridad moral que triunfaría contra la lacra del crimen organizado. No se diga más, Roberto era la voz.
El problema, cantado como el himno, es que los otros tres también querían ser la voz y no se conmovieron cuando Chiabra, exhibiendo sus 75 años, les dijo: “A diferencia de ustedes, esta sería mi primera y última postulación”. El PPC, para convencerlos, convocó a Manuel Saavedra, el fundador de la encuestadora CPI, para que explicara cómo así la confluencia de anhelos populares, del perfil de Roberto y de los astros, lo hacían un probable salta valla y, quién sabe, un ganador. En Grupo 5 se deshizo (ver mi crónica “El general se vota” del 20/7/2015). La alianza, ahora llamada Unidad Nacional (igual que la coalición encabezada por el PPC que lanzó a Lourdes Flores en el 2006), se redujo al PPC, a Unidad y Paz y al pequeñito partido, Peruanos Unidos: ¡Somos Libres! (PUSL)
Retengan ese nombre más grande que el partido; porque nos llevará a otro general en retiro. A PUSL lo fundó y presidió Tomás Aladino Gálvez, que quería ser candidato presidencial. Pero, cuando el Poder Judicial le permitió volver a ser fiscal supremo en mayo del 2025, dejó el partido en manos de su socio correligionario Renán Galindo. Antes de ello, Gálvez buscó una alianza con otro minicandidato, Wolfgang Grozo, para que este la presida. Según me contó Grozo, instantes previos a anunciar la que sería la primera alianza electoral, Galindo quiso cambiar radicalmente el acuerdo proponiendo que su grupo lo presida. La conferencia de prensa y la alianza abortaron. PUSL se fue con Chiabra y Grozo quedó solo con su gente, con el mismo ideal de mano firme y seso estratégico que ilumina la velita de Chiabra. Grozo, por cierto, ha dirigido el sistema de inteligencia de la FAP y la Dirección de Política y Estrategia del Ministerio de Defensa.
¿Y qué me dicen de Williams? El general victorioso de Chavín de Huántar y del Andahuaylazo, no tiene las habilidades discursivas de Chiabra. Por eso fue un presidente del Congreso con perfil bajo y ahora no se prodiga en entrevistas. Por eso no fue el candidato natural de Avanza País sino el reemplazo luego de que la relación del partido con su outsider Phillip Butters se hizo insostenible. En una reciente crónica (“Avanza País: empujando al tren” del 5/2/2026), les conté parte de la estrategia ‘avancista’, ideada por el publicista Carlos Raffo y el equipo de campaña: fortalecer a Williams como la encarnación de la estrategia y mano firme que derrotó a SL y al MRTA y ahora debiera servir contra el crimen organizado. Pero cuadrarse ante Williams -saludo oficial en los spots y presentaciones de la plancha- no está resultando muy persuasivo.
José Williams es candidato presidencial de Avanza País en reemplazo de Phillip Butters. (Foto: Congreso)
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El espía
Grozo ha despertado la curiosidad de algunas burbujas. Además de militar de inteligencia en retiro, ha sido docente de gestión empresarial en la Universidad de Lima. Y tiene una historia que no puede contar porque es secreto de estado. Entrevistado por Milagros Leiva, dijo que tenía un reconocimiento como ‘defensor de la patria calificado, por acciones destacadas en territorio hostil’. Dijo, además, que no podía contar la razón detrás de ello. Yo también se lo he preguntado y se ha negado a hacerlo. Pero una fuente militar me ha había contado su historia tiempo atrás. Se las contaré.
Wolfgang Grozo, candidato presidencial del partido Integridad Democrática, fue entrevistado en el podcast «Siempre a las 8» de Milagros Leiva. (Foto: Joel Alonzo / @photo.gec)
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En 1995 padecimos la guerra del Cenepa con el Ecuador. Por cierto, otro de los generales en esta crónica, Chiabra, fue un importante mando operativo en el terreno de acción, lo que le valió más tarde ser comandante general del Ejército y Ministro de Defensa durante el gobierno de Toledo. Volvamos a la historia de Grozo. La guerra de 1995, corta y focalizada pero intensa, no resolvió el problema de fondo de la demarcación fronteriza. El gobierno de Fujimori se propuso cerrar un acuerdo de paz a como diera. En una paciente y ambiciosa operación de espionaje, Grozo fue enviado por una temporada a un tercer país. La idea era que se empape de esa cultura y acento ajenos, para que luego se traslade a Ecuador con una identidad y nacionalidad falsa, correspondiente a eso país. Su misión era penetrar en círculos del gobierno ecuatoriano. Llegó a ser parte del entorno de confianza de un personaje de alto nivel, lo que le permitió manejar secretos de estado. Los resultados de ese espionaje sirvieron para apurar el acuerdo de paz en Brasilia con la cesión simbólica de Tiwinza.
