martes, junio 2

Cuando algo que usamos todos los días funciona bien, con el tiempo es normal que vaya haciéndose “invisible”.

Si todos los días prendo la cocina y, sin falta, se enciende la llama con la que calentaré el agua o prepararé mi comida, lo más probable es que no piense en los kilómetros de intrincadas tuberías que han traído el gas a mi casa desde la selva del Cusco. O, si mi carro arranca cada mañana para ir a trabajar, difícilmente manejaré pensando en las constantes explosiones que ocurren dentro del motor, en la sincronía precisa de los pistones y bujías o, mucho menos, en el largo viaje que hizo el combustible desde un pozo para llegar a mi tanque.

Solo cuando uno de estos procesos se interrumpe, la pieza que falló pasa a ser protagonista de nuestro día. Siempre estuvo ahí, siempre fue fundamental, pero la dimos por sentada hasta que no pudimos ignorarla. Así operan muchas de las estructuras con las que convivimos. Pero lo peor que podríamos hacer es terminar restándoles importancia.

Es, por ejemplo, el caso de nuestra moneda. Para todos los peruanos, en los últimos 30 años, que un billete de diez soles mantenga su valor de una semana a otra es algo normal. De hecho, para el 26% de electores –los ciudadanos entre 18 y 29 años– la hiperinflación es algo de lo que solo han escuchado en el colegio o la universidad. Sin embargo, detrás de precios estables, de una moneda que mañana sirve para comprar lo mismo que hoy –sobre todo en comparación con otros países de la región–, hay un Banco Central de Reserva autónomo que ha sostenido la inflación en un dígito durante las últimas tres décadas.

Pasa también con la oferta a la que estamos expuestos todos los días en las bodegas o supermercados. La convivencia de productos peruanos con otros provenientes del extranjero no es resultado del azar, sino la consecuencia de más de 20 acuerdos comerciales suscritos por el Perú desde comienzos de los 2000. Los mismos que permiten, no solo que podamos consumir lo que otros países producen, sino que ayudaron a que nuestras exportaciones de bienes alcanzaran US$ 90,082 millones en el 2025. Todo gracias a una estructura institucional y logística que, pese a sus brechas, permite que el comercio exterior opere con normas técnicas que se cumplen y, sobre todo, contratos que se respetan.

Lo mismo puede decirse de la cadena de pagos. Hoy podemos pagar una taza de café con el celular en cuestión de segundos y, en paralelo, el comerciante paga a sus proveedores y estos a los productores. Según el BCRP, el peruano promedio pasó de hacer 59 transacciones digitales al año antes de la pandemia a más de 600 en el 2025. Y detrás de todo esto hay un sistema interbancario confiable, bancos solventes, reglas que se respetan y avances notables en inclusión financiera.

El común denominador de los cimientos invisibles a los que nos hemos referido es que ninguno funcionaría como debe (y como nos hemos acostumbrado) sin la existencia de reglas claras, criterios técnicos y estabilidad mínima. Y es importante saber que su correcta operación, y el bienestar que esto ha traído a todos los peruanos, puede malograrse si el orden que hoy los mantiene desaparece o se altera de manera arbitraria.

Estando a días de elegir a quién nos gobernará por los próximos cinco años, vale la pena mirar las condiciones que nos rigen sin que las notemos, no darlas por sentadas, y votar de manera informada por quien consideremos que puede cuidar los cimientos que funcionan y mejorar los que no. Porque como dije antes, solo cuando estos procesos se interrumpen uno se da cuenta de lo importantes que eran.

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