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Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

De lunes a viernes, a las tres en punto de la tarde, una hora antes de que arranque el programa, cuando el tráfico empieza a apretar en Lima, alrededor de una mesa, tres hombres se reparten tareas, chistes y silencios. Afuera, el país arde en política, farándula y deporte. Adentro, ellos intentan ordenarlo todo en una escaleta que, saben, terminará estallando en improvisación y risas. Así se cocina “Los Chistosos”: con estructura y oficio, con libreto, instinto y picardía.

De lunes a viernes, a las tres en punto de la tarde, una hora antes de que arranque el programa, cuando el tráfico empieza a apretar en Lima, alrededor de una mesa, tres hombres se reparten tareas, chistes y silencios. Afuera, el país arde en política, farándula y deporte. Adentro, ellos intentan ordenarlo todo en una escaleta que, saben, terminará estallando en improvisación y risas. Así se cocina “Los Chistosos”: con estructura y oficio, con libreto, instinto y picardía.

Es martes. Hernán Vidaurre afina una voz; Manolo Rojas prueba una risa; Daniel Marquina escucha, interviene, propone. Entre ellos, la química parece antigua.

Marquina se adaptó al toque. Es hombre de radio, conoce el ritmo, es canchero. Hicimos match rápido y ahí vamos, avanzando. Además, tiene una legión de seguidores, sobre todo en redes, y eso suma”, dice Hernán. “Pero lo clave es el contenido, que sea bueno, que le guste a la gente. En eso estamos, dándole duro, y por ahora viene funcionando”.

Manolo Rojas, Hernán Vidaurre y Daniel Marquina, integrantes de "Los chistosos". (Foto: Antonio Melgarejo)

Manolo Rojas, Hernán Vidaurre y Daniel Marquina, integrantes de «Los chistosos». (Foto: Antonio Melgarejo)

/ ANTONIO MELGAREJO

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Treinta y tres años cumple el programa este sábado 14 de febrero. Marquina lleva dos semanas. El contraste lo divierte y desafía. Cuenta que no lo pensó demasiado cuando llegó la propuesta porque admiraba el trabajo de Hernán y Manolo desde antes. Sabía que era entrar a una institución del humor político peruano, a una marca con historia. Sabía también que las miradas siempre caen sobre el nuevo.

“Cuando me llamaron, me emocioné, porque era algo totalmente distinto a lo que había hecho, era un reto. En un programa tan emblemático, el nuevo siempre carga con la presión, mucha gente me iba a ver como un intruso”, reconoce.

Manolo Rojas lo escucha y sonríe. Hace aproximadamente quince años, él fue el nuevo. Lo convocó Guillermo Rossini, el “tío”, patriarca del programa.

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“Me hizo casting. Ya habíamos trabajado juntos, pero igual me probaron. Después me dijo que vaya a firmar”, recuerda con emoción.

Rossini no está, pero su método persiste: disciplina y calle. Vidaurre y Rojas son de esa escuela que se curtió en café teatros y sketches políticos, cuando el humor se hacía con inmediatez y sin redes sociales.

“La esencia del programa se mantiene; lo que ha cambiado es la tecnología y ahí nos toca adaptarnos”, dice Vidaurre. “Hoy todo es multiplataforma: salimos al aire, se corta el programa, pero seguimos vivos en YouTube. La esencia no se pierde”.

“Nuestros guionistas están en el Congreso, en el deporte y el espectáculo. Ellos nos dan los insumos”, enfatiza Manolo.

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Imitan a Bad Bunny y a Melcochita, a Lapadula y a los candidatos políticos. Las chapas nacen en vivo. Y el público, ahora, también participa con comentarios en YouTube. Porque “Los Chistosos” ya no solo suenan en la radio: también se ven y se discuten en pantalla.

Ahora que hay video, hay que bañarse”, suelta Hernán, riéndose. “Y hay que caracterizarnos. El otro día Manolo salió de Bad Bunny, pero parecía Lisandro Meza”. Marquina remata: “En YouTube le preguntaron si era Bad Bunny o el Indio Mayta”. Ríen los tres.

El programa ahora se corta en clips, circula en redes, se mide en vistas y comentarios. El desafío no es solo hacer reír al oyente fiel de más de 50 —ese que los ha acompañado toda la vida—, sino capturar al nativo digital que no enciende una radio, pero sí un celular.

Nos toca ser más pícaros también, porque el joven es así. Siempre nos dicen que no seamos tan sanos”, detalla Hernán.

Nosotros tenemos escuela, calle. Pero tenemos acá un lineamiento, un respeto por el hecho de estar en RPP, no nos podemos mandar con todo”, aclara Manolo.

En la historia de un programa que ha sobrevivido tres décadas, las ausencias también cuentan. Esta temporada no está Giovanna Castro, y su silla vacía se siente. No hay ruptura ni desencuentros, dicen.

La queremos mucho y es una de las mejores imitadoras que hay. Ella está enfocada en nuevos proyectos, preparándose para otros retos. Posiblemente más adelante vuelva, nada está dicho”, aclara Manolo.

El programa está hecho con un guion, pero también con un porcentaje de improvisación, que es la herramienta para que todo fluya, destaca Marquina.

En esa mesa no se pelean por personajes. “Hernán tiene dos mil quinientas imitaciones”, ironiza Manolo. Si coinciden en una, la comparten. A veces juegan a hacer el mismo personaje en paralelo. “A estas alturas, competir sería absurdo”.

La política, dicen, siempre ha sido parte del ADN del programa, y en campaña se vuelve protagonista. “Que se caliente un poco más, que llegue el debate, y vamos a hacer algo con los candidatos”, adelanta Hernán.

No descartan invitar a Carlos Álvarez, colega de oficio y ahora protagonista electoral. “Todavía no hemos trabajado su imitación. Pero seguro lo vamos a invitar. Al final, quien decide qué candidato viene es la gente. Y a él, que siempre imitaba a todos, ahora le va a tocar que lo imiten. Está tercero en las encuestas y son tres candidatos… nada mal”, bromea Manolo.

Cuando se les pregunta qué es hoy “Los Chistosos” para ellos, las respuestas no son unánimes, pero se complementan.

Es el reto de mi vida”, dice Marquina. “Resiliencia en el humor. Resistir para persistir y nunca desistir”, añade Manolo. “Cariño. Amor por ‘Los Chistosos’. Y larga vida”, finaliza Hernán.

Faltan cinco minutos para que salgan al aire. En ese tiempo aprovechan para degustar el pato con ají que les ha traído Manolo Rojas, preparado por él. “De una vez porque se va a enfrían”, explican.

Luego ingresan a la cabina de radio. Se ajustan audífonos, prueban micrófonos, revisan la primera entrada y bromean con el disfraz de Melcochita que lleva Hernán Vidaurre. En unos segundos, la luz roja se encenderá. Y, una vez más, durante una hora intentarán lo mismo que vienen haciendo hace 33 años: que el Perú, incluso en sus peores días, se ría de sí mismo.

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