domingo, marzo 8

En el recientemente estrenado ‘jingle’ de campaña de Fuerza Popular (‘aka’ “El baile de la China”), uno de los estribillos reza “los antis ya fueron”, haciendo alusión a que el antifujimorismo ya sería cosa del pasado. Como se sabe, el rechazo al fujimorismo ha impedido, en tres quinquenales oportunidades, que Keiko Fujimori gane una elección presidencial. Más que un sentimiento, se trata de una identidad política con capacidad de articulación a nivel de élites –políticos, periodistas, oenegeros, dirigencias estudiantiles– que han tenido resonancia, sin duda, en el electorado. Hasta ahora lo suficiente para imponerse, así sea por pocas decenas de miles de votos. Todo vale.

El antifujimorismo es también un movimiento que aglutina políticamente a sectores progresistas que, ante la inhabilidad de construir un partido, influyen cerrando el paso a los naranjas. Es decir, no tienen capacidad de exponer una alternativa programática propia que compita como tal en comicios, pero sí la de superponer las diversas capas de rechazo al fujimorismo hasta convertirlas en una ‘muralla anti-China’. Con el paso del tiempo, han ido sumando causas anti. Las más antiguas no requieren de sustentación (violaciones a los derechos humanos y megacorrupción durante el autoritarismo de los noventa). Las más recientes, eso sí, apenas merecen ser consideradas hipótesis (el “pacto mafioso” tiene el mismo valor de verdad que “la mafia caviar”). La clave del éxito del antifujimorismo ha recaído en la connotación moral debajo de la superposición de estas animadversiones. En una sociedad promercado, al fujimorismo no se le gana en el campo ideológico ni cultural, sino en el moral.

El antifujimorismo juega con el viento a favor. La desafección antisistema (“todos son corruptos, todos son iguales”), cultivada en la desinformación (“todos son pacto mafioso”), mete a los naranjas en el mismo saco del repudio y la indiferencia. Quiero enfatizar que cada vez más lo segundo que lo primero. Este sentimiento anticasta (que incluye la animosidad al fujimorismo) ya no es tan buena materia prima para radicalismos ideológicos como en su momento lo fueron Ollanta Humala y Pedro Castillo. En esta elección, el electorado antiestablishment es más apático que extremista. Por lo tanto, es potencialmente más aprovechable por sosos ‘outsiders’ (Carlos Álvarez, Wolfgang Grozo) que por radicales sin repertorio, tanto de izquierda (Roberto Sánchez, Ronald Atencio) como de derecha (Rafael López Aliaga). El anti versión 2026 no es un furioso ‘naker’ (No a Keiko) que podía enlistar de memoria todas las perlas de Alberto Fujimori, sino es un causita distraído, un enajenado de la política, que no marcará la K aunque no sabría explicar muy bien por qué.

Podríamos estar ante el último episodio electoral del ciclo de polarización política que se inició en el 2016, lo cual no necesariamente son buenas noticias. Explico. En primer lugar, la sociedad peruana fue polarizada principalmente ‘desde arriba’ por el enfrentamiento entre fujimoristas y antifujimoristas, ambos polos con igual cuota de responsabilidad. Los primeros encerrados en su sectarismo; los segundos, en sus odios. El problema cuando hay un conflicto entre una identidad positiva (el fujimorismo) y una negativa (el antifujimorismo) es que los triunfos sucesivos de la segunda ahondan más la crisis de representación. ¿Qué ha quedado del nacionalismo de Ollanta Humala, del ppkausismo de Kuczynski, del castillismo de Pedro Castillo? La insignificancia política (aunque está por verse el último caso) que deriva en la desidia. Los antifujimoristas han preferido no resolver su paradoja: han propugnado ser embanderados de una causa democrática (la sanción al autoritarismo de los noventa), pero sin presentar una propuesta alternativa. Así, han terminado haciendo un daño irreparable a la representación democrática: ha sedimentado la desidia. Peor aún: en esta campaña han sido cuna de un intento de perjuicio mayor, con la cantaleta del #PorEstosNo. Con 36 candidatos presidenciales, no hay excusa para no comprometerse con uno. Pero el anti prefiere la destrucción al fujimorismo que la construcción partidaria.

La polarización solo ha servido a sus agentes, a sus promotores, a aquellos que facturan de la política tribal. Periódicos y semanarios convertidos en corrientes pasquines, académicos y constitucionalistas graduándose en la prosa del sesgo voluntario y la posverdad, capos de ONG de izquierdas y de plataformas de derechas reproduciendo falaces ‘batallas culturales’ en pugna de la hipoteca de su próxima casita de playa, microcomercializadores de ideología bambeada (‘aka’ influencers digitales) que viven del yapeo. Después de tantas campañas, no han destruido del todo al fujimorismo ni han prevenido la emergencia de un líder de izquierda, lo que les permite continuar usufructuando de sus incautos financistas.

Pero estos empates a cero goles van alejando a las hinchadas de las tribunas. La polarización se ha banalizado y el elector lo sabe. Así, el resultado no es la despolarización (el predominio de los moderados), sino la contrapolarización (la expansión de la indiferencia). El hecho de que más del 40% de encuestados, a un mes de las elecciones, no tenga un candidato presidencial evidencia el nivel de enajenación alcanzado. La política del anti ha despolitizado. Mientras sabios analistas juegan sus apuestas a quién será el ‘outsider’ de este verano, la sociedad peruana ha dejado de encontrar alguna utilidad en la política. Pero un país que proyecta su futuro en la anulación de la política –y por tanto de la ley y de la norma– se convierte en el reino de la informalidad. Un nivel de crisis que no hemos conocido en el país de las crisis. Así, hemos creado nuestra distopía.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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