Años después, en el 2009, nos estalló un tremendo escándalo de espionaje. Víctor Ariza, suboficial de inteligencia de la FAP, había espiado a favor de Chile. Fue detenido y procesado. Sin embargo, llegó a vender a Chile secretos de espionaje que dejaron expuesto parte del trabajo que hacía el equipo de Grozo. Quizá estemos ante un primer caso de candidato presidencial que ha trabajado en operaciones de espionaje internacional. Y no lo puede contar.
Conversé con Grozo, eso sí, sobre su campaña. Me insistió en la visión estratégica del manejo de la crisis de inseguridad, lugar común de los candidatos ex uniformados. Quizá allí radique la oportunidad y el límite de los tres casos comentados. La gente reconoce que el ‘knowhow’ y la mano firme contra el crimen están asociados a las Fuerzas del Orden. No es gratuito que en el 2021 llegaran al Congreso los almirantes José Cueto y Jorge Montoya, además de Williams. Pero ser parte de una lista congresal o de un equipo de gobierno que demanda una especialización contra el crimen; es distinto a ser candidato presidencial. Este último necesita un perfil y un relato que genere un vínculo de representación con una amplia mayoría. Si su campaña insiste en su extracción de cuartel, pone por delante una formación, una historia, un régimen especial desde educativo hasta pensionario, que lo hace privilegiado y diferente. Tendría que ceñirse a valores esenciales y no a sus distingos.
¿Ollanta Humala fue una excepción? A diferencia de nuestros tres generales, el ex presidente llegó solo a teniente general y protagonizó la sublevación de Locumba (octubre del 2000) dentro del mismo régimen en el que los otros terminaron sus carreras como altos mandos. Cuando ganó en el 2011, estaba rodeado de un entorno cívico, arropado en una campaña que no puso el énfasis en su pasado militar sino en sus convicciones de reforma y en cualidades humanas. Sus aliados eran el polo opuesto de quienes ahora promueven los valores militares. No es casual que aquel grupo que hoy es llamado caviar o progresista, antes se conoció como ‘cívico’.
El dilema de las tres campañas citadas es cuánto explotan el específicamente lado militar y cuánto proyectan esos valores esenciales de patria y orden, virtudes genéricas de mando y pensamiento estratégico que fueron pulidas en su carrera militar y complementadas en otras experiencias vitales. Raffo en Avanza País, el también conocido marketero político Abel Aguilar en Unidad Nacional y Alejandro Pucci, en Integridad Democrática, tienen que desatar ese nudo en las campañas de sus generales.
El Perú no es fanático de lo militar per se. El fujimorismo promovió, antes que cualquier partido, la épica del triunfo militar policial sobre el terrorismo; pero solo ha llevado a ex uniformados (antes el general PNP y ex GEIN, Marco Miyashiro; hoy, el ex jefe del comando conjunto de las FFAA, César Astudillo, y el repitente almirante Carlos Tubino) en listas al Congreso. Es el mismo caso de Renovación Popular, que llevó a los citados Cueto y Montoya, y hoy postula al vicealmirante Francisco Calisto. En el espectro de la izquierda también hay un general en retiro: Wilson Barrantes, ex jefe de la DINI, que va en el ala castillista de Podemos.
¿Se romperá el mito del general salvador? Se le pregunté a Pucci, estratega de Grozo, confrontándolo con las magras votaciones de los 3 citados. “La gente está hastiada del sistema y es capaz de votar por satanás si está contra el sistema. Eso sería peligrosísimo. Pero los militares encarnan hoy universalmente, los principios y valores que se han perdido. Los otros dos [Chiabra y Williams] son congresistas, son parte del sistema. Wolfgang es el outsider militar radical de centro, tirando para la derecha”, me replicó.
Tienen pocas semanas, Williams y Chiabra, para convencernos de que podrían componer aquello de lo que han sido parte y Grozo para despuntar entre la tropa de minicandidatos. Williams y Chiabra tienen un dilema nuevo: se les abre un atajo para una presidencia corta, perso si lo tomaran, se olvidan de la ruta larga hacia la valla inalcanzable. Si dan las señales adecuadas, cualquiera de ellos podría ser el sucesor de Jerí en caso de que cayera censurado o vacado. No tienen anticuchos y, sobre todo el primero, podría armar una correlación favorable en el Congreso. Pero, sino sabemos que pasará con Jerí menos sabemos quiénes saltarán la valla.




